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De la promesa de futuro a la administración del colapso
Quienes habitamos el planeta tierra no estamos ante una crisis económica más ni ante un cambio de ciclo político, sino ante una conmoción profunda y estructural del orden de largo alcance. Se trata de una crisis multidimensional que abarca guerras, calentamiento global, desaparición de especies y ecosistemas, crisis económica, desigualdades múltiples, racismo y xenofobia, reemplazo de trabajo humano por automatización y tecnología IA, epidemia de patologías de salud mental, anomia, crisis de los cuidados, de acceso al suelo y la vivienda, deslegitimidad de la democracia, por nombrar algunos de los más variados “síntomas mórbidos” de esta era.
La guerra por ejemplo, que se volvió el centro gravitatorio de la atención y las noticias mundiales por los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, además de ser la continuación de la política por otros medios, es siempre una oportunidad de acumular y desposeer comunidades. Detrás de los objetivos geopolíticos y la disputa interimperialista está la avidez de nuevos mercados.
La inestabilidad y el caos político y económico que se observan son la superficie de fenómenos más profundos que están determinados por los límites planetarios. El calentamiento global y la crisis ecológica y climática, son una certeza dada por el conocimiento científico, que lo hizo posible, medible, nombrable. Paradójicamente la misma racionalidad que detonó este problema es la que hizo posible su reconocimiento. Al mismo tiempo, el capitalismo verde y sus variantes de crecimiento con ecoblanqueo son una oportunidad de seguir haciendo negocios y posponer soluciones estructurales. El desacople entre crecimiento del PBI y la emisión de gases de efecto invernadero o reducción del impacto ambiental que postula el crecimiento verde es un mito casi imposible de verificar. Y, además, ignora que la calidad de vida y el bienestar de los países desarrollados, que pueden desacoplar, es a costa de la explotación de poblaciones y recursos de los países periféricos.
Todas las anteriores son dimensiones que interactúan y se potencian entre sí. Un claro ejemplo es el que se canaliza en las frustraciones asociadas a la pérdida del rol y el prestigio a causa del descenso social. El fantasma de la inutilidad, el sentirse marginados o poco valiosos, es uno de los grandes miedos que motoriza la internacional de extrema derecha compuesta por políticos que se presentan como la expresión de rebeldía y revancha al orden vigente, pero en el contenido son la profundización de todos los problemas vigentes.
Problemáticas como el desempleo, la pobreza o la precarización del trabajo, son procesados individualmente, y utilizadas en los discursos de extrema derecha para definir enemigos sociales. Estas narrativas construyen explicaciones simples de la realidad, como slogans, estableciendo fronteras morales. Las mujeres, los inmigrantes, los negros, la “agenda woke”, los ecologistas o la categoría social que inventen, funcionan como chivo expiatorio para fragmentar la sociedad y desviar la mirada hacia las medidas radicales que son necesarias.
El capitalismo se legitima en la promesa de la mejora material, de la posibilidad de ascender e incluso hacerse rico. Es una apariencia sostenida alrededor de la idea de la meritocracia, el esfuerzo personal, la libertad individual y la eficiencia en la gestión de los recursos. Este escenario pudo funcionar durante el interregno histórico del Estado de bienestar que representó un equilibrio entre clases sociales en la segunda posguerra hasta fines de los años 70 del siglo XX. Dicha promesa era realizable en aquel contexto ya que permitía una narrativa optimista sobre el futuro que se asentaba en la movilidad social ascendente, la familia como ordenadora y una carrera laboral estable. El modelo económico-social se sostenía sobre la base de un crecimiento sostenido por el consumo de masas, y energía y recursos naturales abundantes.
Pero los datos de la realidad actual, que muestran la concentración del ingreso y la riqueza, demuelen esas ideas, y tal como define Thomas Piketty, en el mundo vivimos en una sociedad de herederos. La meritocracia es solo una ideología para justificar desigualdades ya que la herencia determina con mayor peso la posición social. Según el Informe sobre la desigualdad mundial 2026, basado en el trabajo de más de 200 académicos en todo el mundo y coordinado por Piketty, el 10 % más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre sólo el 2 %. Si enfocamos más se observa que menos de 60 mil multimillonarios poseen tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad combinada.
