-?
El capitalismo requiere necesariamente las siguientes condiciones básicas para funcionar: 1- personas libres (es decir, no sujetas a relaciones de esclavitud o servidumbre), aptas para vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario y 2- una acumulación previa de capital. La consecución de ambos requisitos demandó en Europa un largo proceso de transición entre la sociedad medieval y el sistema de producción capitalista que predomina actualmente en el mundo, proceso que se inició en el siglo X y duró hasta la segunda mitad del siglo XVIII; en este último ocurrieron tres fenómenos de importancia, los dos primeros con acento en lo político y el último en lo económico, aunque formaron parte de un solo proceso histórico:
1-La independencia de las colonias en América, primero con Estados Unidos y que, en el siglo siguiente y comenzando por Haití, se extendió a todo el continente.
2- La Revolución Francesa de 1789.
3- La revolución industrial, con centro en Inglaterra, que hizo posible el paso de una sociedad eminentemente agrícola a otra de carácter industrial.
Simultáneamente a esa transición existió una revolución científica que reconoce como hitos a Copérnico, Galileo, Descartes y Newton y que, a partir del siglo XVIII, continuó aumentando el nivel de conocimientos del hombre en forma exponencial.
En la vieja sociedad la división social se daba entre nobleza, clero y vulgo o pueblo y donde los dos primeros tenían privilegios y fueros. En la nueva se abolieron los títulos nobiliarios y se estableció la libertad e igualdad legal de todos. El ideal de la época fue el liberalismo de Locke, que se basa en el supuesto de que existen derechos naturales inherentes a la condición humana, anteriores y superiores a cualquier forma de organización social; los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad privada, que son inalienables y hacen a la esencia misma del ser humano. Es el fundamento del actual movimiento de derechos humanos. Para el liberalismo la soberanía pertenece al pueblo que cede parte de sus derechos, por lo que aquellos poderes no delegados expresamente siguen siendo de los individuos. El Estado no puede avanzar sobre ellos; las personas tienen el derecho a rebelarse si el gobierno se vuelve tiránico o sobrepasa el límite de las facultades realmente delegadas.
En forma contemporánea a ese liberalismo surgen otras dos ideologías transcendentes: el ideal democrático y el liberalismo económico. El primero se debe a Rousseau que, al igual que Locke, creía en un estado natural original, pero, a diferencia de este, allí existía la igualdad y no se conocía la propiedad privada; ese estado idílico se rompió cuando algunos pretendieron apropiarse de terrenos y bienes; entonces los hombres, en defensa de sus derechos, hicieron un contrato social por el cual se sometieron a las decisiones colectivas tomadas por mayoría. La soberanía, que es indivisible, ha sido delegada en la sociedad civil y el hombre debe acatar las decisiones mayoritarias, aunque vayan en contra de sus intereses.
Respecto al segundo, hay que tener en cuenta que el estado, con su política mercantilista, había hecho posible la transición de una sociedad campesina a nivel de subsistencia a otra que generaba mayor excedente económico y podía crecer sin tutela estatal. En el siglo XVIII comenzó una reacción teórica a la intervención gubernamental y al excesivo reglamentarismo heredado del período mercantilista, que tomó el nombre de liberalismo económico; es independiente del liberalismo filosófico de Locke, excepto en la contemporaneidad. Este movimiento se inició con los fisiócratas, cuyo principal exponente fue François Quesnay y culminó con Adam Smith que en 1776 publicó el libro "La Riqueza de las Naciones", considerado por muchos el origen de la ciencia económica.
La idea básica del liberalismo económico es que existen leyes naturales que rigen el funcionamiento de la sociedad y, en particular, la producción y distribución de los bienes; que las personas, en su egoísmo individual (aquí la coincidencia con Locke) y buscando cada uno su propio interés, logran la óptima asignación de recursos y distribución del producto, por lo que el estado debe abstenerse de intervenir. Los fisiócratas lo resumieron en el famoso dicho "dejad hacer y dejad pasar, el mundo camina solo" y Adam Smith lo ejemplificó con la "mano invisible" que gobierna las relaciones sociales entre las personas, haciendo posible el óptimo social.
