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Cuando en estos días observamos algunas extrañas señales planetarias, como los rostros de los dementes neoliberales Musk o Trump, se nos complican los razonamientos.
En esa misma desorientación, pero cambiando la escala, venimos a nuestro país y nos encontramos con un presidente también alienado, elegido por las corporaciones para el saqueo rápido, que disimula muy bien cuando se integra a los debates con planteos como “No voy a pedir perdón por tener pene”, mientras entrega el país en un esquema de narcoestado donde la miseria avanza sin ningún freno. Ni que hablar, si finalmente aterrizamos en la Patagonia y descubrimos que hoy mismo Lucila Crexell ya es embajadora en Canadá, a cambio de haber votado a favor de la Ley Bases.
El asunto es que, además de estas locuras actuales, en pocos años y con el cuento del fracking extractivista y los petrodólares, hemos concentrado el 85% de la población provincial en una sola ciudad en un proceso que no se detiene y sigue adelante.
Nadie se sorprende al ver una población como Añelo que dejó de ser colonia agrícola de 2.500 habitantes permanentes, mientras hoy de lunes a viernes los invaden 40 mil petrolatos, montados en sus inmensos camionetones 4x4 para cobrar un salario de 10 palos por mes.
Por todo el mapa regional sufrimos los errores de ordenamiento territorial, como en Rincón de los Sauces o Catriel en plena decadencia productiva, o Cutral Co y Huincul: la ex comarca petrolera unificada, hoy sin rumbo claro, pero con dos intendentes y dos concejos deliberantes, como si fueran jurisdicciones municipales independientes separadas apenas por una calle, parquizando y decorando sus calles y plazas en un carnaval de escenografías pero con grave déficit de agua, que apenas les llega mediante el costoso acueducto que la bombea desde el rio Neuquén a 40 km de distancia.
También está Centenario, sufriendo con un ejido municipal partido en dos mitades y Vista Alegre en el medio y hasta el mismísimo ejido de la capital Neuquén, con una estrecha franja territorial que apunta hacia el norte, rogando participar en el festival de la usura inmobiliaria del auge petrolero.
El asunto es que en todos estos parajes vive gente, como puede o como los dejan, agobiados por la problemática laboral, soportando ambientes urbanos que los enferman física y mentalmente. La violencia y sus subproductos se van incrementando, instalando una lógica difícil de entender y tratar, especialmente entre las poblaciones jóvenes y desocupadas. Mientras numerosas maquinas viales reconstruyen con inversiones millonarias de una obra gigantesca, la principal avenida urbana de Neuquén Capital, estamos naturalizando los asesinatos de jóvenes por los barrios neuquinos, las desapariciones de personas y hasta un chiflado que se desnuda para protestar a los gritos en pleno centro de la ciudad.
Con frecuencia vemos que, en los barrios, también aparecen señales del maltrato ambiental, donde puede verse que una casa inmensa cuyo propietario jubilado se mudó a México, es alquilada por una familia petrolera originaria de Mar del Plata, que en apenas dos meses se separan, volviendo la madre con su niño a la ciudad origen y dejando al petrolero solo con su camionetón y la desproporcionada casona vacía. A pocos metros de allí, se da el caso de otra pareja originaria del norte de la provincia de Buenos Aires, que luego de 10 años de convivencia armónica y habiendo construido su nueva casa propia, se separan del día a la noche, para que ella siga trabajando en bicicleta mientras el con su camionetuda gigantesca puede continuar en las redes petrolatas. Otros tantos jóvenes petroleros, también separados, viven solos y alienados con las largas jornadas de las ausencias extractivas.
Ya no quedan dudas que están disociando nuestras ideas y nuestras vidas, con el cuento que estaremos mejor si les quitamos derechos a los otros. Están destruyendo la salud física y mental de nuestras poblaciones, con el objetivo de romper la figura del trabajador, imponiendo la normalidad del “no registrado” y el desocupado.
Y lo que es peor aún, romperán nuestros hábitats urbanos y nuestras economías regionales sustentables hasta dejarnos como Chubut, donde se desactivó repentinamente la centenaria actividad hidrocarburífera, dejando la población desproporcionadamente amontonada en el Comodoro provincial, destruyendo el territorio del valle agro productivo del rio Chubut con la usura inmobiliaria, que deja las antiguas instalaciones rurales desmanteladas, al punto que habrán muchas dificultades para su recuperación y sobre todo para reemplazar la actividad productiva petrolera en decadencia.
Vivimos una verdadera esquizofrenia petrolizando el planeta, donde hasta las cumbres ambientales de las Naciones Unidas, llegan a la ridiculez con sus formulaciones donde las 29 COP (Cumbres Anuales de la Convención sobre el Cambio Climático) tienen prohibido mencionar los “combustibles fósiles” como si con esa absurda restricción lograran que no cambie nada, evitando las sanciones a las empresas contaminantes, que son la actual amenaza para la humanidad y el planeta.
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