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Columnistas
10/07/2022

Petro-Márquez, desde el fondo de la historia

Petro-Márquez, desde el fondo de la historia | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Los desafíos que afrontará el recién ungido gobierno de Gustavo Petro son múltiples. Y no es el menor el vinculado al logro de una paz en la cual no está seriamente interesado el uribismo proestadounidense y proparamilitar.

Juan Chaneton *

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La singularidad colombiana estriba en su "déficit democrático". Desde el fondo de su historia independiente, Colombia jamás ha podido contar con un sistema político genuinamente democrático. Y el adverbio temporal "jamás" no nos remite sólo, al pasado inmediato, sino que nos remonta a épocas tan lejanas como el 7 de agosto de 1819, en que el libertador Simón Bolívar libró la batalla última que selló la derrota definitiva del coloniaje español: Boyacá.

Tal es la procedencia de la singularidad colombiana, pero también el siglo XX alumbró emergencias notables que escapan a una descripción convencional. Y así, lo "real maravilloso" irrumpe cuando nos internamos en la geografía y en la historia de este país alucinante que, en su faz política, entregó a la vida a Gaitán, Camilo Torres, Jaime Bateman o Manuel Marulanda, el guerrillero eterno.

Librecambio y proteccionismo y cuestiones religiosas varias constituyen el contenido esencial de las guerras civiles que se libraron en Colombia en el siglo XIX y que se prolongaron en el XX bajo el formato de una polaridad política irreductible: liberales y conservadores. Esta tensión expresaba, en el nivel político, las disputas por la propiedad de la tierra entre dos fracciones de la misma oligarquía. Ocurre que, después de la extinción del coloniaje español, Colombia ha dejado de ser un país minero para devenir uno agricultor con base en el tabaco y en el café.

El movimiento campesino crece y se fortalece pero será duramente reprimido y paulatinamente despojado de sus tierras. La llamada "guerra civil de los mil días", culminada en 1902, dejó un saldo de 150.000 muertos. Entrado el siglo, la situación comienza a cambiar. Se gesta un incipiente movimiento obrero y surgen sindicatos poderosos en los transportes, la industria y en los bananales. En 1930 se funda el Partido Comunista.

La última guerra civil no declarada comenzó en 1946. El Partido Conservador, en el poder, optó por la táctica de exterminio a sangre y fuego de su oponente liberal, que amenazaba con regresar al poder y que acentuaba su influencia en las bases campesinas y estratos pobres y medios de la ciudad. De su ala izquierda surgirá Jorge Eliécer Gaitán, con un programa nacional y democrático y dotes oratorias que electrizaban a las masas. Es asesinado el 9 de abril de 1948 pero sus seguidores recordarían estas palabras suyas: "Si avanzo, seguidme; si retrocedo, empujadme; si traiciono, matadme; si muero, vengadme". En los días subsiguientes, la capital del país ardió en una insurrección popular conocida como el "Bogotazo".

La muerte de Gaitán y el ascenso al poder de Laureano Gómez, marcan el comienzo del período que en Colombia se conoce como el de "la violencia". Durante la época laureanista, "... miembros de la policía y de los cuerpos de seguridad principalmente, organizaron una persecución sin precedentes contra los liberales: les arrebataron sus tierras, les incendiaron sus ranchos, les violaron sus mujeres... La violencia fue creciendo en crueldad: cadáveres acribillados inexorablemente por los llamados «pájaros» (sicarios), que señalaban a sus víctimas de antemano, cuerpos mutilados, vientres abiertos de madres gestantes, cadáveres descompuestos tras el corte de franela (seccionamiento de la cabeza y las extremidades), niños abandonados, huérfanos, espectadores en medio de la barbarie..." (Patricia Lara: Siembra vientos y recogerás tempestades; Ed. Punto de Partida, 5° ed., Bogotá, 1982, pp. 27-28).

Esa violencia le costó a Colombia entre 200 y 300 mil muertos, a los que hay que agregar otras varias decenas de miles como saldo del envío, en 1950, del "Batallón Colombia" a la guerra de Corea. Morir en otra tierra y en otra guerra, ese era el trato de la oligarquía colombiana con el Departamento de Estado. Se trata de antecedentes históricos, pues hoy Colombia es no miembro pero sí "socio global" de la OTAN.