La sociedad capitalista creció y a partir de 1870 se expandió por el mundo entero con el fenómeno del imperialismo o “nuevo colonialismo” (según la denominación que le dio el papa Francisco). En lo social, con la abolición de los títulos de nobleza y la declaración de igualdad no se logró la armonía que suponían los líderes de la Revolución Francesa, sino que dio lugar a nuevas divisiones y luchas, especialmente relacionadas con la división del producto social, básicamente, entre los propietarios de la tierra, los dueños de los medios de producción capitalista y los trabajadores. Estos últimos se organizaron en la Primera Internacional (Londres 1864), que reunía a anarquistas y socialistas de diferentes grupos y, posteriormente, en la Segunda Internacional (París 1889), de orientación marxista.
El sistema dominante en la época era el capitalismo con el liberalismo en lo ideológico y, en lo político, con la democracia restringida a varones propietarios mayores de edad. La lucha, durante mucho tiempo, fue por el voto universal, primero para todos los hombres y, luego, en el siglo XX, para todos, sin diferencias de género.
Las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por levantamientos populares y revoluciones sociales que abarcaron prácticamente al mundo entero. El ciclo se inició con la revolución rusa de 1905 contra los zares; continuó con la revolución mexicana a partir de 1911 y, como consecuencias directas de la primera guerra mundial, se produjo en Rusia la revolución soviética de 1917 y los levantamientos socialistas en Alemania y Hungría y los consejos obreros en el norte de Italia; en 1919 se desarrolló en China la revolución nacionalista encabezada por Sun Yat Sen.
En nuestro país, en diciembre de 1918 comenzó en Buenos Aires una huelga en los talleres metalúrgicos Pedro Vasena e Hijos que se convirtió en un conflicto sindical generalizado y que terminó con 700 muertos y cerca de 4000 heridos y pasó a la historia como la Semana Trágica. En Santa Cruz se produjo el levantamiento de los obreros rurales y urbanos patagónicos de 1921 y que finalizó con el fusilamiento de los huelguistas.
En 1929 comenzó en Wall Street la mayor crisis del sistema capitalista, cuyos efectos se extendieron al mundo entero durante toda la década de los años 1930: quiebras, cierre de empresas, desocupación, suicidios. Como la crisis se manifestaba en stocks sin vender, se diagnosticó exceso de oferta sobre la demanda y se procuró destruir el sobrante; se quemaron y destruyeron alimentos mientras millones de hombres pasaban hambre, lo que no puede, presentarse como ejemplo de racionalidad y buena política. No puede extrañar, entonces, que el socialismo, en sus diversas variantes, creciera y amenazara con reemplazar al sistema capitalista vigente.
Desde el origen del sistema existió un partido del orden, que desde comienzos de la Revolución Francesa se lo identificó con la “derecha”. En la visión de Eduardo Galeano esa “derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin, de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambriento” (“Las venas abiertas de América Latina”,1971).
Cuando peligra la continuidad del sistema, como ocurrió en el siglo XX, en la entreguerra y debido a la crisis de los años ’30, parte de esa derecha se vuelve irracional y totalitaria, una extrema derecha que olvida el origen liberal y democrático de la sociedad contemporánea.
A este movimiento extremista, que presenta grandes diferencias nacionales, se lo conoce como fascismo. El pensador inglés Harold Laski lo resumió así: “es el capitalismo que rechaza sus orígenes liberales para adaptar la estructura social de producción a aquellas circunstancias en que la idea liberal sería política, económica y socialmente fatal para la idea capitalista".
Pensamos continuar esta nota con una próxima sobre el fascismo del siglo XX y, luego, incursionar en el siglo actual, en el que el capitalismo industrial dejó su lugar a otro, bajo predominio financiero.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite