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Columnistas
03/05/2026

Contra el olvido

Contra el olvido | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Reproducimos el texto leído en homenaje a Irma Cuña en ocasión de la entrega, por parte de la Universidad Nacional del Comahue, del doctorado honoris causa post-mortem. En la misma ceremonia, el poeta y músico Marcelo Berbel recibió una distinción similar.

Jorge Monteleone

Conocí a Irma Cuña en el Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Buenos Aires, donde compartíamos las horas de trabajo como investigadores del Conicet. Ella era una investigadora ya formada, de más de cincuenta años, y yo era un becario de iniciación que rondaba los treinta.

Podía ser mi madre, pero nunca estableció un vínculo filial conmigo: eligió, en cambio, una complicidad puramente amistosa, a pesar de nuestra enorme diferencia de experiencias vitales y culturales.

Irma me hablaba de París; de su maestro, Marcel Bataillon; de Martínez Estrada; de sus hijas, Susana y Nora, y de los hallazgos de su nieta Nadia; de la literatura española, y de Cervantes.

Y, muy a menudo, de su esposo, Enrique Silberstein; de política nacional —eran los años del Plan Austral, del final del gobierno de Alfonsín y del horizonte del menemismo—; de sus exilios y desarraigos; de la utopía, como si fuera una experiencia cercana; y, sobre todo, de poesía.

Hablábamos de poesía. Ese gran espacio nos era común: su deseo y su refugio, el primer y el último territorio utópico.

En aquellos años, durante muchas tardes y muchas noches, Irma era una presencia inmediata. Pero hablábamos mucho más por teléfono, casi todos los días en que no nos veíamos en el Instituto.

En persona era elegante, sagaz y encantadora. Tenía esos ojos en estado de descubrimiento perpetuo —y no la idealizo—, detrás de unos lentes oscurecidos, para que la luz cruda no los lastimara. Su lucidez bastaba para iluminarla.

Al teléfono, a veces, su voz era sombría; melancólica; atravesada por la angustia, como si estuviera desterrada en su propia casa.

La voz de Irma comenzaba a hablar desde muy abajo, olvidada de sí: como si todas las horas le pesaran; como si la deprimiera el tiempo presente, porque vivía entre el recuerdo de lo ido y el futuro de lo deseado.

Creo que allí resonó por primera vez para mí algo que la aterraba, algo que comprendí mucho después leyendo su poesía: el olvido, el riesgo del olvido.

Era como una extranjera. Llamaba para irse de allí, para reconocerse y ser reconocida y para exorcizar la clausura y la oscuridad, como si buscara un horizonte abierto.

Siempre sentí que Buenos Aires —la ciudad de la furia— no era su lugar verdadero. Algo la llamaba: algo propio y recordado, íntimo y a la vez extenso.

Ese lugar que buscaba era este: Neuquén. El aire que le faltaba estaba en este viento que se desata en la inmensidad íntima.

Un día decidió regresar a su querencia, y supe que fue como un renacimiento. Y también el reencuentro con la poesía en las raíces de su propia existencia. Porque Irma Cuña, en sus investigaciones y textos brillantes, en sus clases inolvidables, en su postura cívica y social, en sus afectos mismos, era —sobre todo— una artista: una poeta.

Desde esa voz hundida en el diálogo amistoso, Irma ascendía a la superficie. De inmediato el entusiasmo la levantaba: se volvía una maestra en el arte de la conversación.

Y, de a poco, surgían las imágenes, las citas, las memorias luminosas. Hasta que, de pronto, como un relámpago imperioso, aparecía —al pie del mundo perdido— redimida, propia y pura: la risa.

Irma se reía; se reía con una carcajada que venía de esa voz honda y resonante. Y por eso, cuando volvía a verla en persona, discernía detrás de los vidrios gruesos de aquellos anteojos vagamente oscuros una mirada que llamaría… compasiva, sensible, y también alerta, inteligente. Una mirada despierta; o más bien —como dice uno de sus versos— “De nuevo, atenta”. Tal como se está en una vigilia. Y eso lo comprendí cuando leí la finalidad de esa atención.