La barbarie en el campo produjo una reacción instintiva hacia la autodefensa. Es el momento histórico en que surgen las guerrillas. Desde el poder se comprende el peligro y se intentan maniobras destinadas a la "pacificación". Otro antecedente histórico, aquí: miles de guerrilleros se acogen a la amnistía y deponen las armas. Son masacrados, entre otros, Guadalupe Salcedo, ex jefe guerrillero liberal de Los Llanos.
Pero no todos confiaron en el gobierno. En aquellos "... territorios que se hallaban bajo la influencia del Partido Comunista la palabra de orden fue: autodefensa. Autodefensa significaba conservar las armas, proteger a las guerrillas en el seno de las comunidades, roturar nuevas tierras, organizar la paz y aguardar los resultados de esa tregua..." (Diario de un guerrillero colombiano; Ed. Freeland, Bs. As., 1968, p. 18).

Así nacieron la "Repúblicas Independientes": Marquetalia, Riochiquito, Pato, Guayabero, Carare y Montelíbano. Constituyeron zonas liberadas que los ejércitos oficiales ya nunca más pudieron controlar. Hasta nuestros días, prácticamente.

Curiosamente precursora, Colombia ofrece, con las Repúblicas Independientes, un antecedente liminar de poder popular al margen del poder del Estado, al tiempo que, con la maniobra del llamado "Frente Nacional", en 1957, es también pionera en la gestación de modelos represivos que se desenvuelven en el marco de la democracia formal. En ese año, en efecto, Laureano Gómez, conservador, y Alberto Lleras Camargo, liberal, pactan en Benidorm (España) la alternancia bipartidista en el poder. Lo mismo harán, adecos (socialdemócratas) y copeyanos (socialcristianos), al año siguiente en Venezuela, para dejar a este país, al cabo de cuatro décadas de fraude, con un 82 % de analfabetismo. El chavismo fue, claro, hijo de sus circunstancias.

El Frente Nacional prohijado por el Pacto de Benidorm implicó: los dos partidos se reparten por partes iguales el poder burocrático del Estado (ministros, gobernadores, etc.); la constitución política del Estado reconocerá derechos políticos sólo para los partidos liberal y conservador; durante 16 años (1958-1974) habrá cuatro períodos presidenciales, de cuatro años cada uno, alternándose en la presidencia los dos partidos.

La naturaleza espuria del contubernio obligará a gobernar con estado de sitio. De los ciento noventa y dos meses que duró el Frente, 126 transcurrieron bajo ese instituto, de naturaleza excepcional (por definición de la ciencia política) pero utilizado con carácter permanente, lo cual contribuirá al desgaste del modelo. Misael Pastrana Borrero será, así, el último presidente del Frente Nacional.

De Camilo a Bateman

Pero antes, en 1965, se había realizado en Riochiquito la "Primera Conferencia del Bloque Sur", que unificó los diferentes destacamentos guerrilleros de esas zonas y echó las bases para la creación, al año siguiente, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). A esa reunión del Bloque Sur asistió Jaime Bateman Cayón (futuro fundador del Movimiento 19 de Abril), que por entonces combatía a las órdenes de Manuel Marulanda Vélez y Jacobo Arenas, fundadores de las FARC.

En tanto, ha surgido el Ejército de Liberación Nacional (ELN) inspirado en la triunfante revolución cubana. Con la toma de Simacota, en 1965, aparece públicamente. El movimiento estudiantil cobra un auge inusitado y ya comienza a tener como abanderado al sacerdote Camilo Torres, quien el 22 de mayo de 1965 lanza el Frente Unido del Pueblo Colombiano, haciendo un llamamiento la masa abstencionista que había crecido enormemente ante el fraude frentenacionalista. El cura es presionado por las autoridades eclesiásticas para que "abandone la política o deje los hábitos" y Camilo Torres optará por su conciencia: ingresará al ELN. Lo anunció en un documento que llamó Proclama a los Colombianos, en el que dice: "Cuando el pueblo pedía un jefe y lo encontró en Gaitán, la oligarquía lo mató. Cuando el pueblo pedía paz, la oligarquía sembró el país de violencia. Cuando el pueblo no resistía más violencia y organizó las guerrillas para tomarse el poder, la oligarquía inventó el golpe militar para que las guerrillas, engañadas, se entregaran. Cuando el pueblo pedía democracia, se le volvió a engañar con un plebiscito y un frente nacional que le imponía la dictadura de la oligarquía".

El 15 de febrero de 1966, Camilo Torres, el cura guerrillero murió en combate en Patio Cemento, departamento de Santander.