No casualmente, el 10% más rico del mundo también representa el 77% de las emisiones contaminantes, lo que subraya cómo la crisis climática es inseparable de la concentración de la riqueza y el modo de vida de los superricos. Las economías ricas se benefician de un "privilegio exorbitante", tal como se afirma en el documento: “cada año, alrededor del 1% del PIB mundial (aproximadamente tres veces más que la ayuda al desarrollo) fluye de las naciones más pobres a las más ricas a través de transferencias netas de ingresos externos asociadas con rendimientos excesivos persistentes y menores pagos de intereses sobre los pasivos de los países ricos”. Como concluye el texto, el sistema financiero global refuerza la desigualdad: “el resultado es un mundo en el que una pequeña minoría ejerce un poder financiero sin precedentes, mientras que miles de millones de personas siguen excluidas incluso de la estabilidad económica básica”1.
Una subjetividad adaptada a la incertidumbre
Es evidente que estos datos no producen por sí solos una rebelión generalizada y lo que emerge es una forma de adaptación subjetiva a sobrevivir en esa realidad. Transitamos una época de “realismo capitalista”, tal como sugirió Mark Fisher, en la que la imaginación política para proyectar otro tipo de sociedad, producción y consumo está anulada y eso está vinculado a la ausencia de futuro. Es como si no supiéramos, ni pudiéramos pensarnos en vivir de una forma diferente al capitalismo. Como si este fuera una realidad de la evolución natural imposible de modificar o como si fuera inevitable.
La vida entonces se concentra en el presente, como una empresa flexible en un contexto precarizante. Para ello hay que estar liviano, desprenderse de compromisos sólidos y afectivos imposibles de cumplir en nombre de las exigencias de productividad. La hipercompetencia de la cultura del capital financiero implica despojarse de ataduras comunitarias y adoptar una racionalidad del cálculo, tácticas para poder sobrevivir en situaciones inestables. La inestabilidad está normalizada en esta etapa del capitalismo, por eso tener un trabajo duradero con carrera, formar una familia, adquirir una vivienda o cualquier proyección a largo plazo parecen proyectos que atan y por ende no deseables.
El presente es asfixiante en la organización de los asuntos cotidianos de los individuos y las familias. Sin horizontes colectivos al cual aferrarse, los mecanismos adaptativos pasan por la salvación individual con todas las consecuencias que ello tiene para la armonía social. Esta subjetividad adaptada al colapso permanente lleva al nihilismo social y el cinismo político. Hay una naturalización del deterioro que no se traduce aún en una disponibilidad cognitiva para proyectos políticos alternativos y radicalizados.
Es una época en la que al tiempo que hay una hipervisibilidad y saturación de información eso no se traduce en acción política colectiva. Las pruebas científicas del cambio climático antropogénico, por ejemplo, no derivan en un consenso político hacia medidas radicales estructurales. La portación de un teléfono inteligente y las redes sociales transformaron a la ciencia en una opinión como cualquier otra. En una sociedad fragmentada, para un individuo desanclado de la comunidad, las versiones religiosas o conspiranoicas de la realidad se tornan atractivas. A pesar de que la crisis ecológica es una consecuencia inevitable de un sistema que se rige por la acumulación infinita de capital por sobre los límites biológicos del planeta, sin embargo, se proponen medidas de “Greenwashing” que individualizan la responsabilidad, la vuelven un tema privado y doméstico, como estéticas de consumo y reciclaje, políticas de ecoblanqueo de las corporaciones del capitalismo verde que no van a brindar ninguna solución. Pasados los incendios o las inundaciones que saturan las pantallas, la vida sigue normal y nada cambia.
Abrumados por la escala global del desastre los individuos quedan en la inacción. Se sostiene la inercia social dando la ilusión de normalidad y bloqueando cualquier acción colectiva. Y hay algo más perverso que es la tendencia de las personas siendo conscientes del desastre, adoptar una postura cínica, una actitud adaptativa que deja el orden intacto. Incluso ese cinismo se expresa políticamente en cambiar algo para que no cambie nada, y se agota en performances simbólicas.
