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15/03/2026

La investidura en riesgo

Entre el mesianismo personal y la responsabilidad de Estado

Entre el mesianismo personal y la responsabilidad de Estado | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“Al proclamar una "guerra" inexistente y subordinar la investidura presidencial a un movimiento nacionalista extranjero, Javier Milei no solo rompe con una tradición centenaria de neutralidad; está rifando la seguridad nacional en el altar de su propio narcisismo ideológico”.

Rodolfo Esteban Laffitte

Las recientes declaraciones del presidente Javier Milei en la ciudad de Nueva York, donde se autoproclamó como el "presidente más sionista del mundo" y afirmó que la Argentina se encuentra en una contienda bélica que "vamos a ganar", marcan un punto de inflexión alarmante en la historia de nuestra política exterior. Lo que podría interpretarse como una expresión de fe o una preferencia ideológica en el ámbito privado, se transforma, al ser pronunciado por nuestro Jefe de Estado en ejercicio, en una extralimitación de facultades que compromete la seguridad y la tradición jurídica de la República Argentina.

El primer eje de preocupación radica en la confusión deliberada entre las convicciones personales del funcionario y la naturaleza del órgano que ocupa. La República Argentina, bajo el espíritu de la Constitución Nacional, es un Estado que garantiza la libertad de culto, pero mantiene una naturaleza representativa y plural. Al identificar la Presidencia con un movimiento político-nacionalista extranjero, el mandatario abdica de su rol como símbolo de la unidad nacional. La investidura no le pertenece al individuo para su promoción personal; es una delegación de confianza pública que exige una neutralidad simbólica en beneficio de la paz social y la convivencia de todos los credos que habitan el suelo argentino.

Aún más grave es su retórica belicista. El Artículo 99 - inciso 15 de nuestra Constitución Nacional es taxativo: el Presidente no tiene la facultad unilateral de declarar guerras ni de situar al país en un estado de beligerancia por mera voluntad discursiva. Estas atribuciones están sujetas al control del Congreso de la Nación. Hablar de "ganar la guerra" en un escenario internacional volátil no es solo una metáfora desafortunada; es una ruptura con la Doctrina de Neutralidad que ha protegido a la Argentina de conflictos ajenos durante décadas. Esta ligereza retórica ignora las trágicas cicatrices que el terrorismo internacional dejó en nuestro territorio (Embajada de Israel y AMIA), elevando innecesariamente el perfil de riesgo del país sin un debate parlamentario previo ni un consenso estratégico.

Resulta, por tanto, inexplicable la pasividad de los organismos que componen el sistema de frenos y contrapesos de nuestra democracia. Ni el Congreso de la Nación, mediante pedidos de informes o declaraciones de censura, ni el Poder Judicial, en su rol de guardián de la constitucionalidad, han emitido una señal clara frente a esta personalización extrema del poder. El silencio institucional ante la vulneración de las formas republicanas es, en última instancia, una validación tácita de un ejercicio del poder que confunde el mandato popular con una monarquía ideológica.

La política exterior argentina no puede ser el tablero de juegos de las obsesiones místicas de un mandatario que parece haber olvidado dónde terminan sus pulsiones personales y dónde comienza el destino de casi cincuenta millones de ciudadanos. Al proclamar una "guerra" inexistente y subordinar la investidura presidencial a un movimiento nacionalista extranjero, Javier Milei no solo rompe con una tradición centenaria de neutralidad; está rifando la seguridad nacional en el altar de su propio narcisismo ideológico.

Es inadmisible que, ante semejante exhibición de irresponsabilidad, las instituciones de la República permanezcan en un silencio sepulcral que bordea la complicidad. El Congreso no puede seguir siendo un espectador pasivo mientras el Ejecutivo usurpa facultades que la Constitución le niega. La historia argentina ya conoce el precio de la sangre que se paga cuando la soberbia de un líder nos arrastra a conflictos ajenos.

Es hora de que los resortes de la democracia se activen y le recuerden al Presidente que la Casa Rosada no es un púlpito, ni la Argentina su propiedad privada. No estamos ante un estilo "disruptivo", sino ante una patología institucional que nos expone al mundo como una nación errática y servil. Defender la Constitución hoy exige, más que nunca, ponerle un freno constitucional a este mesianismo peligroso que, en nombre de una libertad malentendida, termina por encadenar el futuro de la Argentina.

29/07/2016

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