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Columnistas
02/03/2025

La utopía de las Misiones Jesuíticas

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Las ideas de Moro asombran por lo moderno: plantea la tolerancia y el respeto religiosos, es contrario a las conversiones forzosas, se pronuncia contra el militarismo y se manifiesta como pacifista.

Humberto Zambon

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Tomás Moro escribió en 1516 su libro Utopía, nombre que asigna a una isla imaginaria, en la que ubica a una sociedad ideal, lo que le sirve de base para una profunda crítica a la sociedad de su época. La palabra Utopía proviene del griego (Unegación y toposlugar) y literalmente significa no-lugar, es decir, lugar que no existe. A partir de allí utopíano designó sólo a la isla imaginaria de Moro sino que se convirtió en un sustantivo común, aplicable a cualquier proyecto de sociedad ideal imaginada por los hombres y, también, en otra acepción con carga despectiva, para indicar que algo es prácticamente irrealizable; de esta última se deriva el adjetivo utópicopara pretender descalificar como imposible una idea o proyecto.

Moro fue inspirado por las noticias que llegaban del nuevo continente recientemente descubierto por Colón para los europeos. En particular le sorprendió el carácter comunitario de la producción y de vida en América, tan distinto a los egoísmos europeos y a la apropiación privada de la tierra, que generaba los conflictos rurales en su época. Influenciado por la República de Platón, según él mismo reconoció, e inspirado en los informes de Américo Vespucio, escribió su libro como si fuera el relato de un supuesto acompañante de ese marino, que dice haber vivido cinco años en una isla con esa denominación. No la ubica, pero la describe de forma que muchos historiadores suponen que pensaba en Cuba. Moro utilizó su relato para criticar ácida y ferozmente a la realidad de la Inglaterra de su tiempo y para presentar sus ideas, que asombran por lo moderno: plantea la tolerancia y el respeto religiosos, es contrario a las conversiones forzosas, se pronuncia contra el militarismo y se manifiesta como pacifista.

Los habitantes de Utopía vivían alternativamente en el campo, donde cultivaban la tierra, y en la ciudad, donde practicaban un oficio. El trabajo era obligatorio, tanto para los hombres como para las mujeres, por lo que –ante la inexistencia de personas ociosas- con una corta jornada de trabajo se podía dar satisfacción a todas las necesidades de los ciudadanos. Los productos elaborados se trasladaban a depósitos especiales desde donde se los repartía, incluido los alimentos naturales, en forma gratuita a los padres de familia para ellos y los suyos. También existían comedores colectivos para quienes lo desearan. Las casas, con sus respectivos jardines, eran públicas y se distribuían por sorteo cada diez años. Existían en las ciudades, además, edificaciones palaciegas para las diversiones y para que los utopianospasasen su tiempo de descanso. La vida era agradable, alegre y sencilla.

Como dice Félix Luna, (en Historia integral de la Argentina, Ed. Planeta, 1995, tomo II) Moro tenía en claro que "en todos los lugares donde la propiedad es un derecho individual, donde todas las cosas se miden por dinero, no podrá organizarse nunca ni la justicia ni la pros-peridad social”.

Lo que es poco conocido es que pocos años después esta utopía tomó cuerpo en la realidad en América, gracias al esfuerzo de Vasco de Quiroga. Este fue designado en 1530 como oidor de la Audiencia de Nueva España, donde inició una carrera en defensa del indio americano. En 1532, cuando tenía 60 años, fundó Santa Fe, a pocos kilómetros de México, una comunidad cristiana que seguía la descripción de Moro: 10 a 12 familias con propiedad comunal y trabajo obligatorio, en jornadas de 6 horas diarias, con distribución equitativa del ingreso y con el lujo prohibido; se enseñaba agricultura a los niños, en forma amena y durante dos horas diarias, y artesanías a los mayores. Al año siguiente fundó una segunda comunidad en Michoacán y en 1539 una tercera a orillas del río Lerma. El éxito de estas utopías fue tal que duraron hasta el siglo XIX (ver: Lucía Gálvez: Las mil y una historias de América, Ed. Norma, 1999). Vasco de Quiroga era laico, pero cuando hubo que designar obispo para una nueva diócesis en Michoacán se lo eligió a él, a pesar que existen pocos antecedentes de obispos no sacerdotes. Quiroga murió a los 92 años.

