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Visita a nuestro país, en lo que parece ser con una larga estadía, el conocido millonario Peter Thiel.
El capitalismo ha pasado por diversas etapas: la comercial (desde su origen hasta fines del siglo XVIII), la industrial (hasta la década de los ’70 en el siglo XX) y la financiera. Varios intelectuales vienen alertando que hay un nuevo “parteaguas” en esta evolución y que ya estamos en una nueva etapa, la del “tecnofeudalismo”, basada en el desarrollo digital, las plataformas y el dominio de las corporaciones tecnológicas, simbolizada por Silicon Valley. Peter Thiel sería uno de los principales protagonistas e ideólogos de esta etapa. Viene a analizar en persona y respaldar a un gobierno que parece identificado con sus posiciones y, de paso, a hacer negocios. Un encuentro entre anarcocapitalistas, el ideólogo y quien aplica esas políticas.
Es que, como sostiene David Hatvey, toda clase dominante, necesita ideas dominantes. Para los dirigentes del capitalismo financiero instaurado a mediados de los años ‘70 estas ideas fueron la libertad de mercado, la privatización, el espíritu empresarial, la eficiencia y el mérito individual. Que son, precisamente, las que el economista Karl Polanyi llamó “las malas libertades”, aquellas que permiten explotar a la población sin tener en cuenta el bien común, y que enfrentan a las buenas libertades (la de expresión, de reunión, de asociación).
Inclusive, dice Polanyi, “La planificación y la regulación están siendo atacadas como si implicasen una negación de la libertad”, y agrega “La libertad de empresa y la propiedad privada se asocian con las esencias finales de la libertad”. Así el capitalismo financiero le pusoprecio a todas las cosas, incluso derechos colectivos que eran conquistas populares, como el cuidado de la salud, la educación o la vivienda.
Lo denominaron neoliberalismo.
En realidad, no fue una ideología nueva, sino que fue el viejo liberalismo económico al que, como a muchos productos de consumo, le cambiaron el nombre y el envase para que den la impresión de novedosos. El neoliberalismo, a su vez, ha ido evolucionando con la incorporación del avance en la investigación en nuevos campos de la informática, en especial en inteligencia artificial, con el incremento del poder de un sector tecnológico simbolizado por Silicon Valley y que promete (o amenaza, según se lo mire) con cambiar nuestro mundo. Sería la nueva etapa, la del tecnofeudalismo, de la que la inteligencia artificial no tiene la culpa sino su uso político-monopólico por parte de una minoría.
Aparentemente el primero en usar el término tecnofeudalismo (creo que más adecuado sería tecnofascismo) fue el intelectual uruguayo Jorge Majfud, aunque lo popularizaron el griego Yanis Varoufakis, cuyo libro hemos comentado en esta columna, y el francés Cédric Durand.
Conviene recordar que el liberalismo es una corriente de opinión nacida en la Europa del siglo XVII, como evolución del pensamiento occidental a partir del humanismo del Renacimiento. La idea central consiste en el principio de que existen derechos naturales inherentes a la persona humana, que son anteriores y superiores a toda organización social: son los derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad, que son inalienables y que hacen a la esencia misma del ser humano. Del respeto al individuo derivan la tolerancia y el respeto a la diversidad y la libertad de pensar y de expresarse mientras no se afecten los derechos de los demás seres humanos. A este ideal liberal le debemos, en gran parte, la vigencia actual y mundial de los derechos humanos.
En el plano político, Locke (considerado fundador del liberalismo) suponía que inicialmente el hombre vivía en absoluta libertad con el uso irrestricto de sus derechos naturales y que, para resguardarlos, constituyó la sociedad civil con un gobierno en el que delegó expresamente parte de sus poderes. Pero aquellos poderes no delegados continúan siguen siendo de los individuos, por lo que el estado no puede avanzar sobre ellos. Es más, el hombre tiene el derecho a rebelarse contra el estado si este pretende avanzar por encima de los límites de las facultades delegadas y, de esta forma, se vuelve tiránico.
Los primeros liberales, Voltaire en particular, sostenían que el egoísmo es el motor de la conducta humana; eran individualistas, dando prioridad a la defensa de los derechos personales como la libertad personal (que sólo debía ser restringida para conservarla), la seguridad y la propiedad. En general desconfiaban de las masas incultas, por lo que estaban alejados del ideal democrático.
Por su parte, el liberalismo económico nació en Francia con los fisiócratas y se consolida en Inglaterra con Adam Smith. La idea básica es que existen leyes naturales que rigen la producción y distribución de los bienes, que los hombres, cada uno en su egoísmo individual buscando su propio interés, logran la óptima asignación de los recursos, por lo que el estado debe abstenerse de intervenir. Es la frase famosa de los fisiócratas “dejad hacer, dejad pasar, el mundo camina solo” o el concepto de “la mano invisible” que gobierna las relaciones sociales de producción, según Adam Smith.
Repetimos, el neoliberalismo es el sucesor del liberalismo económico, que dio lugar al tecnofeudalismo, pero que no tiene nada que ver con la concepción liberal. rechaza la parte buena de esa tradición y, al igual que los primeros liberales, desconfía de la democracia, como lo demuestra el hecho de que sus primeros ensayos fueron en el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla.
Y ahora Thiel declara que la democracia y la libertad ya no son compatibles.
Peter Thiel nació en Alemania (1967) pero emigró de niño a Sudáfrica y luego, muy joven, a Estados Unidos. Según la revista Forbes, su fortuna neta oscila en los 1.300 millones de dólares (hay información periodística que habla de 30.000 millones). Fundó con Elon Musk a PayPal (primera billetera virtual), es director de Facebook, administra dos fondos de inversión y tiene posición dominante en varias empresas, entre ellas Palantir.
Palantir desarrolla tecnología y recursos de inteligencia artificial y está contratada por Estados Unidos para el plan de expulsión de inmigrantes no autorizados de Trump y por Israel en el ataque en la Franja de Gaza. Estaría también involucrado en el ataque a Irán.
Thiel descree de la competencia, propia del liberalismo económico, y de todo control democrático. Según cita Julián Varsavsky (Página 12, 24-4-26) en 2015 Thiel dijo: “Una de las cosas que me gustan de la tecnología es que cuando no está regulada, puedes cambiar el mundo sin necesidad de obtener la aprobación de otras personas. En el mejor de los casos, no está sujeta al control democrático ni a las mayorías, que creo que a menudo son hostiles al cambio”.Ya había dicho que la competencia es para tontos, “si quieres crear y capturar valor duradero, busca construir un monopolio”.
Ahora está obsesionado con el Anticristo. Que sería la concentración del poder estatal, tanto político como tecnológico que deje a los individuos sin libertad. Es indudable que el control de la tecnología es esencial en el mundo contemporáneo, pero ¿Dejarlo en manos de las grandes empresas tecnológicas, sin control democrático, como parece pretender Thiel?
La experiencia parece mostrar que la democracia es suficientemente fuerte como para adaptarse a las nuevas épocas. En última instancia, como dice Cédric Duranden su libro Tecnofeudalismosobre este supuesto proyecto (citado por Vatsavsky):"La estrechez extrema de la base social sobre la que descansa, su aspiración a hacer desaparecer las mediaciones políticas o bien las valorizaciones financieras ficticias a las cuales da lugar, hacen de él un andamiaje vulnerable. La brutalidad con la que el proyecto avanza garantiza que el odio que suscita irá en aumento".
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