Dejó su lugar a otro heteróclito de un país fuera de lo común. Jaime Bateman, el hombre que creía que "a la revolución hay que darle sabor de pachanga (Francia Márquez dice, hoy, que hay que "vivir sabroso"), hacerla con bambucos, vallenatos y cumbias, hacerla cantando el Himno Nacional ...", es un producto cuasiliterario de un país en el que, a menudo, ficción y realidad se detienen a intercambiar experiencias.

Nacido en Santa Marta, en el extremo más septentrional de América del Sur, hervía su sangre por igual con la lucha política y con la música, a tal punto que alguna vez propuso que un vallenato titulado "La ley del embudo" fuese el himno oficial del M19, ya que lo consideraba una ajustada descripción de la realidad colombiana en la parte que dice: "la ley del embudo, lo ancho p'a ellos, los angosto p'a uno...". Se dice también que sus compañeros no estuvieron de acuerdo.

Frecuentemente acusado de populista, Bateman respondía: "Que yo no sea un marxista ortodoxo... ¡me importa un carajo...! Me parece que el marxismo es una teoría y, al mismo tiempo, una práctica del movimiento revolucionario mundial, que está en constante movimiento y que hoy, más que nunca, exige evolucionar, cambiar... El marxismo no se creó para filosofar, se creó para llevarlo a la práctica. Hay sólo dos posibilidades: o se estudia el marxismo para especular, o se lo estudia para transformar la sociedad. Yo prefiero ser de los que la transforman ... por eso creo que nosotros no pertenecemos al grupo de los que escriben la historia. No creo que tengamos tiempo para eso. La historia... ¡que la escriban otros...! A nosotros, que nos quede tiempo para participar en ella... que todavía nos quede vida para hacerla... (P. Lara, op. cit., p.102).

Expulsado del Partido Comunista en 1972, Bateman fundó luego el Movimiento cuyo nombre (M19) alude a la fecha del año 1970 en que al pueblo de Colombia se le escamoteó, mediante el fraude, el triunfo del candidato de la Alianza Nacional Popular (Anapo), Rojas Pinilla. "A Rojas le robaron las elecciones. Él permitió que se las robaran: a este robo no respondió con violencia. Si a usted le roban las elecciones, su respuesta tiene que ser violenta... Con esa actitud débil de Rojas, el pueblo recibió una ofensa. Su cobardía, su vacilación, su debilidad, todo, constituyó una afrenta a la voluntad popular. Nosotros protestamos con la gente. Pero no teníamos el poder, ni la organización ni la fuerza interna para imponer un hecho violento. Rojas dijo que con su actitud había evitado un derramamiento de sangre. Yo creo que lo que realmente evitó fue que el pueblo encontrara su alternativa política" (J. Bateman, en Patricia Lara, op. cit., p. 102).

A comienzos de 1974, los colombianos pudieron advertir, en avisos publicitarios en los diarios y murales callejeros, la leyenda "Contra gusanos y parásitos... M19. Espérelo". Antes de finalizar enero, el M19 había sustraído la espada de Simón Bolívar de la casaquinta que lleva su nombre, acción con la cual hacía pública su aparición en el panorama político de Colombia y que llevaba el sello de la personalidad del fundador de la organización.

A partir de allí, el Movimiento 19 de Abril se lanza a la realización de la lucha armada en las ciudades, sin perder de vista la importancia estratégica de la unidad de las guerrillas urbana y rural y trabajando desde entonces para concretar los pasos prácticos que posibilitasen la coordinación de todas las fuerzas guerrilleras. Los diarios de la época consignaban, en rutilante seguidilla, unas acciones armadas espectaculares a las cuales no era posible silenciar, ente las cuales una muy famosa en su momento fue la toma de la embajada dominicana en Bogotá en una acción comandada por Rosemberg Pabón Pabón, quien después sería muerto en la acción ordenada por el presidente Belisario Betancur a raíz de otra acción espectacular: la toma del palacio de justicia.

Jaime Bateman murió en un "accidente" de aviación ocurrido en Tikantín, en el cerro de San Blas, el 28 de abril de 1983, a 130 millas del lugar donde también encontró la muerte, en parecidas circunstancias, su amigo Omar Torrijos, y a manos del mismo enemigo, la inteligencia estadounidense.

