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En la mañana del sábado 28 de febrero, un día después de que el gobierno omaní, anfitrión de las negociaciones indirectas entre Irán y EE.UU., anunciara un significativo avance en las conversaciones, Israel y EE.UU. lanzaron un masivo ataque aéreo y misilístico sobre Teherán y otras ciudades persas.
El primer día de la operación, en Minab, al sur del país, fue alcanzada una escuela primaria, matando a más de 165 niñas; un hecho que la prensa occidental ignoró prolijamente y que una investigación publicada el 3 de marzo por Al Jazeeraseñaló como una masacre deliberada y no daño colateral.
El objetivo inicial parece ser lo que los israelíes llaman la “decapitación” del régimen y el presidente Trump señaló como primer signo de victoria el asesinato del Líder Supremo, el Ayatollah Ali Khamenei, de 86 años, junto a su esposa, su hija y su nieta de 14 meses.
Desde entonces continúan los bombardeos masivos a objetivos militares y crecientemente civiles. La “decapitación” pareció no funcionar porque la respuesta iraní fue inmediata, con oleadas de drones y misiles balísticos sobre Israel y 27 bases estadounidenses en Qatar, Bahréin, Kuwait, EAU, Irak y Jordania.
El plan inicial se basó en evidentes errores de inteligencia respecto al sistema de comando y control iraní y a sus cambios después de la guerra de los 12 días en 2025 y fundamentalmente en la profunda incomprensión del chiismo, producto de la ignorancia y la arrogancia intelectual que envenenan a Occidente desde hace mucho.
Los chiitas son la segunda rama del Islam, después de los sunnitas, con unos 600 millones de fieles, centralmente en Irán, Irak y El Líbano y en menor proporción en Bahréin, Arabia Saudita, Siria, Yemen, Pakistán, India, Turquía, Azerbaiyán y el sur de Afganistán. Matar a Khamenei es más o menos para ellos como matar al Papa de Roma para los católicos.
Nacidos en las luchas por la sucesión de Mahoma, seguidores del derrotado Imán Alí, el martirio y el sufrimiento ocupan un lugar central en la teología chií.
El martirio en una guerra santa ha permeado la cultura iraní desde su lucha de ocho años con el Irak de Saddam Hussein en la década de 1980 y explica por qué Alí Khamenei permaneció en su hogar y no en un bunker seguro.
Durante las tres rondas de negociaciones en Ginebra y Omán, Khamenei se negó a capitular ante las demandas de Trump. Sabía que la guerra que buscó evitar durante 40 años y que Netanyahu buscó provocar durante los últimos 30 estaba a las puertas.
Paradójicamente, el brutal ataque vino no porque Irán tuviera armas atómicas sino porque no las tiene y fue Khamenei quien se opuso siempre a fabricarlas porque las consideraba inmorales.
El ataque pasó de “unos días” a “dos semanas”, después a “dos meses” y veremos cuánto más si lo que se espera es la caída del régimen iraní, cosa que una campaña aérea por más efectiva que sea en la destrucción de infraestructuras militares y civiles no producirá por sí sola.
Seguir el progreso táctico del conflicto resulta muy difícil dado que ambos bandos desarrollan una guerra informativa y una censura bastante férrea.
Todo el aparato comunicacional estadounidense y el de sus estados vasallos se ha movido para justificar lo injustificable: un ataque en medio de la negociación.
Y un ataque del que no se sabe cuál es su motivo, al menos formal: ¿la “liberación” del pueblo iraní? ¿el programa nuclear? ¿el programa de misiles? ¿la “opresión” de las minorías étnicas?
Elija usted el que quiera, es una fantasía igual que las “armas de destrucción masiva” de Saddam o el “Cártel de los Soles” de Maduro y ninguno tiene valor estratégico suficiente para volcar semejante cantidad de dinero y sangre a la hoguera.
El 2 de marzo el secretario de Estado, Marco Rubio, admitió públicamente que EE.UU. fue empujado por Israel a la guerra. "Sabíamos que iba a haber una acción israelí" contra Irán, dijo a los periodistas en el Capitolio ese lunes. "Sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses" por parte del régimen iraní. Y agregó: "Obviamente, estábamos al tanto de las intenciones israelíes y entendimos lo que eso significaría para nosotros, y teníamos que estar preparados para actuar como resultado de ello”.
A confesión de parte…
Algún día sabremos por quéDonald Trump cedió a la presión de Benjamin Netanyahu, abandonando su principal promesa electoral, terminar con guerras lejanas y costosas, a ocho meses de la elección de medio término y cuando las encuestas le decían que cuatro de cada cinco ciudadanos se oponen a una nueva intervención militar en Medio Oriente.
¿Qué tenemos por delante? La advertencia de Khamenei, en su última intervención pública, del peligro de un conflicto regional en todo el Medio Oriente resultó acertada. La guerra arde de las costas del Mediterráneo y el Mar Rojo hasta los bordes del Mar Caspio y las orillas occidentales del Océano Indico.
Rusia y China tienen intereses estratégicos en Irán. Moscú ha aportado equipos militares desde la Guerra de los 12 días y Beijing está brindando inteligencia satelital y capacidades de guerra electrónica a Teherán.
Para ambos es una línea roja la presencia de tropas estadounidenses o israelíes en el terreno y mucho más el uso de una bomba atómica, sobre lo que el siempre cuidadoso Sergei Lavrov, ministro de Exteriores ruso, ha hecho en estos días una clara advertencia.
Estamos viviendo una aceleración súbita de una guerra mundial que venía en cámara lenta.
Ojalá haya entre los poderosos del mundo un atisbo de humanidad y racionalidad.
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