-?
China e India son los países más poblados del mundo, sumando ambos cerca del 40% de la humanidad. Durante las últimas décadas sus economías crecieron significativamente más que las de los países occidentales, ganando un lugar destacado en el comercio internacional de bienes y servicios y ambos estados son miembros fundadores de los BRICS.
Sin embargo, sus relaciones –afectadas por conflictos fronterizos y una corta guerra en 1962- fueron casi siempre difíciles y tortuosas.
Cuando Ud. querido lector/a hojee esta nota (o mejor dicho ojee, dados los nuevos formatos) el 31 de agosto, el primer ministro de India, Narendra Modi estará visitando, por primera vez en siete años, al Presidente de China, Xi Jinping, en la ciudad de Tianjin.
El encuentro, que dicen que Xi llamó jocosamente un “tango entre el Dragón y el Elefante”, es una especie de movimiento tectónico en la arena internacional y un triunfo de la “paciencia estratégica” de la política exterior china.
La reunión de Tianjin, en el marco de la Plenaria de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), fue precedida de una inédita visita de dos días del ministro de Exteriores chino Wang Yi a Nueva Delhi.
Allí afirmó que China e India deben “demostrar un sentido de responsabilidad global, actuar como grandes potencias, sentando el ejemplo para las naciones en desarrollo de buscar la fortaleza a través de la unidad y contribuir a promover un mundo multipolar y la democratización de las relaciones internacionales”.
Las palabras de Wang Yi fueron cuidadosamente elegidas para destacar sus aspiraciones comunes en los BRICS (mundo multipolar y democratización de las relaciones internacionales) y las propias del gobierno de Modi (gran potencia y responsabilidad global).
Narendra Modi y su partido, el BJP (Partido del Pueblo Indio) heredaron una política exterior de larga data, de los gobiernos del Partido del Congreso, centrada en la idea de autonomía estratégica y no alineamiento y privilegiando relaciones cercanas con la URSS, luego la Federación Rusa.
Desde su triunfo, inesperado, en 2014, Modi fue reconfigurando la política exterior en torno a componentes filosóficos del hinduismo y la noción de Estado-Civilización, reclamando un lugar más prominente para la India en el concierto internacional, apoyado en su carácter de civilización milenaria y en un crecimiento económico acelerado que la llevó en 2022 a superar el PBI nominal de Gran Bretaña, su antigua metrópoli colonial, y convertirse en la quinta economía del mundo.
Modi intentó un juego de equilibrio estratégico frente a su poderoso vecino chino mediante el acercamiento a Occidente y particularmente a los EE.UU. que se volvió su principal cliente comercial (recibe casi el 20% de las exportaciones indias) pero manteniendo los lazos tradicionales con Rusia y su lugar en los BRICS y la OCS.
Así, desde 2020 India adquirió un papel cada vez más activo en el QUAD, el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad, integrado también por los EE.UU., Japón y Australia, creado en 2004 en respuesta al terrible tsunami en el Índico y que los gobiernos estadounidenses fueron convirtiendo en una especie de alianza militar para enfrentar a China.
Sin embargo India, el único que no tiene acuerdos militares con los otros miembros, se ha opuesto siempre a convertir al QUAD en la OTAN de Oriente.
Pero la guerra en Ucrania cambió el juego de equilibrios: la intolerancia de Occidente a la “autonomía estratégica” de Modi inició el camino que lo empuja a un alineamiento más pleno con el Sur Global y a la reconciliación con China.
A pesar de las enormes presiones de la Administración Biden y la Unión Europea, India no se sumó a las sanciones unilaterales contra Rusia e indirectas contra China.
A mediados de 2024, los gobiernos occidentales montaron una hostil campaña mediática contra Modi, con acusaciones de espionaje, violación de los derechos humanos de las minorías étnicas dentro del país y complots para asesinar opositores en el exterior, encabezada por la prensa estadounidense, canadiense y australiana.
A principios de mayo de 2025, el breve enfrentamiento militar con Pakistán, su histórico rival, enfrió aún más la relación de Modi con los EE.UU. Donald Trump se adjudicó el logro del cese al fuego, cosa que Nueva Delhi negó públicamente.
Para agregar insulto a la injuria, en junio recibió en la Casa Blanca a Asir Munir- jefe del Ejército paquistaní- y se ofreció como mediador del conflicto de Kashmir, que Modi considera un problema interno.
Finalmente, la gota que derramó el vaso: Donald Trump anunció el 30 de julio un arancel del 50% para una amplia gama de productos indios que se exportan a los EE.UU. que entró en vigor el 27 de agosto.
La administración estadounidense argumentó que la medida responde a “cuestiones de seguridad nacional” reclamando a India la inmediata suspensión de la compra de petróleo ruso.
Es difícil pensar una afrenta mayor a un país que se siente depositario de una cultura milenaria y que sufrió los horrores más crueles del colonialismo occidental.
Sólo la ignorancia y la arrogancia, perennes en las administraciones estadounidenses, pueden explicar que se esperara una rendición total de la soberanía india.
La respuesta fue estrechar los lazos diplomáticos y comerciales con Rusia, con el viaje del ministro de Exteriores Subrahmanyan Jaishankar a Moscú el 20 de agosto último, recibido por el Presidente Putin y la citada visita de Modi a China para fin del mes.
La reconciliación con China, un reposicionamiento copernicano del gobierno del BJP, tiene un componente económico: los aranceles trumpistas ponen en peligro el trabajo de millones de personas en las industrias textil, de alimentos y de medicamentos, cruciales para la estabilidad económica india pero es, sobre todo, un giro político e ideológico.
Modi, camino a los 75 años y Xi a los 73, empiezan a construir su legado, que por la impostura y el desprecio occidentales no parece ser otro que la reconciliación de los Estado-Civilización en la construcción de un orden mundial no hegemónico articulado desde el Sur Global.
Antes de la reunión en Tianjin ya han retornado los vuelos directos entre Beijing y Delhi (suspendidos hacen cinco años), se levantaron las restricciones a los peregrinos indios para visitar algunos lugares sagrados en China y se retomaron las conversaciones de la demarcación fronteriza. Pero queda un largo camino por delante.
El tango del Elefante y el Dragón, como todo tango, será una danza llena de figuras complejas, miradas desafiantes y un toque de sensualidad.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite