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Columnistas
19/04/2026

La tensa calma: informalidad y resignación en la Argentina de Milei

La tensa calma: informalidad y resignación en la Argentina de Milei | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“Cuando los umbrales de tolerancia se quiebren, se pasará de la implosión individual, privada y en solitario al conflicto social”.

Sacha Pujó *

Según el último dato del Indec el 43% de los trabajadores se desempeñan en la informalidad, un dato en crecimiento que se explica por el aumento de los cuentapropistas, puestos de baja calificación y bajo nivel educativo, esto es, el modo más precario del empleo. Dichas cifras indican que cada vez más los números del modelo libertario se acercan al modelo peruano, formato al que aspira el gobierno, donde la informalidad alcanza al 71% de la población.

Este pasaje de la sociedad salarial al precariado del cuentapropismo es festejado por el gobierno y las usinas ideológicas de la extrema derecha para quienes la sociedad no existe. El sujeto del anarcocapitalismo es el empresario de sí y exitoso que no le teme al riesgo y tiene la capacidad de absorber el cambio permanente. Este trabajador independiente que vive para trabajar y sobrevivir en el presente debe endeudarse para complementar sus magros ingresos. Según un estudio de la consultora Aresco el 67% de los consultados dicen estar endeudándose para pagar algún gasto corriente como servicios, alquiler o supermercado. Como reflejan la mayoría de las consultoras, hoy en día, los temas que más preocupan a las personas son económicos.

La resignación como forma de adaptación social

"Es lo que nos toca”, “no queda otra”, “hay que seguir”, “siempre fue así" son algunas de las respuestas que se repiten de los usuarios de transporte público cada vez que un móvil en vivo de un canal de noticias los entrevista. Es la expresión de la resignación social y la naturalización de una situación indigna en las condiciones de vida, tal como viajar mal todos los días al trabajo, perder varias horas, y limitar la existencia a jornadas laborales eternas que consumen toda la energía vital de los trabajadores y trabajadoras. Así, la desigualdad ya no se expresa sólo en ingresos o acceso a bienes, sino también en la distribución del tiempo: quién puede disponer de él y quién queda atrapado en circuitos de traslado interminables.

Lo que hay que preguntarse es por qué esta situación de deterioro, tanto de los ingresos como del transporte con el aumento de tarifas y la disminución de las frecuencias, puede sostenerse sin conflictividad o reacción social acorde al peso que tienen en la organización de la vida de un trabajador o una familia.

Podría pensarse, por un lado, que el argentino, sobre todo el de las grandes ciudades o áreas como AMBA, está acostumbrado a la adaptación forzada a las crisis recurrentes, lo que genera capacidades y la flexibilidad suficiente para atravesar contextos que podrían ser intolerables en otras sociedades o grupos sociales. Esto implica pasar de una supuesta adaptación pasiva, frente a la precarización, a una práctica activa de supervivencia, un saber moverse en este contexto. Las personas tienden a aferrarse a lo conocido como un reaseguro frente a la incertidumbre y lo incierto. Paradójicamente, en un gesto de extrema vulnerabilidad, el individuo se aferra a lo seguro por más deteriorado que esté.

Podemos también recurrir al concepto de habitus de Pierre Bourdieu que permite entender cómo las personas aceptan su situación por su ubicación en la estructura social, adecuan sus disposiciones subjetivas a las condiciones objetivas, como una forma de adaptarse. El habitus se conforma de estructuras incorporadas, formas de ver el mundo desde el proceso de socialización familiar, educativo y territorial entre pares que se absorben invisibles como el aire y terminan funcionando como sentido común, como un componente ideológico valorativo. Esta doxa es lo que une a las personas al orden social por más desigual e injusto que este sea.

Un equilibrio inestable

La resignación, el desánimo y el cansancio aparecen como el correlato de una vida sin proyecciones, sin la posibilidad de acceder a una vivienda, iniciar un proyecto afectivo o familiar, o tener estabilidad laboral. En este marco nadie se tira al vacío, y la resignación se vive como adaptación activa, voluntaria, quedarse en lo seguro, aunque sea precario. De hecho, podría pensarse que el ajuste y la crueldad no aparecen necesariamente vistas así, ni como imposiciones externas para una subjetividad ya moldeada por la crisis, para saber moverse en la incertidumbre y la precariedad de la vida en el anarcocapitalismo. Es decir que por más que las políticas sean crueles, logran apoyarse en una disposición social previa: sujetos que, habituados a sobrevivir en la incertidumbre, han aprendido no solo a tolerarla, sino a normalizar como una situación inevitable al igual que un fenómeno natural.

