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La llegada de Peter Thiel a la Argentina en este mes de abril de 2026 no debe interpretarse bajo la lente miope de una gira de negocios convencional. Representa, en rigor, el bautismo definitivo del “experimento Milei” por parte de los sumos sacerdotes del capital tecnológico global. El desembarco de Thiel es la validación de un ecosistema donde la desregulación absoluta y la soberanía algorítmica aspiran a fusionarse sin las fricciones éticas de las democracias. Argentina no es sólo un destino de inversión; es el laboratorio para una nueva arquitectura de poder que busca reemplazar la política por el código.
El desembarco del “tecnoplutócrata”
Thiel, cofundador de PayPal y arquitecto de Palantir, ha establecido en Buenos Aires una presencia que denota voluntad de permanencia. Instalado en una mansión en Barrio Parque —refugio de la élite que ya vislumbra en la Patagonia un búnker ante una potencial crisis global—, su agenda ha entrelazado la mística del poder con la cotidianeidad del “círculo rojo”.
Un hecho destacable de esta estancia fue la cena en casa del ministro Federico Sturzenegger. Entre pollo al curry y flan con dulce de leche, se congregó el núcleo duro del gobierno: Santiago Caputo, Pablo Quirno y Lucas Llach. La presencia de Matt Danzeisen, esposo de Thiel y ex vicepresidente de BlackRock, terminó de sellar el carácter tecnoplutocrático del encuentro. Días después, el magnate fue visto en el Monumental presenciando el Superclásico donde Boca venció a River 1-0, un gesto de “aterrizaje cultural” para un hombre que percibe a las naciones no como patrias, sino como corporaciones en busca de un director ejecutivo-monarca.
Al principio la llegada del magnate tecnológico se mantuvo en secreto, pero la noticia trascendió durante la semana reciente. El jueves (23/04) fue recibido oficialmente por Javier Milei. “Thiel es un anarcocapitalista que encontró a otro... llevando las cosas a la realidad”, aseguró Javier Milei, en declaraciones a Neura Media tras el encuentro. “Tiene intereses en el sector agronegocios”, agregó cómo único dato. Pero no es de paranoico sospechar que los fundamentos de este desembarco no son las praderas argentinas o la idea de un espacio seguro para aguantar una hecatombe mundial, sino los datos: la integración sistémica de Palantir en el aparato del Estado.
Llamativamente, y aunque no hay certeza acerca de una relación causa-efecto entre ambos asuntos, la reunión de Milei con Thiel se realizó después de que el gobierno impidiera el acceso de periodistas a la Casa de Gobierno. Decisión sin antecedentes en nuestro país, que provocó expresiones de alarma respecto de la vigencia de la libertad de prensa y el derecho de la sociedad a estar informada.
Alejandro Oxenford, embajador en EE.UU. y fundador de unicornios como Deremate.com y OLX (también fundador de la compañía de inversión Alpha Capital), fue quien facilitó el acceso de Thiel al espacio presidencial. Su tío, Eduardo Oxenford, fue secuestrado y asesinado por una banda parapolicial dedicada a los secuestros extorsivos en el año 1978, durante la última dictadura cívico-militar.
Palantir y el manifiesto de la República Tecnológica
Palantir Technologies ha trascendido su rol de proveedor de software para convertirse en la infraestructura misma de la soberanía. Nacida de la incubadora de la CIA (In-Q-Tel), la empresa ha orquestado una deconstrucción de los pilares del orden liberal a través del manifiesto The Technological Republic, firmado por Alex Karp y Nicholas Zamiska, altos directivos de la compañía.
Este documento, que Santiago Caputo ha celebrado y amplificado, propone un giro hacia el posliberalismo tecnológico. Su núcleo ideológico se basa en tres premisas disruptivas:
Bajo el método “land and expand” (aterrizar y expandir), Palantir penetra en las instituciones estatales con contratos modestos para luego imponer una ontología propietaria. Esto genera un secuestro del proveedor, donde el Estado pierde la capacidad de pensar fuera del algoritmo de la empresa, subordinando la burocracia pública a la eficiencia privada.
Elaboración propia con ayuda de IA.
En 2026, la IA de frontera dejó de ser un debate académico para convertirse en el primer gran cisma de la era digital. El conflicto estalló como ya lo hemos señalado en este portal cuando Anthropic, dirigida por Dario Amodei, se negó a permitir que su modelo Claudefuera utilizado para la vigilancia doméstica masiva o la automatización de la fuerza letal sin intervención humana.