De ese modo, el M19 tuvo sucesivos jefes, que cayeron, uno a uno, en una época en que esas estirpes populares colombianas, parecían, efectivamente, condenadas a cien años de soledad: Iván Marino Ospina, Álvaro Fayad y Carlos Toledo Plata. Luego siguieron Carlos Pizaro y Antonio Navarro Wolf. Ayer, en la clandestinidad, caían en combate. Hoy, en la superficie, caen como moscas, pues es el Estado oligárquico y sus recursos el que mata a los militantes populares. Una urgencia y un desafío, ahí, para el nuevo presidente Gustavo Petro.


Más acá en el tiempo

Llama la atención que en los programas de las guerrillas colombianas -rural y urbana- siempre figuró una demanda principal dirigida al Estado: el "diálogo nacional". Aquel bloque histórico político y social marginado por Benidorm y que continuó desatendido por los gobiernos oligárquicos apoyados en paramilitares y en el asesinato sistemático de opositores, tuvo un conato de representación tanto en las FARC, como en el M19 y en el ELN, y en el conjunto de organizaciones de la sociedad civil más o menos identificadas con aquellos programas.

La película social y política de Colombia insinúa, a poco que se persista en observar el devenir histórico del país, la negativa obstinada del Estado a abrir espacios al disenso y a la participación. Esencialmente antidemocrático, el sistema institucional forjado por conservadores y liberales, así como la constante represión sobre el movimiento popular y la sociedad civil, determinaron el surgimiento de las autodefensas armadas primero, y de las guerrillas más tarde.

Abroqueladas en la montaña, sin embargo, estas guerrillas, si bien pudieron subsistir por más de medio siglo, fueron impotentes para obligar a la oligarquía agroganadera a democratizar el Estado. Se fue abriendo paso la idea de conquistar un espacio legal para trabajar en la construcción de un movimiento nacional por la democratización de Colombia.

Esta nueva concepción de las cosas unida a la constatación por parte del presidente Betancur de que no era posible derrotar miltarmente a las guerrillas, decantó la firma de un cese del fuego con las FARC. De estos acuerdos surgirá la Unión Patriótica (UP). Era un anzuelo, sin embargo.

Pues este acogimiento a la legalidad (otro antecedente de lo ocurrido recientemente como consecuencia de los Acuerdos de La Habana) significó una dura prueba para las organizaciones guerrilleras que comenzaron a sufrir una represión metódica, no en sus inexpugnables reductos rurales, sino en los centros urbanos en los que comenzaban a desenvolver su militancia política los dirigentes y activistas de la Unión Patriótica.

El 10 de agosto de 1984 fue asesinado Carlos Toledo Plata, dirigente histórico del M19. El 11 de octubre de 1987, mataron a Jaime Pardo Leal, presidente de la UP. Entre uno y otro crimen, la UP perdió más de 500 militantes. A la muerte de Pardo Leal, le siguió la de Luis Carlos Galán, el 18 de agosto de 1989, causada por sicarios del Cartel de Medellín que sabían y saben muy bien quién es quién en la lucha contra las drogas. A su vez, siendo senador y candidato presidencial por la UP fue asesinado Bernardo Jaramillo, en Bogotá el 22 de marzo de 1990, quien había reemplazado a Pardo Leal en la presidencia de la UP.

Los acuerdos firmados instituían como temas centrales del diálogo nacional "la discusión y desarrollo democrático de las reformas políticas, económicas y sociales que requiere y demanda el país en los campos constitucional, agrario, laboral, urbano, de justicia, educación, universidad, salud, servicios públicos y régimen de desarrollo económico...". Casi un programa de gobierno para hoy, ya que no hay presente que no provenga de su pasado.

En las condiciones descriptas, no había diálogo posible. Las guerrillas habían caído en una trampa, pues sus cuadros legales abandonaron las medidas de seguridad sólo para ser asesinados impunemente en el espacio público. En el seno del gobierno primaban los sectores militaristas que concebían factible una derrota militar de las guerrillas e intensificaron la represión con ese fin. El ministro de Defensa, Rafael Samudio Molina, comenzaba a armar civiles -hacendados y trabajadores rurales a su servicio- legitimando oficialmente la existencia de la represión paraestatal.

Manteniendo vigente la demanda de diálogo nacional, el movimiento guerrillero colombiano celebró, en octubre de 1987, la primera cumbre de lo que llamó Coordinadora Nacional Guerrillera Simón Bolívar, que nucleó, en aquel ayer ya remoto, a las tres organizaciones ya mencionadas más otras dos: el maoísta Ejército Popular de Liberación (EPL) y el movimiento guerrillero indígena Quintín Lame.