Es muy probable que las ideas de Moro y el ejemplo de Quiroga hayan influido en Roque González de Santa Cruz, quien ideó e inició la fundación de los pueblos de las misiones jesuíticas creadas en el noreste argentino, Paraguay y oeste de Brasil (la primera fue San Ignacio de Guazú en 1609). Todas tenían la misma urbanización y las mismas normas de funcionamiento: grandes casas colectivas, separadas interiormente para cada una de las veinte a sesenta familias que la habitaban, en forma de hileras, con una plaza central donde se celebraban las fiestas, se tocaba música y bailaba. La iglesia, en esa plaza, era el único lujo de la misión. Los guaraníes evitaron así la esclavitud o el trabajo forzado en las encomiendas, mientras que al cambiar sus instrumentos de labranza de madera por herramientas de hierro vieron aumentar la productividad de su trabajo; por otro lado, sintieron el respeto por su condición humana e, incluso, integraron los cabildos de cada uno de los pueblos.

Dice Félix Luna que “Había en las inmediaciones de cada una (de las reducciones) hornos de ladrillo y de cal, tintorerías, molinos y fundiciones y el cementerio. Después venían las huertas rebosantes de trigo, maíz, yerba, algodón, viñas y naranjos, así como los prados comunales donde pastaban las vacas y corderos para consumo, los bueyes que se uncirían al arado y los caballos para múltiples tareas. En todas las reducciones las tareas agrícolas se realizaban en los abambaé(la propiedad del hombre o particular) y tupambaé(propiedad de Dios o comunal) cuyas cosechas se destinaban a la comunidad, incluido los enfermos, viudas y ancianos. Cuatro días se cultivaban los campos comunes y dos los individuales. Por supuesto los domingos eran días de descanso. Partía cada escuadra cantando todas las mañanas, precedida por una imagen sagrada, y retornaban al atardecer recitando el catecismo o rezando el rosario. Los días de fiesta había carrera de caballos, juegos de pelota y conciertos, pues en cada pueblo había instrumentos musicales, algunos muy refinados...”. Eran comunidades prácticamente autosuficientes; para cubrir las necesidades que no podían satisfacer con la producción local exportaban yerba mate y con ese dinero importaban unos pocos productos, como vidrio y papel.

Los principales enemigos de la misión eran los bandeirantes, que avanzaban hacia el oeste brasileño para incorporarlo territorialmente a la colonia portuguesa, y que caían sobre las misiones para obtener esclavos que luego llevaban a San Pablo. Ante esta situación los jesuitas pidieron autorización a la casa real pero, aún sin recibir respuesta, armaron e instruyeron militarmente a los guaraníes, que en marzo de 1641 enfrentaron a unos 500 bandeirantes acompañados por cerca de 2700 indios (los guaraníes eran 800 bien armados, comandados por el padre Alfaro). Luego de ocho días de encarnizada lucha, en la que murió Alfaro, vencieron los guaraníes y terminaron con esas incursiones. La batalla decisiva fue la de Mbororé que, según el historiador Cesar Sánchez Lonifato, “fue la más importante de la historia argentina por sus consecuencias, pues el triunfo jesuítico-guaraní impidió que los portugueses ocuparan todo el litoral hasta el río Paraná”. En 1750, en el momento de mayor esplendor de las misiones, se firmó en Madrid un tratado de paz en América entre España y Portugal, por el cual los portugueses se retiraban de la Colonia del Sacramento, frente a Buenos Aires, y, a cambio, España entregaba siete pueblos misioneros en la frontera con Brasil; a pesar de la resistencia y las dilaciones, esta permuta y la posterior expulsión de los jesuitas terminó con esta experiencia utópica.

29/07/2016

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