Esta resistencia ética no fue abstracta. En enero de 2026, Claudefue el cerebro analítico en la captura de Nicolás Maduro en Caracas, filtrando inteligencia interceptada en tiempo real. En febrero, fue clave en la neutralización de la infraestructura crítica de Irán tras el ascenso de Mojtaba Khamenei. Sin embargo, Amodei trazó una “línea roja” ante las exigencias del Pentágono de acceso incondicional, lo que le valió ser etiquetado como un “riesgo para la cadena de suministros”. Este vacío fue aprovechado por Sam Altman y OpenAI, quienes, bajo una “ambigüedad plausible”, aceptaron los términos del Departamento de Guerra para integrar ChatGPT en la maquinaria bélica, desatando el movimiento #QuitGPT (“abandonarGPT”), con 1,5 millones de usuarios migrando a Anthropic en señal de protesta civil.
Geopolítica de la IA
La alineación de Argentina no es una coincidencia, sino un posicionamiento estratégico en la carrera armamentista algorítmica. El Comando Sur (Southcom), bajo el mando de Francis L. Donovan, ha ordenado la creación de una fuerza de guerra autónoma basada en IA para Latinoamérica, destinada a desarticular redes narcoterroristas bajo una vigilancia que abarca desde el fondo marino hasta el ciberespacio.
En este contexto se firmaron los Acuerdos de Isaacel 19 de abril de 2026 en Jerusalén. Inspirados en los Acuerdos de Abraham, este marco —sellado por Milei y Netanyahu— establece un alineamiento civilizatorio basado en la tradición “judeocristiana”. Sin embargo, detrás de la retórica de la libertad, el acuerdo otorga a empresas de ciberseguridad israelíes un poder de vigilancia directa sobre el territorio argentino, convirtiendo a la nación en un satélite del complejo tecnológico-militar de Tel Aviv y Washington.
El transhumanismo y la trampa del HumAIn
Como advierte Yanis Varoufakis (ex ministro de Finanzas de Grecia), hemos transitado del neoliberalismo al techlordism (tecnoseñorío). Ya no operamos en mercados, sino en feudos algorítmicos donde la élite extrae “rentas de la nube”. Esta visión se nutre de la ideología neorreaccionaria (NRx), que utiliza la teoría mimética de René Girardpara justificar el orden jerárquico: la democracia es vista como una fuente de caos envidioso que debe ser contenida por un líder fuerte y una infraestructura de control invisible.
En su reciente libro El archipiélago, Roberto Chuit Roganovich señala a dos referentes de la llamada “Ilustración Oscura” (esta nueva extrema derecha etnocéntrica, racista, tecnoautoritaria y muchos etcéteras más), Nick Land y Curtis Yarvin, quienes abordaron el problema de la democracia y la política en este presente civilizatorio. En dicho libro se afirma: “En una relectura de la filosofía política antigua y moderna –y habiendo abandonado la pretensión austrolibertaria y anarcocapitalista que abogaba por la supresión del Estado−, estos autores van a coincidir en que es necesario centralizar el poder político bajo un pequeño número de personas. Esta centralización del poder político, sumada a la desregulación total de la intervención estatal en materia política, contribuiría a liberar las fuerzas productivas y tecnológicas que habrían de acercarnos a una nueva era posthumana y postcapitalista”.
Thiel defiende un “progreso vertical” (pasar de 0 a 1) que no es más que la creación de monopolios que propendan al aceleracionismo tecnológico de vanguardia. Al integrar software en funciones críticas como salud, política y defensa, se desplaza la voluntad popular en favor de una ontología propietaria que no permite auditoría democrática. La masa no está preparada para la verdad del poder.
El elitismo que Thiel pretende una transformación biológica que divida a la humanidad. El concepto de HumAIn (continuo humano-IA) propone una integración cerebral y un reemplazo de órganos que promete la inmortalidad para una minoría plutocrática.
Para emprendimientos como el de Palantir, la subjetividad humana es un dato ineficiente, es un ruido que interfiere con la señal del algoritmo. En este esquema, el grueso de la población queda reducido a una categoría de subhumano, subordinada a algoritmos que deciden su crédito, su salud y su valor social, mientras la élite accede a un “transhumanismo divino”.
En defensa de la humanidad y la soberanía digital
La llegada de Peter Thiel y la penetración de Palantir son señales de un cesarismo tecnológico en ascenso. Argentina no puede ser el laboratorio donde se firme el acta de defunción de la soberanía democrática. Frente a la “República Tecnológica” de los algoritmos, es imperativo reivindicar la política sobre el capital y la voluntad popular sobre el código propietario. La soberanía digital y la privacidad no son obstáculos al progreso, sino los últimos muros de contención de la dignidad humana.
La protección del ser humano frente al avance de este tecnoseñorío es la gran batalla de nuestro tiempo. Es hora de decidir si queremos ser ciudadanos de una nación o usuarios de una corporación privada sin derecho a réplica.
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