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No es fácil realizar una lectura de la realidad en este mundo, en el cual todo se tergiversa, se manipula y se confunde. El título de este artículo invierte la conocida frase “La única verdad es la realidad”, atribuida a Aristóteles, aunque no la expresó literalmente de ese modo. El ser es aquello que es, y la realidad objetiva constituye el único criterio de la verdad.
Lo cierto es que la frase fue construida y popularizada por Perón, quien la incluyó en el segundo lugar de las 20 verdades peronistas, presentadas por el propio líder popular el 17 de octubre de 1950.
Y sí: no es fácil dilucidar qué sucede en este mundo cuando la República Popular China, bastión del comunismo universal, se convierte en la mayor propagadora del “libre mercado”, mientras que el campeón del liberalismo, Estados Unidos, se transforma en el país más proteccionista del mundo. ¿Cuál es, entonces, la verdad?
El concepto de verdad ha cambiado con el tiempo. Michel Foucault plantea que la verdad es una construcción social ligada a las relaciones de poder. No existe fuera del poder: depende del contexto, la cultura y las estructuras de poder y saber que la producen. Es decir, no existe una verdad única y objetiva.
Sin embargo, frente a esa “relatividad”, se continúa asumiendo como verdad absoluta que el país gobernado por Trump es el garante de la libertad en el planeta. Para ello, mantiene más de 120 bases militares distribuidas por todo el mundo. Para garantizar esa libertad, le fue necesario arrojar dos bombas atómicas, denominadas “por la paz”, sobre Japón, asesinar a miles de vietnamitas, afganos, iraquíes y sirios, sin contar los crímenes cometidos en África y Latinoamérica a través de dictaduras locales promovidas por el país de Rocky.
En el mismo sentido, podríamos referirnos a nuestros compatriotas, adalides de la libertad, que impusieron la “Revolución Libertadora” con armas, bombas, torturas, fusilamientos y cárceles para los opositores; o, sin ir más lejos, a los autodenominados “libertarios” de hoy. Para qué entrar en detalles, ¿no?
También se sostiene como “verdad absoluta” que todo fundamentalismo religioso está vinculado a un hombre con turbante que reza a Alá. Sin embargo, la historia demuestra que los pueblos que han elegido el Islam como religión han sido, en general, más tolerantes cuando ejercían el poder, que el cristianismo en todas sus versiones. A pocos se les ocurriría vincular a los judíos como victimarios del nazismo, pero el genocidio que el régimen sionista de Israel lleva adelante hoy contra el pueblo palestino demuestra que comparten la misma ideología que alguna vez detentaron sus verdugos.
No todo lo que parece, es. El poder real legitima una verdad que, finalmente, se convierte en realidad. La tensión permanente generada por la manipulación y la desmesura de la información para no informar nada, constituye el proceso más formidable de enajenación de las personas. Las milicias digitales, las granjas de trolls y los laboratorios de ideas van construyendo una narrativa repetitiva que, con el tiempo, se convierte en “la verdad”, es decir, en lo que se cree que es “la realidad”.
La enajenación es “estar fuera de la realidad”, no ser consciente. Es el gran obstáculo para la transformación. No es un fenómeno exclusivo de la posmodernidad ni de este neoliberalismo y/o “libertarismo” que viene sepultando la racionalidad en el cementerio del bien común, en pos de una vida ligera y devaluada, tratada con una crueldad infinita.
Solo conociendo la realidad es posible transformarla. Para ello, primero hay que dar vuelta a lo que creemos que es “la verdad”, como quien da vuelta una media, para que lo relativo pueda insinuar alguna certeza.
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