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La realidad electoral nos exige colocarnos en otra parte del espacio político y con otros elementos para seguir en la lucha. Su velocidad en el cambio y sus ocultas razones para alguien desprevenido, no permitió ver lo que se venía. Lo que quizás demuestre que auscultar a un dirigente es más fácil que hacerlo con la sociedad.
La filosofía de los militantes no se pierde por un revés que puede ser ocasional. No obstante la perplejidad que nos ha dejado la derrota electoral del peronismo el pasado 26 de octubre, aún formula preguntas que tratan de despejar lo inexplicable.
La sensación que queda da para la autocrítica. Tras el triunfo del 7 de septiembre se creyó que se ganaría todo lo que viniera, que ese triunfo preanunciaba los siguientes, y no se trabajó con el mismo ahínco. Así como la elección del 7 de septiembre la ganó la gente, la del 26 también la ganó la gente, pero otra gente, que no estuvo el 7/9 pero sí el 26/10. Con una participación del electorado del 65 %, la revancha, sin embargo, puede cambiar al dueño de la victoria.
Igualmente todas las razones que se hayan mencionado para entender la derrota hoy son contrafácticas y volveremos a quedarnos en ascuas como a la medianoche del 26 de octubre.
Pero intentar encontrar las razones de una derrota más cerca de la verdad que nos convenza, aplaca los ánimos y repone fuerzas para una eventual revancha, en fecha que hoy se ve muy pero muy lejana. Aunque también quiere decir, haciendo de la necesidad virtud, que hay tiempo para reponerse del nocaut. Y la política electoral como en cualquier actividad humana da revancha siempre, máxime porque se cuenta con un oficialismo que suele pegarse, en su gestión, tiros en sus pies y si no lo hace está suficientemente lejos de engrandecer la Nación que dejará lugar para pregonar esa necesidad.
Habrá que cambiar algunas actitudes. Así por ejemplo, dejar de ser y sentir la lucha por un cargo, como un árbol que no nos deja ver el bosque, que produce un disloque en la oferta del peronismo para la contienda electoral.
El peronismo tiene la responsabilidad de no dejarse arrastrar por los que dudan de la vigencia de sus principios, porque es el único muro ante el cual podremos ver una vez más los ojos llorosos por una derrota de Milei. La proclama peronista opuesta a esta ultraderecha es la única que podría ser oída y hallar en esa escucha la base para una lucha política.
Agrego, que si solo el peronismo no alcanza en una visión previa para presumir un triunfo, habría que asegurarse la alianza con otras fuerzas populares que incrementen el consenso.
Finalmente se necesitarán dirigentes valientes para enfrentar a los poderes fácticos y a una deuda que maniata las manos con las mejores intenciones de favorecer a las grandes mayorías.
La eventual victoria nos enfrentará ante una realidad difícil aunque no imposible.
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