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Columnistas
29/06/2025

Esas raras guerras nuevas

Trump, la trampa de Netanyahu y el fantasma de una guerra mundial

Trump, la trampa de Netanyahu y el fantasma de una guerra mundial | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

El ataque israelí a Irán del 13 de junio tuvo como objetivo principalísimo meter a los EE.UU. en una guerra que produjera la caída del régimen iraní y el rediseño del mapa de Medio Oriente con la consolidación del “Gran Israel”.

Gustavo Crisafulli *

El pasado 13 de junio Israel lanzó un ataque sorpresa con unos doscientos aviones contra Irán, a dos días de la sexta ronda de conversaciones entre iraníes y estadounidenses sobre el programa nuclear persa.

Mientras su fuerza aérea bombardeaba instalaciones militares y nucleares en el noreste del país, personal del Mossad infiltrado en el terreno realizaba ataques terroristas y coordinaba bombardeos aéreos sobre Teherán con el objetivo de asesinar a la cúpula militar y científica iraní.

Irán, ante la sorpresa de muchos, reaccionó inmediatamente y desde el 14 de junio una lluvia de misiles, estratégicamente dosificada, alcanzó Tel Aviv, Haifa, Beersheva y las principales bases militares y centros científico-tecnológicos israelíes.

El gobierno estadounidense, luego de mucha presión de los neoconservadores y del lobby judío en Washington (el chiste allí es que Netanyahu tiene más senadores que Trump) decidió intervenir en apoyo de Israel.

El 22 de junio, mientras el ministro de exteriores persa, Abbas Araghchi, se reunía en Ginebra con sus pares europeos, bombarderos B-2 Spirit, tras un vuelo de 37 horas, descargaron las más potentes bombas no nucleares existentes sobre Fordow, Natanz e Isfahán, las tres mayores instalaciones nucleares iraníes.

En respuesta, el 23 de junio, en un ataque coreografiado, Irán lanzó 14 misiles sobre la base estadounidense de Al-Udeid en Qatar (el mismo número que las bombas que EE.UU. lanzó sobre Fordow), sin producir bajas ni mayores daños.

Horas después el presidente Donald Trump anunciaba el establecimiento de un alto al fuego entre Israel e Irán, que se ha respetado hasta que se escribe esta no.

En todas las capitales del mundo, menos quizás en la desnortada Buenos Aires, se contuvo el aliento durante esos interminables doce días.

La Caja de Pandora finalmente se abrió. ¿Se podrá cerrar nuevamente?

Tardaremos bastante tiempo en saber que se decidió hacer, y que no, en Tel Aviv, Teherán, Washington, Beijing y Moscú. Si efectivamente terminó, es la guerra más rara con la que este cronista se ha topado: todo el tiempo han existido conversaciones secretas y la niebla de la guerra y de la propaganda son todavía de enorme envergadura. Pero, hasta ahora, tenemos pocas certezas, todas ellas preocupantes.

La primera es sobre los objetivos del agresor: Israel es la única potencia nuclear de la región y desarrolló en secreto su arsenal atómico; no es firmante del Tratado de No Proliferación y jamás permitió inspecciones de la AIEA en su complejo nuclear de Dimona.

Mantener ese monopolio ha sido una prioridad en los últimos 40 años. Desde 1996, por lo menos en nueve oportunidades, Netanyahu denunció que Irán estaba a días de producir la bomba atómica, sin ninguna prueba ni indicio fiable alguno, como tampoco en esta ocasión.

El ataque del 13 de junio tuvo como objetivo principalísimo meter a los EE.UU. en una guerra que produjera la caída del régimen iraní y el rediseño del mapa de Medio Oriente con la consolidación del “Gran Israel” soñado por la extrema derecha religiosa y racista que controla la coalición gobernante en Tel Aviv. La coronación de sus ataques en Líbano y Siria, el genocidio en Gaza y la avanzada anexión de Cisjordania.

Netanyahu logró parcialmente su objetivo: Trump entró en la guerra… pero a su modo y, salvo que EE.UU. estuviese dispuesto a enviar unos 200.000 hombres a una batalla de exterminio en un país de 90 millones de habitantes y tres veces el tamaño de España, el “cambio de régimen” en Teherán está más lejos que nunca.

La segunda certeza es la notable astucia de Donald Trump para salir de la trampa de Netanyahu -que no es sino un instrumento de los neoconservadores estadounidenses (republicanos y demócratas) por derribar al gobierno y destruir al movimiento MAGA- y evitar una nueva y desastrosa guerra como la de Irak, en un contexto interno y externo mucho más desfavorable que en 2003.

Trump debía resolver el dilema de, a la vez que mantener el apoyo histórico a Israel, responder a su base electoral harta de guerras lejanas: según las encuestas de principios de junio, estaba en un 80% en contra de una nueva intervención militar en Medio Oriente.

Su ataque del 22 de junio, mientras negociaba en secreto un alto el fuego con los dos contendientes ya agobiados por los daños sufridos, y la tregua anunciada inmediatamente fue su salida del laberinto por arriba.

La tercera certeza, y la más grave en el largo plazo, es que la primera víctima de esta guerra ha sido el Tratado de No Proliferación Nuclear. El TNP, firmado el 1 de julio de 1968, sólo permitía armas atómicas a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, EE.UU., Rusia, Francia, Gran Bretaña y China (que ya las poseían) y obligaba al resto al compromiso de no desarrollarlas.

En su Art. IV reconocía el derecho inalienable de los estados para desarrollar la energía nuclear con fines pacíficos, bajo las salvaguardas de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) de la ONU.

El TNP fue rechazado sólo por Israel, India, Pakistán y Sudan, en tanto que Corea del Norte anunció su retirada hace tiempo.

Esta “Guerra de los 12 días” ha traído la novedad absoluta del primer ataque en la historia a instalaciones nucleares encuadradas en el TNP y bajo supervisión oficial de la AIEA, que no pudo garantizar su seguridad

Es más, cualquier observador con un par de neuronas activas, en Turquía, Arabia Saudita, Brasil o Indonesia (para poner unos pocos casos) sabe que Israel y EE.UU. atacaron a Irán no porque tenía la bomba sino porque no la tiene. La conclusión es obvia.

¿Qué nos espera por delante? Israel ha aprendido con el durísimo golpe a su estructura militar y económica que no es lo mismo atacar a milicias paraestatales en su vecindad, como Hezbolah, Hamas o los hutíes que a un estado con una sólida doctrina militar y capacidad misilística de punta. Pero el caos ha sido su política durante décadas y nunca respetó un acuerdo de alto el fuego.

Irán ha recibido también un duro golpe y la no reanudación del ataque estadounidense depende casi totalmente de la continuidad de Donald Trump y de los acuerdos a los que pueda llegar con su Administración, pero ha demostrado su enorme capacidad de fuego en una guerra de desgaste.

El presidente Trump nos ha salvado de una guerra internacional cuya envergadura desconocemos, pero donde la no intervención de Rusia y China caminaba ya por una senda muy delgada y quizás evitó también un eventual ataque atómico de Israel, cuya situación era cada vez más precaria, contra Teherán.

Los neoconservadores y globalistas continuarán su guerra interna contra MAGA y seguirán tendiendo trampas y empujando guerras en Ucrania, Medio Oriente o donde sea, para sostener la menguante hegemonía euroatlántica.

Frente al abismo, se ha dado un paso atrás. Nos faltan muchos todavía.



(*) Historiador, ex rector de la Universidad Nacional del Comahue.
29/07/2016

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