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El 8 de diciembre de 2024 fuerzas rebeldes entraron en Damasco poniendo fin a casi medio siglo de dominación de la familia Al-Assad y cerrando la guerra civil siria iniciada en 2011 (o quizás su capítulo más prolongado aunque no definitivo).
El 26 de noviembre unidades de Hayat Tahrir a-Sham (HTS), la Organización para la Liberación del Levante, heredera de Al-Qaeda y del Frente Al-Nusra, junto al Ejército Nacional Sirio (SNA) controlado por Turquía, habían iniciado desde Idlib un asalto contra la ciudad de Alepo, que ocuparon tres días después, rompiendo una tregua de varios años. Desde allí, en una ofensiva relámpago, ante el desmoronamiento súbito del ejército del Al-Assad, en doce días forzaron la caída del régimen.
Un día antes de la entrada rebelde en Damasco, Israel inició una invasión a Siria desde las ocupadas alturas del Golán, con el avance de sus tanques hasta las inmediaciones de la capital, ocupando Quneitra, y el Monte Hermón (el punto más alto de la región) junto a una docena de localidades e iniciando una demoledora campaña aérea contra la infraestructura militar siria.
El fin del régimen ha desatado una puja geopolítica donde los poderes regionales, Turquía, Israel, Irán y las monarquías árabes por un lado y las grandes potencias, EE.UU. Rusia, China, Gran Bretaña y Francia, por el otro, tratarán de influir en el futuro gobierno de Siria y en su configuración territorial, de hecho hoy partida en pedazos.
Veremos sin duda inestables combinaciones de intereses, muchas veces contradictorios y antagónicos y la continuidad de la guerra civil, con viejos y nuevos actores, sigue latente.
Los vencedores son una miríada de organizaciones islamistas radicales, bajo el paraguas de HTS y otra de tribus y milicias árabes bajo el del NSA, estos últimos más interesados en enfrentar a las milicias kurdas (apoyadas por EE.UU.) en el noreste del país, que en derribar a Al-Assad.
Aquel domingo 8 de diciembre, con el telón de fondo de las columnas de humo producto del ataque aéreo israelí, Muhammad Al Golani, líder de HTS, en impecable uniforme de combate, ingresó en la Gran Mezquita de los Omeyas, la más famosa y sagrada del Levante, y señaló que “esta victoria es una nueva historia para la Umma islámica y toda la región”.
Sin duda le va razón en la apreciación y la cita a la Umma, la “comunidad de los creyentes”, no es ociosa. Al Golani es un veterano combatiente de Al-Qaeda y de la yihad global, varios años prisionero de EE.UU. en Irak y aún con una recompensa de 10 millones de dólares sobre su cabeza.
La prensa hegemónica occidental, que nada parece haber aprendido de las funestas experiencias de Afganistán, Irak y Libia, ha transmutado en un tris a HTS de “Terroristas” a “Guerreros de la Libertad” y Al Golani explota hábilmente el perfil “moderado” que le brindaron en bandeja y que necesita, haciendo un difícil equilibrio entre Turquía e Israel, sus apoyos vitales en la ofensiva, pero con agendas e intereses divergentes.
Israel es el gran vencedor al lograr el hundimiento del corredor que unía a Irán con el Hezbollah libanés y las facciones palestinas. El “Eje de la Resistencia” ha sufrido un golpe del que difícilmente se recupere.
El gobierno de Netanyahu, tras un alto el fuego en el sur libanés con mucho de empate, cambió las tornas, explotando la retirada de Hezbollah de Siria, que explica en parte la debacle de Al-Assad, y avanzó estratégicamente dentro del país, en una especie de “mini 1967” cómo lo llamó Tariq Alí, destruyendo el grueso de la capacidad militar siria antes de que caiga en manos del nuevo “gobierno provisional” que nadie sabe cuánto durará ni hacia dónde irá.
Ha sido la mayor operación aérea israelí en su ya larga historia militar.
El 15 de diciembre Al-Golani declaró que buscará resolver diplomáticamente la invasión hebrea y que su objetivo es terminar con la influencia persa en Siria. Música para los oídos de Netanyahu, pero no tanto para los de Erdogan.
Al escribirse esta nota, una gran concentración de tropas turcas se ha reunido en la frontera noreste, lo que parece indicar una inminente invasión otomana para extender su dominio en la región y atacar las posiciones de las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas, que controlan la principal área petrolera y agrícola de Siria y donde hay estacionados unos mil soldados estadounidenses.
Las grandes potencias hacen control de daños y evalúan un curso de acción, pensando no en las necesidades de una población agobiada por años de guerra y destrucción sino en cómo reacomodar un tablero que saltó sorpresivamente por el aire; y más allá del regocijo con la “liberación” de Damasco, casi todas preferían a un malo conocido antes que un bueno por conocer.
Rusia, que parece haber abandonado tempranamente a Al-Assad, cansada de su intransigencia para negociar con la oposición en el “proceso de Astana” y concentrada en su ofensiva en Ucrania, abrió conversaciones con HTS para negociar la continuidad de sus bases en Tartus y Latakia, en la costa mediterránea.
Gran Bretaña y Francia, cuyos acuerdos secretos durante la Primera Guerra Mundial parieron el mapa del Medio Oriente que está hoy en ebullición son poco más que espectadores en la platea: mueven sus servicios secretos en relaciones “non sanctas” con las facciones islamistas, a la espera de las decisiones estadounidenses.
La saliente administración Biden se regocija con los problemas de los rusos y goza con un nuevo escenario cada vez más complejo para Donald Trump, a la vez que reafirma su inconmovible apoyo a Israel, haga lo que haga.
El electo presidente, que en su primer mandato intentó sin éxito retirar las tropas de Siria, ha dado pocas pistas sobre el tema. El 16 de diciembre afirmó en una entrevista que “Turquía ha llevado a cabo una toma de control inamistosa de Siria” y alabó la “inteligencia” del Presidente Erdogan.
Millones de sirias y sirios, en casa o refugiados en países vecinos, esperan una vez más encontrar el camino hacia la paz y la reconstrucción económica, en un país donde las diferencias confesionales y sociales entre sunnitas, chiítas, cristianos, drusos y kurdos no sean motivo de un nuevo baño de sangre, tolerado o inducido por fuerzas externas con sus propias agendas de poder.
El tiempo lo dirá.
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