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En los años ’70 del siglo pasado se produjo un cambio fundamental en el capitalismo. Desde la segunda guerra hasta los años ‘70 hubo una expansión de la economía mundial basada en el incremento del excedente económico, lo que permitía aumentar el ingreso real de los trabajadores (los sueldos crecían al mismo ritmo que el aumento de la productividad del trabajo) y en el crecimiento del gasto del estado, en lo que se denominó “sociedad de bienestar”, lo que aseguraba un incremento de la demanda que absorbía toda la producción, aumentaba la ganancia y daba garantías para el éxito de nuevas en inversiones. Fue la “época de oro” del capitalismo industrial.
El cambio comenzó con la crisis del petróleo. Con la creación de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), en marzo de 1974, el precio del barril de petróleo pasó de 4 a 12 dólares y en 1980 llegó a 32, lo que impactó en todos los órdenes de la economía y del comercio mundial por el carácter esencial de este producto. Se produjo así una importante traslación de fondos hacia los países exportadores de petróleo, originando déficits en los balances comerciales de los países desarrollados (importadores de petróleo). Parte de esos fondos volvieron a occidente, como depósitos especulativos, con los que estos países de exportadores de capital pasaron a ser receptores del mismo.
En los países desarrollados el aumento de los costos generó un período de “estanflación” (inflación con estancamiento económico), con fuerte caída de la tasa de ganancia. Para recomponerla, los capitalistas de los países centrales dejaron de invertir productivamente en sus países; por un lado, dedicaron parte del excedente a especular financieramente y, por la otra, buscaron localizaciones para sus inversiones con mayor rendimiento, ya fuese por menores impuestos, falta de reglamentación del daño ambiental o, fundamentalmente, por menores salarios. El capital fue primero a México, con las famosas maquiladoras de la frontera, luego a los países del este europeo, de las ex “democracias populares”, y finalmente al este asiático, especialmente China.
La tasa de crecimiento de la economía mundial, en forma aproximada y tomando como indicador al PBI por habitante, se redujo a la mitad. mientras que la tasa de inflación, con grandes diferencias entre los distintos países, se duplicó. En el centro los salarios nominales se estancaron por la competencia externa, la desregulación laboral, la aparición de la desocupación, la disminución del poder sindical y el aumento de la inmigración, legal e ilegal. En los Estados Unidos en la década 1997-2007 los salarios reales cayeron en promedio un 20% por efecto del aumento de precios, mientras que el aumento de la productividad del trabajo (estimada aproximadamente en un 3% anual) fue íntegramente a incrementar las ganancias y a volver más inequitativa la distribución del ingreso. Por otra parte, la demanda se sostuvo mediante endeudamiento, tanto con tarjetas de crédito como con compra en cuotas, prestamos con garantía real, etc. En Estados Unidos, mientras el PBI en los años 2000 crecía a un promedio del 2,4% anual, el crédito al consumo lo hacía al 8%.
Por eso el pensador italiano Ruffolo sostiene que el quinquenio 1970-75 conforma un “parteaguas” en la historia mundial: es una nueva etapa del capitalismo donde el capitalismo financiero reemplaza como hegemónico al productivo o industrial.
En el caso de América Latina se manifestó con la instalación de dictaduras militares represivas y la “liberación” y apertura de sus economías. Según Giorgio Ruffolo “En Europa el crecimiento ha sido acompañado por una desocupación de masas. En Estados Unidos, por una explosión de la desigualdad. Tanto en Europa como en Estados Unidos se ha producido una degradación de la calidad de vida: infraestructuras públicas, condiciones ambientales y urbanísticas, nivel y calidad de la educación (“Las paradojas del crecimiento en la era del turbocapitalismo”).
Es que al excedente económico lo genera la producción material. “El dinero es estéril” decía Aristóteles, hace 2.500 años. Obviamente, al dedicar aproximadamente la mitad de acumulación a las finanzas y no a la inversión productiva, el excedente económico, y con él la ganancia, se redujeron en la misma proporción. La reacción de las grandes corporaciones fue trasladar el problema al ingreso de trabajadores y productores primarios, que generó la caída en el nivel de vida descripto en el párrafo anterior.
Pero las fuerzas dominantes acusaron al estado de ineficiencia y burocratización creciente y, como consecuencia de ello, de ser el causante de la crisis y de la desocupación; la idea fue extendiéndose y finalmente se convirtió en una noción de sentido común. Fue la implementación de un nuevo paradigma mundial, conocido como neoliberalismo (que coincide con el liberalismo económico, pero que no tiene relación con el liberalismo de Locke ni con la democracia).
El fundamento ideológico neoconservador se inicia poco después de la finalización de la segunda guerra. En sus orígenes es preciso citar a von Hayek y a un pequeño grupo intelectual que con tesón (y recursos) fue creciendo y adquiriendo estatus académico en las universidades norteamericanas, hasta convertirse en verdad científicade la teoría económica, primero con la revalorización de la teoría neoclásica y luego con la teoría de la oferta y de las expectativas racionales. En 1960 Daniel Bell publicó “El fin de la ideología” considerado por algunos autores como el manifiesto fundador del movimiento neoconservador. Este pensamiento no sólo dominó la educación y los centros intelectuales conocidos como think-tanks, sino también a las instituciones internacionales, como el FMI, el Bando Mundial y la Organización Mundial de Comercio. A fines de los ’80, con el llamado Consenso de Washingtonse convirtió en claramente hegemónico: se convenció a la mayoría de los científicos sociales y al público en general que el neoliberalismo era el mejor sistema e, incluso, se llegó a sostener que era el único posible.
La idea neoconservadora parte del individuo como ser egoísta y competitivo, en una especie de darwinismo social donde sobreviven los mejores. Considera que la idea de la igualdad es antinatural y contraproducente, ya que tiende a igualar hacia abajo y a eliminar las tendencias al progreso; Thatcher dijo que “es nuestro trabajo glorificar la desigualdad y ver que se liberen y se expresen los talentos y las habilidades para el bien de todos nosotros”.
Como teoría, sostiene que el mercado es el asignador óptimo de los recursos económicos, que el bienestar humano se maximiza cuando no existe intervención estatal en la economía y cuando se garantiza la libertad empresarial en un marco institucional que asegure la propiedad privada, la libertad individual y el libre comercio. En este esquema, el estado actual debería mantenerse con las mismas funciones que el estado decimonónico (defensa, policía y justicia, asegurando la propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado) y dejar las áreas en las que avanzó, ya sea en la producción como en los servicios, inclusive tales como la educación y la salud, a la iniciativa privada sin intervención estatal.
El anarcocapitalismo es la expresión máxima de esa concepción.
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