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El 23 de septiembre de 2025 se abrieron las sesiones de la 80° Asamblea General de la ONU, cuyo debate general, con los discursos de los mandatarios de las naciones miembros, se extendió hasta el lunes 29.
Bajo el pretensioso lema “Juntas y juntos somos mejores: 80 años y más por la paz, el desarrollo y los derechos humanos” la Organización conmemoraba los ochenta años de la Conferencia de San Francisco, que le dio nacimiento en abril de 1945.
En aquella ya lejanísima primavera boreal, 51 naciones, invitadas por los vencedores de la II Guerra Mundial (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, China y la URSS), incluyendo a última hora a la Argentina, pese a la oposición de los EE.UU., acordaron la Carta de las Naciones Unidas y el 10 de enero de 1946, en Londres, tuvo lugar su primera Asamblea General.
El objetivo de los fundadores era, en las propias palabras de la Carta, “salvar a las generaciones sucesivas del flagelo de la guerra”.
Acababa de culminar la Segunda Guerra Mundial, dejando unos 50 millones de muertos (20 millones en la Unión Soviética, 15 millones en China), centenares de miles de desplazados y la infraestructura de Alemania, Japón y buena parte de Europa y el sudeste de Asia reducida a cenizas.
EE.UU. surgió como la potencia dominante, dispuesta a reordenar el mundo a partir de los Acuerdos de Yalta con la URSS y Gran Bretaña. Ya a fines de 1944, en Breton Woods, impuso la creación de organismos internacionales controlados por Washington: el FMI y el Banco Mundial.
La ONU fue diseñada como un espacio de acuerdo y control mutuo de las grandes potencias vencedoras, donde EE.UU. con sus aliados y estados vasallos se garantizaba una cómoda mayoría.
A diferencia de la efímera Liga de Naciones, nacida del fin de la I Guerra y fenecida de hecho 18 años después, se le dieron a la ONU amplios poderes para, al menos, discutir una amplia gama de asuntos económicos y cuestiones de derechos humanos, pero centralmente para sostener una arquitectura de seguridad global que garantizase el mantenimiento de la paz.
Sus dos principales organismos son la Asamblea General, donde cada país miembro tiene un voto y el Consejo de Seguridad, verdadero núcleo decisorio del accionar.
El Consejo está formado por 15 miembros: 5 permanentes (los vencedores de la II Guerra) y 10 no permanentes, elegidos cada dos años por la Asamblea. Sus decisiones son vinculantes y tiene la facultad de imponer sanciones, enviar fuerzas de paz y remitir casos a la Corte Penal Internacional.
El chiste es que los cinco permanentes (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia) tienen poder individual de veto sobre cualquier decisión.
Construida sobre el supuesto de la cooperación de las grandes potencias, la ONU fue incapaz de adaptarse a las realidades políticas emergentes de la II Guerra Mundial. El estallido de la Guerra Fría hizo que se convirtiera en un instrumento de ese conflicto, un escenario de propaganda y enfrentamiento entre el llamado “Mundo Libre” y el “Campo Socialista”.
Incapaz de desarrollar las capacidades de negociación de los conflictos y de intervenir para lograr el cumplimiento de sus resoluciones, la ONU se volvió poco después de su nacimiento un organismo disfuncional y crecientemente irrelevante para “salvar a las generaciones sucesivas del flagelo de la guerra”.
Los desacuerdos y el uso del veto por alguno de los 5 Grandes impidieron frenar las guerras durante las luchas de descolonización en Asia y África así como la expansión del dominio de Israel sobre Palestina y las intervenciones armadas estadounidenses en los cinco continentes.
Tras la disolución de la URSS, los EE.UU. optaron por ignorar a la ONU donde, por el crecimiento de los países miembros a 193, había perdido la mayoría favorable inicial.
Desarrolló entonces su política exterior con las “coaliciones de los dispuestos”: el Occidente europeo, Canadá, Australia, Japón y algunos aliados menores, recurriendo a la ONU sólo como espacio de auto justificación y usando su veto para proteger a su aliado estratégico, Israel.
La crisis financiera de 2008 y las derrotas occidentales en Irak y Afganistán junto al crecimiento económico y tecnológico de China, India y el sudeste de Asia enterraron definitivamente aquel mundo nacido en 1945.
Con la creación de los BRICS en 2009 y el desarrollo de bloques regionales como la ASEAN y la OCS, las naciones emergentes empujaron los reclamos de una reforma de la Organización que dé cuenta de las nuevas realidades económicas y geopolíticas, sin mayor éxito hasta hoy .
El espectáculo del retiro de todas las delegaciones (salvo las de EE.UU. y Argentina) de la Asamblea General, el 29 de septiembre pasado, cuando comenzaba el discurso del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha sido la lápida para la ONU, incapaz de evitar el genocidio en Gaza, de poner tras las rejas a un criminal de guerra y de crea realmente al Estado Palestino.
En lo que va del siglo XXI la ONU tiene además otro enorme fracaso, aún mayor que la quimérica búsqueda de una paz inhallable.
La decisión de abordar el cambio climático con la conformación del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), en 1988, fue una iniciativa notable y necesaria. Sus Informes nos dan la información científica y las recomendaciones fundamentales para afrontar lo que es ya una crisis ambiental que pone en peligro la existencia misma de la vida como la conocemos.
Sin embargo, las sucesivas Conferencias desde la aprobación del Acuerdo de París en 2015 han logrado avances infinitesimales para reducir las emisiones de gases de invernadero y mitigar los desastres climáticos… y ya hemos superado el umbral crítico de los 1.5 grados de aumento del calentamiento global.
Más allá de casi un siglo de fracasos estentóreos, es palmariamente evidente que algún grado de cooperación resulta imprescindible en cualquier actividad humana y que se requiere de una cooperación global para afrontar los problemas comunes, como la crisis climática, la proliferación de armas nucleares, el hambre, la pobreza y las migraciones.
La ONU es un retazo de un tiempo ya ido, pero un dispositivo internacional que articule la resolución de los problemas globales es tan o más necesario que hace 80 años.
Al final del día, la humanidad, con todas sus diferencias, es una sola familia, con un ancestro común a todas y todos y con un único hogar, la Tierra
Dejarla sólo en manos de las grandes potencias y los megamillonarios es soltar los jinetes del Apocalipsis.
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