Sin embargo, esta situación de apatía y resignación social puede romperse y transformarse en un rechazo activo que conmueva al sistema político como ya ha sucedido en la historia argentina. Es un equilibrio inestable, una tensa calma, como consecuencia de un consenso que se generó de que había que hacer un ajuste, sacrificarse por un orden y estabilidad luego de tantos años de inflación alta que erosiona la previsibilidad de los horizontes, la inseguridad sobre todo para los sectores populares, y el desgaste permanente de los medios a los gobiernos peronistas. Son elocuentes en ese sentido los resultados de algunas encuestas que miden el humor social y la imagen del gobierno de Milei. En el último informe de abril de la consultora Zuban Córdoba un 65% desaprueba la gestión de Javier Milei, cuando en diciembre de 2025 era 49,6%.

La motosierra como estallido: redes, IA y la descomposición de lo común

El triunfo de Milei en 2023 puede leerse menos como un salto al vacío o lo desconocido tal como lo interpretó la política tradicional, y más como una forma de condensar un estallido social, o la forma que adoptó este con la simbólica motosierra como expresión de rechazo a todo. En una época de descomposición de lo común dada no solo por una economía en recesión que fomenta el sobrevivir en el presente, sino también por un ecosistema cultural que transforma la representación de lo real, el fenómeno libertario con su partido digital de las redes sociales pudo capitalizarlo.

Si la posverdad y las fake news son ya una realidad en el capitalismo de plataformas, la tecnología de la IA profundiza sus efectos ya que el estatuto de la verdad se halla en un dispositivo tecnológico no humano que brinda una experiencia de realidad para cada usuario. En ese sentido ahora cada cual tiene su asistente IA que da respuesta a todo, reafirma los pensamientos, alimenta los deseos, es omnisciente y por eso paradójicamente es un poder total en las manos del individuo. Si cada cual puede en forma aislada y en soledad frente a una pantalla acceder a la verdad en vez de constituirla en la experiencia con los pares, el sujeto se deshumaniza y el lazo social se quiebra. La IA se alimenta del lenguaje y la creación humana, pero la relación se invierte, el humano se cosifica y la tecnología expropia el lenguaje de los humanos y nos constituye.

Esta tecnología se desarrolló para el control y el beneficio de las grandes corporaciones, motivada por el aumento de la productividad y la reducción de “costos laborales”. Complementariamente, las personas la aceptaron por la comodidad que brinda el asistente a tiempo completo desde elegirte la música, resumirte un libro hasta redactarte un mensaje, y las supuestas mejoras en la detección y prevención de enfermedades. El costo será muy grande para la capacidad cognitiva, de pensamiento crítico y las capacidades políticas de juntarse y tomar decisiones de la población.

De la implosión individual, privada y en solitario al conflicto social.

La consecuencia política es una desconfianza generalizada hacia las instituciones y el encapsulamiento en la propia experiencia del yo. En épocas de incertidumbre, nihilismo y ausencia de una verdad compartida, triunfan los estafadores, las sectas, los vendedores de ilusiones, como así también los fundamentalismos religiosos. La pandemia fue el laboratorio donde ello se expuso por primera vez dando luz al individuo tirano, con multitudes enajenadas desconfiando del Estado y la ciencia que salieron a expresar su ira y sus frustraciones a las calles frente a las medidas para evitar la propagación de los contagios. Milei como fenómeno es en ese sentido el exponente político social de ello, y utiliza eficazmente la estrategia de “inundar la zona de mierda” para valerse de la confusión, el caos y los odios sociales. El mileísmo sin Milei será el legado, el ecosistema cultural y el espíritu de época que será difícil de desmontar en los próximos años tras un nuevo hundimiento en la miseria de las mayorías trabajadoras y de entrega de la riqueza nacional.

Este escenario de tensa calma por desaprobación alta y baja movilización, configura una forma transitoria de administrar el malestar que se sostiene por la desmoralización de experiencias políticas pasadas, pero también por hábitos incorporados, la erosión de experiencias colectivas por la coerción muda del mercado, y el repliegue en vivencias individuales mediadas por la tecnología. Pero esa misma combinación de desaprobación creciente por los casos de corrupción, el deterioro material y descomposición de lo común contiene en sí el germen de su ruptura. Cuando los umbrales de tolerancia se quiebren, se pasará de la implosión individual, privada y en solitario al conflicto social. La incógnita no es si ese pasaje ocurrirá, sino cuándo y bajo qué formas políticas podrá rearticularse una experiencia colectiva capaz de disputar el sentido de esta época.



(*) Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y magister en Políticas Públicas para el Desarrollo con Inclusión Social por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Autor del libro Subjetividad Confinada. La pandemia como hecho social catalizador de transformaciones (Ciccus, 2021).
29/07/2016

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