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Columnistas
06/11/2022

Felipe en la Casa de los Torreones

Felipe en la Casa de los Torreones | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Lo que no existe más es aquella familiaridad que en tiempos del gobernador Felipe Sapag, por ejemplo, le permitía a la gente con solo dejar en puerta de entrada su nombre y número de documento, pasar a la antesala del gobernador para formular sus requerimientos.

Osvaldo Pellin

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Sobre la calle Rioja entre Belgrano y Roca se encuentra la Casa de los Torreones, ampuloso nombre que en la ciudad de Neuquén recibe la casa de la sede del gobierno provincial. Todavía se asoman casi borradas en sus paredes las escrituras condenatorias de cuando mataron a Carlos Fuentealba, superpuestas con otras más nuevas de las últimas huelgas docentes.

Cada tanto de su baja estructura, emergen los torreones, falsos cancerberos de una casa que evoca precariamente a los viejos castillos medievales.

Aparece con sus puertas cerradas, sus persianas de hierro también cerradas y los bancos de las veredas aparecen vandalizados mostrando su indestructible base de hierro de construcción, aunque nadie se animaría a sentarse sobre ellos.

Su aspecto silente es muy distinto al bullicioso de las manifestaciones populares que la tienen como meta en su recorrida por las calles de la ciudad. El silencio oficial suele extender los conflictos hasta atemperarlos cediendo a las demandas o esperando el olvido de los reclamos y el desgaste de quienes los manifiestan.

Lo que no existe más es aquella familiaridad que en tiempos del gobernador Felipe Sapag, por ejemplo, le permitía a la gente con solo dejar en puerta de entrada su nombre y número de documento, pasar a la antesala del gobernador para formular sus requerimientos.

Podría decirse que era por largas horas de todos los días, mientras el gobernador estuviese en su despacho, un desfile constante de  carenciados, desocupados y también esporádicamente de infaltables personajes marginales.

Sapag en persona los atendía como un médico general atiende el consultorio de urgencias de un hospital. Registraba su nombre, su domicilio y qué lo aquejaba. Era un estilo de gestión que algunos se lo censuraron aduciendo que el gobernador estaba para cosas más importantes y no para las ya clásicas solicitudes de los vecinos. Sin embargo era obvio que para Sapag esa era una manera de tomarle el pulso al humor de la gente, hacer un diagnóstico de la gestión de su propio gobierno y valorar si sus funcionarios tenían llegada al seno mismo de la sociedad.

Sapag se retiró para siempre del gobierno y los que lo siguieron hicieron prevalecer un nuevo modo de ejercer su función. Nada de aglomeraciones de menesterosos, nadie haciendo cola para entrar a la casa de Gobierno, para lo cual clausuraron definitivamente como acceso al público la puerta principal de la misma, que permanece ostensiblemente cerrada.

Hoy esa casa ya no es un lugar donde el pueblo puede volcar sus necesidades más urgentes a la persona más influyente del gobierno. Hoy es una casa inabordable para el público, salvo que lo acompañe una movilización, que a través del tiempo y a los fines de una ausente comunicación directa, ratifica su aparente inutilidad. Sin embargo señorea y engalana el centro de la ciudad, casi como un museo o como un monumento que evoca otros tiempos de la provincia.

Se dirá que hoy le hace frente al populismo a efectos de aminorar sus apariencias, tan desacreditado como está ese estilo de gobernar. Pero detrás de la clausura de las demandas populares, de las dificultades que la gente tiene para llegar a los niveles de decisión, detrás del silencio político, de la falta de comunicación entre el poder y las necesidades de los diferentes sectores, se esconde el abroquelamiento de la burocracia y el amortiguamiento de las voces que claman por sus necesidades. Hoy los funcionarios pueden pensar en sus escritorios sin ser perturbados, pero sin que se conozcan las conclusiones de las materias que gestionan y muchas veces sin que el público conozca sus propios nombres.

Es cierto que uno de los hábitos de la cultura populista va desapareciendo en Neuquén. Pareciera que las cosas se enmiendan en forma callada y en penumbras como si el sentido republicano languideciera.

Estamos lejos de creer que los problemas desaparecen cerrando el acceso a la casa de gobierno porque por alguna razón la gente auscultando sus necesidades, sigue golpeando la puerta de la casa de los Torreones.


 

29/07/2016

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