La extrema derecha hace una articulación entre demandas de orden y liberalismo, que se cristaliza en un nuevo tipo de fascismo promotora del goce en la destrucción del otro, en fragmentar la sociedad, en multiplicar las desigualdades y las comparaciones. Ante la amenaza existencial que representa para una identidad construida sobre el dominio de la naturaleza y las mujeres, el nuevo fascismo es una reacción política defensiva violenta, una forma de resistir un estatus social amenazado de obsolescencia.
El peligro realmente es que si nada cambia y seguimos aferrados al capitalismo y al crecimiento infinito, emergerá un fascismo climático como articulación entre liderazgos de extrema derecha y demanda social en una situación de aumento del caos, tal como sostiene Kohei Saito, donde muchos se quedarán sin lugar donde vivir, habrá refugiados climáticos y construcción de muros, la producción de alimentos peligrará, mientras que el Estado desplegará su faceta autoritaria. La pandemia del COVID será solo un prólogo de lo que se anuncia.
Cambiar el paradigma de vida
La pandemia demostró algunas cuestiones fundamentales: las personas esenciales son los trabajadores, que son la fuerza que produce y hace circular el valor diario, y particularmente quienes realizan tareas de cuidado; y los Estados nacionales que tienen la capacidad de declarar la crisis, paralizar la economía y reorientar los esfuerzos a la urgencia sanitaria o simplemente cerrar las fronteras. El monopolio de la violencia física y simbólica garantiza esa capacidad. Con lo cual una transformación que replantee todo inicia necesariamente por democratizar un Estado permeado por los intereses de los grupos concentrados.
El Estado capitalista sólo combate los síntomas de la catástrofe climática, sean incendios, inundaciones, sequías, huracanes o pandemias para que el paradigma de vida de acumulación ilimitada no se corte. Los superricos son indiferentes a los padecimientos de la mayoría porque pueden afrontar los costos médicos, aislarse y seguir obteniendo ingresos. Se hacen construir una arquitectura territorial y social para no afrontar las consecuencias negativas del calentamiento global. Esa nueva arquitectura consolida la industria de bunkers para superricos. En cambio para los no privilegiados que viven, trabajan y habitan de forma precaria se les pide adaptación, como ya vimos, y la adopción de una forma de presentismo permanente como forma de sobrevivir.
Tampoco se puede esperar algo del actual tecnooptimismo, que es otra forma que adopta el realismo capitalista y es paralizante de la acción humana. Detrás de las nuevas industrias como la IA o el transporte eléctrico, hay una profunda materialidad e impacto ecológico, desde una fabricación de batería hasta el consumo de agua para un centro de datos, sobre todo consumo de energía e infraestructuras físicas. Como señala Hugues Draelants “la innovación tecnológica sirve aquí como bloqueo: permite cambiarlo todo en apariencia para que, estructuralmente, nada cambie en nuestra forma de habitar el mundo.”
En este panorama crítico hay que preguntarse si la sociedad está dispuesta y desea cambiar este paradigma de vida con la incertidumbre que conlleva en el proceso la desestabilización de rutinas cotidianas hasta la estabilización de un nuevo orden. Sin embargo, ya estamos siendo adaptados a vivir en ese contexto sin certezas, en una lucha por la supervivencia en el presente sin plantearnos proyectos, ni compromisos o vínculos a futuro. Nuestra libertad ya fue enajenada para cumplir con las exigencias del mercado así que no hay mucho que perder. Esta multiplicidad de crisis simultáneas afectan cualquier idea de un futuro promisorio. Como plantea Zizek “el fin del mundo es ya una forma de vida”, nos acostumbramos a convivir con él, y la posibilidad de la autodestrucción marca ya el ritmo de vida cotidiana.. ¿Por qué el sacrificio diario de trabajar para grandes corporaciones se mantiene inquebrantable? ¿Será que el capitalismo conecta mejor con mecanismos inconscientes? ¿La promesa de convertirse en rico y acumular poder social es inmune a la realidad?