Cuando el presente es inviable, cuando el presente es opresivo, hay que estar atentos. Hay que estar despiertos. Y comenzar a enlazarse, a unirse, a buscar la propia comunidad ante la opresión y la pérdida.

La utopía del tiempo venidero comienza así: dotando al presente de un sentido que contraste con todo aquello que nos arrojó a la crisis.

“La crisis —escribió Irma Cuña— excluye el futuro desde la inviabilidad del presente. En nuestras realidades precarias y tensas, ¿qué es lo que queda si no podemos recortarlas sobre un horizonte de sentido capaz de trascender esa misma precariedad y esa tensión? Se trataría de un pensamiento utópico para releer la crisis. Algo así como una vigilia que repiense el insomnio”.

Pero para Irma eso comenzaba incluso en los mínimos gestos: en las redes afectivas, en la búsqueda de lo otro diferente. No estaba en la sedicente libertad individualista del que oprime para su propio beneficio, sino en la libertad cotidiana del nosotros, en la necesidad colectiva: “elecciones pequeñas que aceptan la solidaridad de aquellos iguales en esperanzas para superar las crisis”.

Y siempre esa risa después de la angustia: una carcajada orgullosa y socarrona, que se ríe de las incongruencias de lo real y de los espejismos del saber. Irma se reía de la solemnidad, de todos los poderes ridículos en el absurdo cotidiano de los reyezuelos sin corona. Podía advertir la comicidad incluso en el patetismo y las miserias humanas; por algo era tan cervantina.

También se burlaba de los espantajos de la política cuando esta se transformaba en depredación. Había vivido bajo la dictadura, tuvo que exiliarse y sabía, como escribió en un poema que descubrió Gerardo Burton, cómo provocar “el eterno retorno de los bienamados”. Sus carcajadas eran como eso que llamó los “alaridos en la luz”: la carcajada como grito, o como el extrañamiento de un canto.

Por eso también volvió aquí, a su adorada meseta, al viento, todo el viento de la memoria ancestral, para decir mejor, para cantar mejor sus poemas. Porque “El poema salvador, liberador —escribió— puede ser escrito esta mañana”.

Irma escribe un poema a la jefa sureña Palmira Painefilu. Allí se pregunta si todavía estará en su corazón. Pregunta, también, si ha olvidado: “En tu gran corazón de niña seria, / Palmira Painefilu ¿estaré todavía? / (…) “Palmira ¿has olvidado? / ¿O todavía estoy en tu piuqué, / como cuando me iba?”. La palabra quechua piwkésignifica “corazón”. Pero así está ella entre nosotros: ahora mismo, en el corazón, sin olvido. Acorde como sus ángeles atentos, que están cantando.

Irma, de nuevo atenta, hoy en nuestro piwque.

 

Nota: En abril de 2022, en un homenaje a Irma Cuña organizado en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, Jorge Monteleone también se refirió a la vida y la obra de la poeta neuquina (ver aquí).

Monteleone es crítico literario, poeta y traductor. Nació en Buenos Aires en 1957. Es profesor en letras, investigador del Conicet y fue jurado de los premios Konex en varias oportunidades.

Es especialista en poesía, en particular argentina, y en la teoría sobre el imaginario poético. Publicó doscientos ensayos críticos. Desde 1991 ejerce el periodismo cultural en medios gráficos de Buenos Aires y La Plata.

Con María Negroni, dirigió la revista de poesía Abyssinia. Publicó: Ángeles de Buenos Aires; El relato de viaje. De Sarmiento a Umberto Eco; Puentes / Pontes. Antología de la poesía Argentina y brasileña; 200 años de poesía argentina. Tradujo Eva Perón, de Copi.

29/07/2016

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