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Hay momentos en la historia en que las corrientes profundas que mueven la vida de las sociedades emergen a la superficie como un indetenible torbellino que amenaza arrastrarlo todo. Aunque la confusión y la incertidumbre parecen reinar, salen a la luz, para quienes puedan verlo, los indicios de un cambio epocal.
Estamos viviendo uno de esos raros momentos.
La llamada telefónica entre los presidentes y luego la reunión de alto nivel de funcionarios estadounidenses y rusos en la capital saudita, desataron un terremoto que no cesa.
Que las dos principales potencias nucleares del mundo hablen entre sí era, hasta hace poco, normal; y que lo hagan en pos de poner fin a una guerra debería resultar siempre deseable.
Y así lo ven muchos gobiernos del mundo, salvo, claro está, la vieja Europa y los adláteres y propagandistas del llamado “Occidente” a ambos lados del Atlántico.
Quizás la figura de Volodymyr Zelenski condense, en el ya trágico devenir de su vida pública, este cambio epocal.
El final del mundo surgido de la Guerra Fría y quizás el último acto desolado de la globalización nacida en el siglo XV, dominada por las élites euroatlánticas.
Aquel nieto de un coronel del Ejército Rojo, comediante que llegó a la fama parodiando al primer mandatario de un estado fallido, su Ucrania salida del derrumbe de la Unión Soviética, alcanzó inesperadamente la presidencia prometiendo poner fin a la guerra civil y rehacer las relaciones con Rusia.
Ya en el poder, empujado por la estrategia de confrontación con Rusia y China de Biden, Johnson y compañía, fue al choque directo con Moscú, arropado por los nazis vernáculos y las promesas fantasiosas de “apoyo hasta que sea necesario” de la OTAN y la UE.
La inminente derrota militar y la destrucción del 80 % de la infraestructura energética y económica del país no pueden ya ocultarse, aún para las mediocridades extraviadas que gobiernan en Europa y los neoconsque desde sus mansiones reclaman luchar hasta el último ucraniano.
La nueva administración estadounidense, agobiada por los problemas de su propia economía, decidió cambiar la estrategia y abandonar una empresa que sólo profundizaba su declive relativo, para desesperación de Zelenski, que pasó de ser el “Churchill de nuestro tiempo” a un “presidente impopular” y “un dictador”.
Su reacción ante la decisión de Trump, atacando con drones las estaciones de bombeo del Caspian Pipeline Consortium (CPC), de propiedad estadounidense, en Krasnodar y la frontera de Kazajstán, el 17 de febrero, y poco después acusando al mandatario estadounidense de “vivir en un espacio de desinformación creado por la propaganda rusa” marcan posiblemente sus días postreros como presidente de Ucrania.
Con tantas cuentas pendientes en una casa en ruinas, su destino parece oscilar entre, como el último presidente afgano durante la retirada de la OTAN en 2021, huir con algunos cientos de millones, posiblemente a París dados sus vínculos con la banca Rostchild, o morir víctima de un golpe palaciego, como Ngo Dinh Diem en Saigón en 1963.
Zelenski busca eludirlo atando su suerte a la Unión Europea, todavía aturdida y casi fuera de escena, que carece de todo plan, cada día en realidad más desunida para encontrar una respuesta que no sea seguir enviando recursos escasos al infierno ucraniano.
La reacción europea ha ido de histéricas denuncias de traición a artificiosas alusiones al Pacto de Munich de 1938 para lentamente entender –particularmente Francia y Alemania- que deben acomodarse a un mundo donde ya no son una potencia económica y mucho menos militar.
Será un acomodamiento doloroso donde habrá que ver si no son también los días postreros de organizaciones como la OTAN y la propia Unión de los 27 o, al menos, de la forma en que las conocimos hasta ahora.
La apuesta implícita de las élites neoliberales europeas es aliarse con los sectores homólogos en el establishment estadounidense y su moribundo Partido Demócrata, a la espera de que puedan frenar el ímpetu transformador de las huestes de Trump.
Esa extraña coalición trumpista de ultraconservadores cristianos, mega millonarios libertarios, nacionalistas y anti globalistas de diverso pelaje ha parido, tortuosamente, el reconocimiento de que vivimos ya un mundo multipolar.
Este reconocimiento, explicitado en una reciente entrevista por el secretario de Estado, Marco Rubio, ilumina la nueva estrategia estadounidense de reconstruirse como un primus inter paresen un contexto de grandes potencias, encaminándose hacia una especie de nuevo Acuerdo de Yalta, repartiendo zonas de influencia entre los “tres grandes” Estados Unidos, Rusia y China.
Curiosamente, mientras se escribía esta nota, y frente a la abstención de Francia y Gran Bretaña, por primera vez en años los tres votaron juntos en el Consejo de Seguridad de la ONU una resolución sobre Ucrania, luego rechazada por la Asamblea General.
El fin de la guerra en Europa se jugará en un nuevo tablero en construcción donde los EE.UU. buscan recuperar el terreno perdido por la suicida política de Obama y Biden de empujar a Rusia y China a una alianza económico militar de vasto alcance.
Re balancear ese triángulo le es necesario para concentrarse en su recuperación industrial y tecnológica y sería bueno para un mundo que requiere frenar la carrera armamentista.
Claro que, como en 1914-45 todo puede fallar y el “nuevo orden mundial” ser otro espejismo de un caos creciente.
Vivimos en un contexto de crisis climática, revolución científico-tecnológica y desigualdad económica y social sin parangón.
Nuestras únicas certezas son la de un largo y sinuoso camino por delante y la de que las agujas del reloj nunca vuelven para atrás.
Bienvenidos al segundo cuarto del siglo XXI.
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