Economía del deseo y consumismo alienante
Cabe preguntarse, en ese sentido, si el capitalismo se sigue reproduciendo porque logra sacarle provecho a la estructura misma del deseo humano. Cada mercancía que se produce lleva inscrita su magia, que no es más que una fantasía adosada de satisfacción, una lógica fetichista que está más allá de la simple utilidad de un valor de uso. La trampa, si se quiere, es que nunca realizan esa fantasía más que por un instante, manteniendo al sujeto dentro de un circuito permanente de deseo y frustración. De este modo puede pensarse que el sistema no se sostiene únicamente por coerción o por consenso ideológico, sino por las formas que estructuran el deseo, que atan al sujeto a una fantasía de posesión y acumulación que nunca se cumple del todo porque justamente el deseo nunca se satisface, el objeto nunca te complementa, siempre aparecen nuevas mercancías que lo prometen y de ese dinamismo competitivo se alimenta el sistema.
La posesión de determinadas mercancías tiene la particularidad mágica de dar estatus económico, prestigio social, sentido identitario o de ser exitoso. Es decir, el capitalismo es una máquina de producir deseos, una economía del deseo que siempre ofrece nuevos objetos que contienen la promesa, y así reactiva permanentemente el consumismo desenfrenado y alienante. Teniendo en cuenta la lectura que hace Zizek de Lacan, el capitalismo ya no funciona por prohibiciones explícitas, sino que el mandamiento es “¡gozá!”, viví la experiencia, se feliz y disfrutá.
Por eso resulta tan difícil imaginar una economía y forma de vida distintas, sin imaginarios de éxito y expectativas incorporadas como mandatos inconscientes. El desafío político de nuestro tiempo no puede reducirse a redistribuir mejor la riqueza, poner el acento en impuestos progresivos a la renta o la herencia, ya que son solo parches dentro de un modelo existente que agotó sus potencialidades. Hay que replantearse si es posible imaginar una forma de vida, de producción y consumo que no dependa de la obtención de ganancias y del crecimiento infinito. Es un desafío enorme ya que aun cuando la crisis del sistema se vuelve evidente, nuestra imaginación política sigue atrapada dentro de sus límites. En otras palabras, a los límites planetarios objetivos para este modo de producción y consumo se le acoplan los límites subjetivos para siquiera imaginar que es posible replantearlo todo en un futuro posible.
Hacia un nuevo metabolismo social
Cambiar este sistema implica cambiar ritmos de vida, dejar atrás el aceleracionismo hacia el infinito solo para aumentar las ganancias de unas pocas corporaciones, recuperar tiempo para sí y para los vínculos afectivos, reducir la jornada laboral, modificar hábitos y realizar actividades no dictadas por el consumismo, dejar atrás los imaginarios de éxito personal asociados a la acumulación de propiedades. Romper con esta inercia genera mucha resistencia porque la subjetividad está disciplinada en ese molde. Por eso también implica generar nuevas alternativas de deseo, no puede quedarse solo en el momento de la negación.
No se trata de llevar adelante una reconversión o iniciativa individual, ni tampoco alguna forma de deserción o aislamiento local que no se traducen en algo significativo. Para llevar adelante este proceso y evitar la barbarie del caos, se requiere de una planificación a gran escala, no solo nacional, que pueda cristalizar en un nuevo orden. Luego podría adoptar formas de propiedad mixta pública y privada más al estilo chino con fuerte presencia estatal e ingeniería social; más local, autogestiva y cooperativa como postula el comunismo decrecentista de Saito, o el socialismo participativo de Piketty con propiedad social y temporal, herencia universal básica y cogestión de la producción. Más allá de las diferentes formas que pueda tener en concreto una organización social del futuro en su economía, tipo de propiedad y Estado, sin dudas implica un nuevo metabolismo entre las actividades humanas y la naturaleza tendiente a reproducir la vida en armonía. Es la única alternativa posible para encarar las soluciones urgentes a los problemas que son de dimensiones globales.
Bibliografía citada:
Fisher, Mark (2016), Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Caja Negra
Piketty Thomas (2019) Capital e ideología. Editorial Paidós
Saito, Kohei (2022), El capital en la era del antropoceno. Ediciones B.
Zizek, Slavoj (2025) En el claroscuro aparecen los monstruos. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tinta Limón,
Zizek, Slavoj (2008), Ideología. Un mapa de la cuestión. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
1Informe disponible en https://wir2026.wid.world/www-site/uploads/2025/11/WIR26_Executive_Summary_Spanish.pdf
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