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El estallido de la por ahora corta guerra entre Israel e Irán sacó temporariamente al conflicto en Ucrania del centro de la escena mediática y también de las preocupaciones de la administración Trump.
Pero la guerra continúa y el cese al fuego y mucho más la paz, se alejan peligrosamente.
Rusia inició su ofensiva de verano, “liberando”, sin prisa pero sin pausa, decenas de localidades en Donetsk, Kherson, Zaporozhye y en su nueva “zona de seguridad” en la provincia ucraniana de Sumy, buscando obturar cualquier posibilidad de ataques contra Kursk y Belgorod.
Con ello, alargó aún más la extensísima línea de contacto, debilitando la capacidad operativa de las fuerzas ucranianas. Paralelamente, desde fines de junio lanzó la mayor ofensiva aérea con drones y misiles sobre Kiev y gran parte de la infraestructura industrial-militar, bien dentro de Ucrania.
La ofensiva se aceleró en la medida de que las conversaciones de las partes no avanzaron más allá del intercambio de prisioneros.
Rusia se ha mantenido firme en sus reclamos estructurales desde el inicio de la “Operación Militar Especial” y el gobierno de Kiev se ha centrado en un pedido de cese al fuego temporario, que le permita reconstituir sus cada vez más menguadas defensas, a la espera, en realidad, de una incierta intervención directa de la OTAN. Con estas diferencias de enfoque, las conversaciones naufragaron rápidamente.
Zelenski, empujado por Gran Bretaña y los países bálticos continúa afirmando que puede ganar la guerra, sea lo que eso signifique, contra todas las evidencias en el terreno.
Y es que su supervivencia política (y posiblemente física) depende de ello. Cualquier negociación con Putin que cediera el Donbas, cuenta con la violenta oposición de la extrema derecha “nazionalista” que, en esa eventualidad, daría un golpe de estado.
Sin embargo, las fisuras políticas comienzan a emerger. El 3 de julio pasado Kiril Budánov, Jefe de la Inteligencia ucraniana, señaló públicamente que cuanto más se extienda la guerra, “más pequeña será Ucrania” reconociendo la imposibilidad de recuperar los territorios perdidos.
Las declaraciones ocurren en el contexto de un abierto enfrentamiento de Budánov con Andrei Yermak, Jefe de la Oficina del Presidente, y de purgas internas en las segundas líneas del Gobierno y del Ejército, en una situación militar y política que se deteriora día a día.
Ucrania está en un punto límite. Una vez más, como ocurre desde 2014 y particularmente desde marzo de 2022 con el fracaso de la negociación en Estambul, su suerte dependerá de la actitud de sus valedores financieros y militares: los EE.UU. y la UE.
Económicamente el país está quebrado. Si aún no se ha declarado el default es porque el FMI y los grandes fondos de inversión estiran los plazos de pago. La ayuda exterior es vital no sólo para el combate sino para mantener andando la administración.
El 1 de julio pasado el Pentágono anunció el cese del envío de sistemas antiaéreos, municiones de artillería y misiles a Kiev. Días después el presidente Trump anunció que se reanudaría una ayuda “defensiva” y retomó sus ataques retóricos contra Putin.
Estas oscilaciones, ahora tradicionales en la administración estadounidense, evidencian la división interna respecto de cómo seguir. Mientras los neoconservadores presionan desde el Congreso para continuar la política de Biden, la base trumpista presiona para salir de la guerra y suspender la ayuda.
Donald Trump hace malabares retóricos para dar un poco a cada cual. Pero tiene además un serio problema técnico: la participación con sus sistemas antiaéreos en la guerra contra Irán y el continuo envío de armas a Israel puso en estado crítico a sus propios arsenales.
Aunque quiera mandar armas a Kiev, no hay mucho en stock. El Pentágono anunció en estos días el envío casi ridículo de 10 misiles interceptores Patriot, cuando ellos lanzaron más del doble, en un solo día, para repeler el ataque iraní contra su base en Qatar.
Por eso Trump vuelve a amenazar con fuertes sanciones económicas a Rusia. Pero esto también es muy problemático. Para ser efectivas deberían consistir en un ataque frontal al comercio exterior de China, la India y el sudeste de Asia, lo cual tendría consecuencias funestas también para la economía estadounidense, amén de que deteriorarían aún más sus relaciones con el Sur Global.
Mientras tanto, los socios europeos en la OTAN siguen en su laberinto discursivo de promesas quiméricas al régimen de Kiev, y los británicos y bálticos realizando operaciones encubiertas que puedan generar un incidente que empuje a Europa a una guerra con Rusia, para la que no está preparada, ni lo estará en un futuro cercano, y que sus ciudadanos y ciudadanas rechazan.
Por su parte en Moscú se comienza a agotar el tener el tiempo a su favor. Prolongar el conflicto mucho más allá de 2025 pone en tensión a su economía y el nivel de vida de la población.
Terminar la conquista de los Oblasts de Kherson y Zaporozhye implica movilizar buena parte de las tropas y equipos que se mantienen en la reserva para utilizar ante una eventual participación directa de la OTAN.
Y qué hacer después con el resto de Ucrania es una enorme incógnita cuya respuesta, Putin lo sabe, no es militar, sino política.
Es evidente que la guerra puede prolongarse más allá del verano boreal y que el riesgo de ampliación al Báltico es mayor que nunca. También es evidente que su final requiere un acuerdo diplomático que aunque difícil y complejo, es la única salida racional si los poderosos del mundo quieren evitar una III Guerra Mundial a toda orquesta.
La reunión de casi una hora entre el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, y el ministro de Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, el 9 de julio pasado en Malasia, durante la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), que ambos consideraron como un diálogo “sustancial y sincero”, arroja una luz de esperanza.
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