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Seguimos en la línea de la carretera 180. Uxmal al mediodía, bajo el sol implacable, en el altar del jaguar bifronte. Adora al sol, ésa parece ser su misión. Cuidar y adorar. Del enorme bloque de piedra (granito, tal vez) emerge patas, garras, cabeza del jaguar doble. Su mirada, ahora en la luz vertical, viaja al sol y ya es uno con los colores de la selva. Aseguran que hasta allí peregrinaban los pobladores de esta ciudad con sus ofrendas que ya no eran vidas de otros sino piedras, alimentos, flores. ¿Cómo será la contemplación de lo divino, qué ritos guiarían su alma a la paz y la armonía? ¿O se prepararían para la guerra, como el dios d ella Biblia judía, que señalaba elegidos y réprobos? Pese a la circulación de gente, es posible recostarse sobre una pared en silencio y sentir que todo se detiene un instante: la luz, los murmullos el cliqueo de las cámaras fotográficas y los teléfonos celulares. Una especie de unción mantiene comunicados a los visitantes. El silencio se extiende y entonces, el esfuerzo de adivinar los colores que hubo en los muros permite el salto a aquel tiempo del origen, cuando el mundo recién se hacía.

Al finalizar, María y Claudia van hacia la salida por la avenida principal, a pleno sol. Como alternativa a ese camino, voy por un sendero silencioso, semioculto por la vegetación. El silencio se ahonda y se magnifica con algún crujido en las ramas o con el graznido de un ave. En una curva, un cartel indica que está cerca “La casa de la Vieja”. Unos pasos más y, en efecto, al costado se yergue una construcción precaria de cuatro metros de lado. Es un tinglado de palos y techo de palmas sin referencias a vieja alguna. No hay imágenes, excepto por ocho esculturas fálicas de diverso tamaño que acaso indiquen la causa de la ausencia absoluta de la vieja anunciada.

Mérida. Un diario
Claudia lee el diario El Momento de Yucatán, que está disponible en el Hotel San Juan, en Mérida. Hay varios ejemplares gratis para los huéspedes. Resulta curioso ver gente leyendo diarios de papel. En bares, confiterías, en las veredas, los lectores tienen en sus manos diarios impresos en lugar de teléfonos celulares. Una costumbre que asombra.

El ejemplar queda en la habitación y, a la hora de la siesta, la revelación. Una columna en la página 11 (es el 23 de abril) informa que las reservas en moneda extranjera del Banco de México, en diciembre de 2024, alcanzaron los 240 mil millones de dólares norteamericanos. Este mismo día, en la Argentina, los diarios titulan con una promesa: si el país lo necesita, Estados Unidos “podría dar un crédito” o “ayudar a obtener un préstamo bancario”, suplementario de los 20 mil millones de dólares acordados hace días. Parece obvia la comparación entre una nación soberana pese a su vecino imperial y una republiqueta en busca otra estrella, y no por un campeonato mundial sino en otra bandera.

La crónica habla de una nación cuyos gobiernos son acusados de populistas como si fuera un desvío ideológico, un pecado o un déficit. Mientras en el sur, un país renuncia a ser soberano y se alinea con lo peor del colonialismo mundial: un imperio en decadencia y un estado genocida.
Campeche
Un viaje puede ser el presente absoluto. Llegar a una ciudad amurallada, con aromas a miel, cerveza, frituras de cebolla y carne. Muchachos y muchachas en la costanera, cantan. Sus hijos o hermanos pequeños juegan o andan en patines o bicicletas. El mar susurra su canto monótono y pertinaz como una lluvia, como la luz del sol cayendo sobre la arena, sobre la línea delicada del agua en el horizonte.
Es de noche, los sitios turísticos ya cerraron, salvo al aire libre. Frente al monasterio San Bernardino, un grupo danza y canta y los colores ponen las sombras en movimiento mientras las voces y los instrumentos se elevan en la noche negra. Los espectadores beben cerveza y jugo, y comen su cena sentados en sillas de los bares improvisados o en los cercos de mampostería que rodean el monasterio. Sabemos que el viaje está por terminar. Mañana comenzaremos a volver. La cerveza no es amarga aquí. Es acariciadora, dulce, salvadora.

El cielo negro esconde estrellas y luna, y sólo la espuma del mar (de las olas) quiebra la negrura esta noche. La muralla defiende, pero sobre todo, esconde. Estamos en uno de los extremos de la carretera 180, a casi 480 kilómetros de Cancún. Es el Golfo de México. La otra punta del camino es el Caribe. Allí volveremos.

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