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El 10 de septiembre de 2025 el Comando Operativo de las Fuerzas Armadas de Polonia anunció en su cuenta de X que “algunos drones rusos” invadieron su espacio aéreo, señalando que “algunos fueron derribados”.
Inmediatamente comenzó en el llamado Occidente la ya clásica operación mediática, denunciando un supuesto “ataque ruso” a un país miembro de la OTAN y se sucedieron las admoniciones y condenas públicas por parte de funcionarios de la Alianza Atlántica, la Unión Europea y Gran Bretaña.
El primer ministro polaco Donald Tusk informó a su Parlamento que solicitó la aplicación del Art. 4° de la Carta de la OTAN, el más corto de sus 14 artículos, que dice “Los Miembros se reunirán en consulta siempre que, en la opinión de cualquiera de ellos, sea amenazada la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de los Miembros”.
Es el paso previo a la invocación al Art. 5 que sostiene que un ataque a uno es un ataque a todos los aliados y que deben actuar en consecuencia.
El 4° fue solicitado varias veces por Turquía durante las guerras civiles en Siria e Irak, entre 2015 y 2020 y por la propia Polonia, junto a Rumania, Bulgaria y los países bálticos en febrero de 2022, al comienzo de la invasión rusa a Ucrania.
Frente a la histérica reacción europea, la respuesta estadounidense fue casi el silencio. El presidente Trump, preguntado al pasar por un periodista, dijo escuetamente, “puede haberse tratado de un error”.
Significativamente el incidente -el primero en tres años de conflicto- ocurrió sobre el final de la mayor ofensiva aérea rusa desde el comienzo de la guerra, con misiles y drones, sobre objetivos militares y logísticos en el centro y oeste de Ucrania y dos días antes del inicio de las Západ 2025, maniobras militares cuatri anuales de Rusia y Bielorrusia, donde por primera vez participan tropas de la India y varias naciones africanas, junto a observadores de 23 países (entre ellos EE.UU.).
¿Cuál sería la razón para que Moscú incursionara en Polonia? Es difícil imaginar algún motivo político o militar valedero para semejante riesgo.
Todo el asunto suena a provocación. Pero, ¿de quién?
Veamos los hechos. Según la no muy precisa información dada por el gobierno de Varsovia, en la noche del 9 de septiembre 19 drones penetraron su espacio aéreo en la región de Lublin, hasta unos 100 km desde la frontera ucraniana. Cuatro de ellos fueron derribados por aviones polacos y por un F-16 de Países Bajos, patrulla de la OTAN en el sector, en tanto que los quince restantes fueron reportados como perdidos.
Es significativo que los sistemas antiaéreos, particularmente las baterías Patriot, no fueron activados, lo que implica que los drones no se acercaron a ninguna instalación militar o estratégica y volaron sobre áreas rurales poco pobladas.
Aún no hay certeza del tipo de aparatos utilizados, pero las primeras fotos publicadas mostraron a drones Gerbera, sin rastros de haber sido derribados por fuego aéreo .
Los Gerbera son una versión muy barata del Shahed 136 iraní, que pueden llevar una carga explosiva pequeña, pero que Rusia normalmente los utiliza para tareas de reconocimiento y logística o como señuelos.
El hecho de ser vehículos rusos no significa que hayan sido operados por el ejército ruso.
Una semana después del incidente resulta bastante evidente que se trató de una operación encubierta y que los drones o fueron lanzados desde Ucrania o desviados hacia Polonia mediante interferencia electrónica, o una mezcla de ambos procederes.
El gobierno de Bielorrusia informó poco después que había advertido en la noche del 9 al gobierno polaco que habían detectado drones que se habrían desviado hacia su territorio.
Sólo la OTAN tiene las capacidades electrónicas para desviar un número elevado de drones y es posible que las haya puesto en acción en esos días o que ayudaran al gobierno de Zelenski a hacerlo.
La operación, hayan sido los servicios de inteligencia ucranianos o de algún país europeo, sólo lleva agua al estanque de la “Coalición de los Dispuestos”: el grupo de pirómanos encabezado por Gran Bretaña, Francia y Alemania que busca por todos los medios sabotear las negociaciones de paz, prolongando la guerra y la sobrevivencia del régimen de Kiev.
El principal objetivo de la coalición es la remilitarización de la Unión Europea y forzar la continuidad del compromiso de los EE.UU. en la OTAN; la rusofobia (de larga estela en Europa) es su arma mediática y la participación directa en la guerra ucraniana su instrumento deseado.
Con más de 200 mil hombres en armas, Polonia es, en tamaño, el tercer ejército de los miembros de la Alianza (detrás de EE.UU. y Turquía) pero hasta ahora se ha negado rotundamente a participar en el contingente que la Coalición quiere enviar a Ucrania.
Presionada por el incidente, el 12 de septiembre, Varsovia anunció el acantonamiento de 40 mil soldados en la frontera con Bielorrusia y el Ministro de Exteriores Radoslaw Sikorski, lanzó la idea de la extensión del paraguas de protección aérea de la OTAN sobre la Ucrania occidental.
Tanto el contingente militar propuesto por Starmer, Macron y Mertz como la zona de interdicción aérea que soltó Sikorki, serían considerados actos de guerra por Moscú, que se ha encargado de dejarlo en claro desde hace meses.
Pero ambas iniciativas son sólo palabras vacías y delirios de grandeza, cuya materialización depende del compromiso masivo de fuerzas estadounidenses.
El incidente de los drones sobre Polonia sólo agrega una dosis de ridículo a las élites de Gran Bretaña y la Unión Europea, que con sus economías hundidas en la recesión y sus gobiernos al borde del colapso político, continúan empujando la guerra contra Rusia, con la esperanza de forzar al gobierno de Trump, cada día más lejano y reticente, a entrar de lleno en el conflicto.
Mientras tanto, miles de jóvenes ucranianos seguirán muriendo en una guerra hace tiempo perdida.
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