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30/11/2025

El fascismo en el siglo XX

El fascismo en el siglo XX | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“Si bien existen muchos antecedentes autoritarios, el origen del fascismo se puede fechar: Italia de 1922, con el ascenso de Mussolini al poder”.

Humberto Zambon

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La posibilidad de la revolución social en la Europa occidental como consecuencia de la guerra del 14 y de la revolución soviética generó, como contrapartida, fenómenos autoritarios que se conocen con el nombre genérico de “fascismos” y cuyas características comunes son la desaparición de las libertades y de las formas democráticas y la persecución en forma sistemática a todos los militantes del socialismo de cualquier tipo. Horkheimer, el pensador de la escuela de Frankfurt, sostuvo que “quien no hable de capitalismo no tiene derecho a hablar del fascismo.

Si bien existen muchos antecedentes autoritarios, como el del Almirante Horthy en Hungría, el origen del fascismo se puede fechar: Italia de 1922, con el ascenso de Mussolini al poder. En Italia, y en los demás países en que se produjeron movimientos similares (Primo de Rivera en España en 1923, antecedente directo de la dictadura de Franco luego de la guerra civil de 1936, Pángalos en la Grecia de 1925 o Carmona en Portugal en 1926), se presentaban cuatro fenómenos característicos:

1- Problemas de reivindicación del honor nacional: Italia, a pesar de haber triunfado con los aliados en la Primera Guerra Mundial, no vio satisfechas sus ambiciones territoriales; además, había llegado tarde a la distribución imperialista y con una experiencia que incluía la frustración en Etiopía. Por último, era muy reciente el fuerte enfrentamiento ideológico previo a la guerra entre un nacionalismo desarrollado con la unificación nacional y la concepción de internacionalismo militante que sostenían los socialistas, debate que se reinstaló en la sociedad con la frustración que trajo el fin de la guerra.

2- Inestabilidad social; crisis económica, desocupación (agravada por la des­movilización militar debido a la finalización de la guerra) y problemas de inflación; huelgas y tomas de fábricas.

3- Régimen político débil, acusado de inoperancia y corrupción. Crecimiento político de los partidos socialistas (divididos en socialistas y comunistas a partir de la Primera Guerra), con posibilidades ciertas de acceso al poder.

4- Escasa tradición democrática. Esto se repitió con intensidad durante la república de Weimar en Alemania, donde existía, según dice S.J.Wolf en “El fascismo europeo,“una opinión generalizada en la época, desde la derecha hasta la extrema izquierda, que juzgaba el régimen liberal parlamentario vigente como algo desfasado respecto a las nuevas condiciones económicas y sociales”

Las condiciones se repitieron y agravaron luego de la cri­sis, apareciendo movimientos similares en casi todo el mundo. En Argentina tomó el carácter de nacionalismo aristocratizante, con gran influencia en el poder; así, el general Uriburu, jefe del golpe de estado de 1930, no ocultó sus simpatías corporativistas, ideas que tuvieron gran influencia dentro de las filas del ejército por lo menos hasta la finalización de la Segunda Guerra Mun­dial.

Las plataformas políticas iniciales de Mussolini (de 1919 y 1920) fueron una exposición vaga de reivindicaciones indefinidas, levemente izquierdistas (el pasado de Mussolini era socialista) y nacionalistas, contraria a los “políticos” y a los “imperialismos”. Formado por “bandas” (los camisas negra) avanzaron sobre Roma y lograron que el Rey le pidiera la formación de un nuevo gobierno. En la siguiente elección se dio como ganador, con más de los 2/3 de votos, al fascismo; el líder socialista Matteotti denunció el fraude y, como consecuencia, fue secuestrado y asesinado. En 1926 se prohibieron todos los partidos políticos, excepto el fascista y comenzó la tarea de construcción del nuevo estado.

El fascismo es totalitario (no puede existir nada por encima del Estado ni en oposición a él), autoritario (los ciudadanos no tienen derechos sino deberes; sostenía que la libertad era un dogma de la Revolución Francesa que estaba totalmente perimido y superado) y nacionalista. La filosofía que lo sustentaba era un idealismo voluntarista, que creía en la posibilidad de realizar la voluntad de los pueblos sin condicionamiento alguno.

S. J. Wolf señala que "la ideología fascista proclamaba cambios revoluciona­rios en la sociedad moderna, pero sus rituales exudaban una profunda nostalgia por la vuelta a un pasado medieval mítico". Su característica irracional surge claramente en los discursos de Mussolini: "Los ideales de la democracia se han derrumbado, empezando por el del pro­greso. El nuevo es un siglo aristocrático" o "Por mucho que podamos deplorar la violencia está claro que, para que nues­tras ideas penetren en la mente de los pueblos, tenemos que actuar sobre los cerebros refractarios a golpe de garrote".

En la organización de la economía la corporación ocupaba un lugar central, era la institución que unía a los sindicatos de trabaja­dores y de patrones como una instancia superior para evitar los conflictos y regular los campos de la producción. Se prohibieron las huelgas y los partidos políticos, pero, en los hechos, nunca se planteó superar al capitalismo; en la Carta del Lavoro lo dice claramente: Art. 9: “La intervención del estado en la economía se produce sólo cuando falta la iniciativa privada, cuando ésta es insuficiente o cuando están en juego los intereses políticos del estado”.

