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En todo Movimiento Político existe un liderazgo y una conducción. Se ordena y se dinamiza a partir de ellos. La persona que lidera, generalmente conduce. Juan Perón decía que el entendía poco de política, pero mucho de conducción. Y justamente a él le disputaron la conducción del movimiento que llevaba su nombre. Primero, su tocayo Domingo Mercante, el gobernador de Buenos Aires que más obras públicas hizo en la historia de la Provincia. No le fue bien, terminó exonerado del Partido Justicialista, acusado de deslealtad. Después, Augusto Timoteo “El Lobo” Vandor, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), aprovechando el exilio de Perón, quiso construir “El Peronismo sin Perón”. En las elecciones a gobernador de Mendoza, el candidato del General, duplicó en votos al candidato del metalúrgico. A Vandor le fue peor que a Mercante. Perón se lo anticipó cara a cara en España: “A usted lo matan: se ha metido en un lío. Lo matan unos o lo matan otros”. Se refería en esa alternativa, a la CIA, que le había financiado la campaña, y al Movimiento Peronista, al cual había traicionado. El 30 de junio, cinco militantes peronistas entraron al edificio fuertemente custodiado de la UOM, y como en una película hollywoodense, logran llegar hasta su despacho. El “Operativo Judas” sólo tuvo una baja: Vandor. Por último, casi al final de su vida, otro que le disputó la conducción a Perón fue Mario Firmenich. Detrás de éste había una enorme organización juvenil, aun así, la conducción de Montoneros terminó como una “Patrulla Perdida”.
Hasta aquí relaté hechos históricos y sus desenlaces. Lo cierto es que cuando se pone en duda el liderazgo, no sólo afecta al líder, sino también a la organización. En la actualidad el peronismo sufre una división que nadie explica y que mucho menos se comprende. No existen diferencias ideológicas, ni se pone en discusión un proyecto de país diferente, o por lo menos nadie lo explicita. Entonces se debe concluir que existe una puja de Poder. Si se fuese oficialista a nivel nacional, sería más comprensible, pero no se entiende cuando hay un presidente que está destruyendo todo lo que quede en pie.
Es evidente que Cristina Kirchner mantiene el liderazgo, obviamente menguado si se lo compara con la época de la “década ganada”. Además de los ataques más despiadados desde el poder económico, articulados con parte del sistema judicial y grandes medios de comunicación, que todos conocemos, se suman los errores propios que los ha tenido, y en cadena. Primero con Scioli, después con Alberto y luego con Massa. Con el primero, por no haber trabajado por un candidato del riñón del proyecto, se tuvo que recurrir a una persona que hoy está de secretario de Deportes y Ambiente del gobierno de Milei. Es decir, nada de convicciones, o mejor dicho sus convicciones lo llevaron a hacerse libertario. Con Alberto Fernández acertó en lo electoral, porque se le ganó a Macri, pero en la gestión de gobierno, no logró hacer prevalecer su liderazgo político y se refugió en un institucionalismo que finalmente fue funcional a la derecha más conservadora y reaccionaria de los últimos 100 años de nuestro país. Por último, Massa, que no es un error demostrable, pero es un hombre de la embajada norteamericana, por lo menos así se filtró con los WikiLeaks de Julián Assange, que se dieron a conocer al mundo.
Algunos y algunas, que la querían jubilar desde hacía tiempo, han convencido a Axel Kicillof de sumarse a esmerilarle ese liderazgo. El gobernador y compañía evaluaron que Milei se caería en poco tiempo, generando una acefalía en el gobierno, y la situación obligaría a convocar nuevamente a elecciones. Apresuradamente comenzaron a lanzar su campaña a Presidente, quemando muchas etapas previas. Sumado a eso, el dedo de Cristina para la conformación de listas de Diputados, agudizó el malestar. Hay que decir también, que es el mismo dedo que puso a Kicillof en la gobernación, aunque hay que reconocerle al gobernador que revalidó su cargo con una excelente primera gestión. El triunfo de Kicillof fue más meritorio, porque en gran parte del país el peronismo era azotado por la derrota más contundente de toda su historia.
Hoy, está en juego si las elecciones de la Provincia de Buenos Aires se unifican con las nacionales, como históricamente fue, o si el Gobernador, haciendo uso de sus facultades, las desdobla. Su ex ministra de Gobierno, y ahora Senadora y alfil de Cristina, la Senadora provincial Teresa García presentó un proyecto de ley para coartar la posibilidad al Gobernador de hacer una convocatoria a elecciones que no coincidan con las nacionales. De ser así, se abriría una interna con consecuencias impredecibles. En principio estaría la posibilidad que el peronismo fuera en tres listas separadas en la provincia. Cristina ya ha manifestado en una cena con intendentes bonaerenses, que no vería con desagrado encabezar una lista. Por otro lado, Sergio Massa también plantó bandera y dijo que de no haber unidad, su partido iría con lista propia y seguramente él encabezaría. En ese esquema, el gobernador Kicillof tiene altas posibilidades de presentar un/a candidato perdedor. Situación que habilitaría un desgobierno en los dos últimos años de gestión, llevándolo a una clausura definitiva de ofertarse como candidato presidenciable. Y detrás de Kicillof, caería Cristina y Massa, y con ellos la posibilidad de dar un golpe de timón que marque un rumbo diferente al de este gobierno depredador, fascista, oligarca y le agregaría, crueldad con los propios y colonialismo con los de afuera.
Han llevado las disputas a una situación límite, por no decir dramática. Quizás falte humildad de parte de los protagonistas. Por un lado, el gobernador Kicillof debiera reconocer que se equivocó en los tiempos. Anticipó, de forma unilateral e innecesaria su pretensión de ser candidato a presidente, desafiando un liderazgo que está lejos de extinguirse y/o jubilarse. Por otra parte, Cristina, a diferencia de Perón, que entiende más de política pero menos de conducción, debiera tener un gesto de grandeza (como las y los grandes conductores) y hablar en forma personal con el gobernador, y en estas circunstancias, además tener confianza en sus conducidos para compartir decisiones. Sería todo un gesto patriótico. Por el contrario, quedaría como una irresponsabilidad memorable llevar al Pueblo Argentino a una encerrona desesperanzadora, para que la puta oligarquía termine de implantar su plan por muchos años más.
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