Virgilio Barco terminó su mandato en 1990 y le sucedió César Gaviria. A partir de allí, y durante los sucesivos veinticinco años, Colombia fue escenario de una endémica lucha armada protagonizada por un Estado oligárquico y sus fuerzas armadas legales contra unas guerrillas a las que se había convocado al diálogo sólo para reprimir a sus expresiones de superficie ni bien éstas se acogieron a los términos de negociación. En el camino, se consolidaba el paramilitarismo que administraba el tráfico de drogas en el marco de lo que Estados Unidos experimentó en el país del café, de las flores y de las esmeraldas: el así llamado "Plan Colombia". Éste consistió, básicamente, en combatir a las guerrillas intensificando los gastos militares al tiempo que se administraba el tráfico de drogas mediante organismos especiales (DEA estadounidense), propagandizando la meta de erradicar cultivos de coca para sustituirlos por otros, todo ello sin combatir al narcoterrorismo seriamente sino manteniéndolo en niveles funcionales a una presencia militar constante que amenazara de modo latente y permanente a las poblaciones movilizadas, todo ello en el marco de la estrategia de contrainsurgencia preventiva adoptada por Estados Unidos en la región. Con Andrés Pastrana en la presidencia de la república (período 1998-2002) tuvo gran resonancia el fracaso de unas negociaciones llamadas "Diálogos del Caguán" entre el Estado y las FARC-EP y el simultáneo éxito que tuvo en ese momento el acuerdo con Estados Unidos para lanzar el mencionado Plan Colombia haciendo fracasar, así, cualquier expectativa de paz con las guerrillas. Por ese entonces y durante las presidencias de Álvaro Uribe y José Manuel Santos (entre 2002 y 2018), se consolidó esa estrategia estadounidense focalizada en la derrota militar de las guerrillas lo cual condujo a un recrudecimiento de los enfrentamientos armados.

El 2 de octubre de 2016 el pueblo colombiano le dijo NO a los acuerdos de paz que significaban un intento más de acogimiento de las guerrillas a las formas de participación política legal en un pie de igualdad con los demás partidos y organizaciones políticas y sociales. Participó en la consulta sólo el 38 % del padrón de habilitados, es decir, hubo un abstencionismo superior al 60 %. Los guarismos finales: de 12.599.231 votos válidos, por el SÍ se inclinaron 6.270.730 personas (49,77 %); por el NO, 6.328.501 (50,22 %).

Los propulsores de ese No se ocuparon de afirmar también que no por eso querían la guerra, una especie de círculo cuadrado que Rodrigo Londoño, dirigente de la organización guerrillera, trató de hacer inteligible: "...lamentamos -dijo- que el poder destructivo de los que siembran el odio y el rencor haya influido en la voluntad colombiana". Estaba diciendo que el pueblo que vota no vota libre sino bajo la perniciosa influencia de cadenas mediáticas de propiedad o funcionales a aquellos que encuentran ventajas en la guerra y pierden esas ventajas con la paz.

Lo cierto es que la paz no se rinde en Colombia y en agosto de 2017 ex combatientes de las guerrillas fundaron el partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC). Ello ocurrió después de la firma de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP en 2016. A partir del 24 de enero de 2021, los dirigentes de nuevo partido decidieron cambiar su nombre por el de Comunespara evitar asociaciones con la extinta organización armada.

Se trataba de la culminación de un proceso negociador iniciado en septiembre de 2012. Los diálogos tuvieron lugar en Oslo y en La Habana, y culminaron en Bogotá el 24 de noviembre de 2016 con la firma del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera. Tras esta firma, y en cumplimiento del punto referente a la reincorporación política, económica y social, los combatientes comenzaron una transición a la vida civil que culminó a finales de agosto de 2017 con la referida fundación del partido político llamado al principio FARC y luego, como queda dicho, Comunes.

Petro-Márquez, nuestra incógnita

Los desafíos que afrontará el recién ungido gobierno de Gustavo Petro son múltiples. Y no es el menor el vinculado al logro de una paz en la cual no está seriamente interesado el uribismo proestadounidense y proparamilitar. Acaba de ser asesinado, en el departamento de Tolima, otro líder social, Libardo Perdomo Molano, y con este crimen ya suman 1321 los muertos desde la firma del Acuerdo de Paz de 2016. El ELN, por su parte, ha secuestrado, el 24 de junio último, al oficial Mario de Jesús Muñoz Vergara y al soldado Milton Alexander Moreno Duarte. El hecho ocurrió en Santo domingo, municipio de Tame en el departamento de Arauca y los secuestradores informaron que los prisioneros están en poder del Frente de Guerra Oriental José Manuel Vásquez, que gozan de buena salud y que son tratados conforme las reglas del Derecho Internacional Humanitario.