En Alemania la versión fascista fue menos doctrinaria, aunque más autorita­ria. Allí el irracionalismo alcanzó su punto máximo al adoptar las teorías racistas de Gabineau y postular una supuesta superioridad aria, lo que fue acompañado por políticas antisemitas que culminaron en un genocidio. En el caso de Alemania, el Partido Nazi tuvo un origen mítico en una cervecería de Munich, en 1919. Su programa inicial incluía la cancelación de la ciudadanía a los judíos, la eliminación del sistema parlamentario, pena de muerte para la usura y la explotación y algunas consignas difusamente progresistas, como la nacionalización de las corporaciones industriales reguladoras de la producción y la distribución de los beneficios de las grandes empresas. Hasta 1930 el partido fue una expresión política muy pequeña; en ese año, con motivo de la crisis mundial, alcanzó más de 6 millones de votos y 107 bancas y, dos años después, duplicó los votos y los puestos parlamentarios, convirtiéndose en la primera minoría. En 1932, comenzó la revolución nazi: el presidente le pidió a Hitler que encabece el gobierno, llamando a nuevas elecciones. Las nuevas elecciones dieron una leve mayoría a la extrema derecha, por lo que en la primera sesión la legislatura otorgó poderes absolutos a Hitler. En poco tiempo se proclamó el “Tercer Reich”, anulándose la república de Weimar, el parlamento y las libertades, con un control exhaustivo de la prensa y la enseñanza, persiguiendo por igual a los izquierdistas, a los intelectuales y a los judíos, quienes fueron privados de la nacionalidad. Se declararon ilegales los partidos políticos (excepto el nazi) y los sindicatos.

En Alemania de los años ‘30, el proceso de crecimiento de la intervención estatal y de la planificación eco­nómica fue más espontánea que resultado de una concepción a priori. En 1932 y 1933 se aplicó una política de pleno empleo en base a obras públicas, crédito barato, expansión monetaria y cambio estable; logró sus objetivos razonablemen­te bien, pero en 1936 comenzaron a darse presiones inflacionarias, por lo que se decretó el congelamiento de precios. Este congelamiento fue generando distorsiones productivas que llevaron a una mayor intervención del estado y a la fijación de metas cuantitativas de producción. Con el aumento del riesgo bélico se intensificó la intervención estatal y la planificación, manteniendo siempre la propiedad privada de los medios de producción. Fue un experimento inédito de planificación central en un sistema productivo capitalista.

En un principio se estableció para las empresas una tasa de ganancia sobre los costos, razón por la que no existía ningún incentivo para mejorar la eficiencia bajando los costos (al contrario, a costos mayores era mayor la masa de ganancia que obtenía la empresa); para aumentar la racionalidad, más adelante se utilizó el método de porcentaje fijo sobre costos estimados o costos estándares, preten­diendo así aumentar la eficiencia productiva.

El maridaje entre el poder estatal y la propiedad privada de las empresas au­mentó el proceso de concentración oligopólica; el mismo estado colaboró acti­vamente en la formación de cárteles y monopolios, desarrollando una auténtica oligarquía capitalista con estrecho ligamento con las autoridades de la planifica­ción central.

Con la guerra desaparecieron los mercados. La asignación de bienes de con­sumo se hacía desde el centro y el trabajo se convirtió en un servicio obligatorio; luego, con el traslado masivo de población de los territorios ocupados, el trabajo tomó formas serviles o casi esclavistas.

¿Cómo explicar que en el país cuna del humanismo renacentista tuviera tanto éxito político un personaje de opereta, como fue Mussolini? ¿Como explicar que en la tierra de Goethe y de tantos filósofos, músicos y poetas llegara a las máximas jerarquías gubernamentales alguien como Goebbels, que llegó a decir “cuando oigo la palabra cultura suelo agarrar la pistola”? En primer lugar, fue la debilidad del sistema: los grandes capitales, industriales y financieros, temían sobre el mantenimiento del capitalismo (en Italia por la frustración nacional y el caos social producido al final de la guerra; en Alemania porque los diputados de izquierda eran mayoría); los grandes capitales apoyaron decididamente el ascenso de Mussolini y de Hitler, pensando que los podrían manejar, aunque luego resultaran en parte rehenes de la dictadura. En segundo lugar, las clases medias –formadas por pequeños comerciantes, artesanos y profesionales- querían orden. Tercero, la desesperanza y frustración que genera la falta de un futuro previsible; en especial a partir de la crisis de 1929, la desocupación y la marginación de masas crecientes de la población hizo perder las esperanzas a sectores que, en consecuencia, estaban dispuestos a apoyar cualquier salida irracional. Existe, por otra parte, aspectos de la psicología social (estudiados, por ejemplo, por Erich Fromm en El miedo a la libertad) que explican la existencia de caracteres fascistoides: según Adam Schaff, son personas propensas a actuar en grupos; seguras en la multitud sin necesidad de adoptar decisiones por cuenta propia, de asumir responsabilidades, son atraídas por la posibilidad de marcar el paso y seguir obedientes al líder; en general, son personas con complejos, como el de la inferioridad.

La derrota del Eje en la Segunda Guerra marcó el fin del experimento fascista en el siglo XX.

29/07/2016

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