Así las cosas, las demandas a Petro no se han hecho esperar. En 2017, Colombia se unió a la OTAN como socio extracontinental y se convirtió en el primer y único país de Latinoamérica en obtener un acuerdo de ese tipo que fue firmado por el ex presidente Juan Manuel Santos en Bruselas. En la web de la organización bélica puede leerse que los socios globales "desarrollan cooperación con la OTAN en áreas de interés mutuo, incluidos los desafíos de seguridad emergentes, y algunos contribuyen activamente a las operaciones de la OTAN, ya sea militarmente o de alguna otra manera". La calidad de socio global, entonces, no implica que un país sea miembro de la organización, pero las preguntas surgen solas: ¿Qué hará Petro con la seudo pertenencia de Colombia a la OTAN? ¿Qué hará con las nueve bases militares de EE.UU. en Colombia? O tal vez fuera más realista preguntarse qué podrá hacer.

Por otra parte y en línea con el panorama histórico esbozado hasta aquí, también se abre el interrogante acerca de qué hacer con los paramilitares y el paramilitarismo, hondamente arraigado en el proceso político y social colombiano. En ese sentido, al diputado venezolano Julio Chávez acaba de declarar que el presidente electo Petro debería facilitar una investigación sobre las acciones impulsadas contra Venezuela por el gobierno del actual mandatario, Iván Duque, de modo de deslindar las responsabilidades y activar las sanciones penales que correspondan según el derecho internacional. Duque -al igual que Álvaro Uribe en el pasado- ha sido denunciado como un hombre activamente comprometido con el narcotráfico.

También el capítulo ecológico es importante en el programa del Pacto Histórico, el partido de Gustavo Petro. Colombia es uno de los países en los que más líderes sociales y medioambientales son asesinados cada año. Pero cabe preguntarse quién asesina a una persona sólo porque ésta proclama que hay que cuidar el medio ambiente. La respuesta es una sola: los que se ven impedidos de hacer el negocio minero o forestal que se proponían hacer. ¿Y quiénes son éstos? Las empresas mineras o forestales. ¿Y quién va a matar a ese líder social que perjudica el negocio de la empresa?; ¿el presidente del directorio?; ¿o el sicario? El río Ovejas, en la costa pacífica suroeste de Colombia es, desde hace doscientos años, la única fuente que tienen los miles de habitantes de ese lugar para procurarse un sustento. El Estado no llegó nunca allí. Y esos colombianos subsistían como podían, es decir, pescando un poco de oro en el lecho del río y vendiéndolo luego al que mejor pagara. El Estado, otra vez, ausente sin aviso. Hasta que una vez apareció, el Estado. Vino en ayuda de una empresa que quería desviar el río para hacer una represa más allá. Es decir, Estado ausente y, cuando dice presente, es para matar el único recurso que tienen esos colombianos, el río y, de ese modo, matarlos a ellos. Esto explica también, en parte, el surgimiento de una líder ambientalista como Francia Márquez.

El mismo día en que se conoció su victoria, por la noche, Petro dijo: ”Queremos transitar de la vieja economía extractivista hacia una nueva economía productiva”. Y agregó: "Llegó el momento de sentarnos con el gobierno de los Estados Unidos y dialogar sobre lo que significa el hecho (de) que (...) allá se emita como casi en ningún otro país gases efecto invernadero que aquí asumimos con nuestra selva amazónica”. Y remató: "Hoy se impone que Colombia trate de salvar la selva amazónica en función de salvar la humanidad”. Si hubiera más estadistas como Petro, el planeta tendría más futuro, por cierto.

El ciclo abierto con el siglo y que tuvo en la Venezuela de Chávez su clarinada inaugural desplegó sobre el escenario latinoamericano procesos sociales con una identidad de clase, unos objetivos políticos y unas estrategias de poder que atinaron a resumirse en sintagmas tales como "socialismo del siglo XXI". Ese ciclo así abierto por aquella revolución nacional y popular tocó a su fin con la restauración neoliberal que le siguió en todos los países (con las excepciones de Venezuela, Nicaragua y Cuba), y lo que emerge ahora, ante el repliegue (nunca definitivo hasta hoy) del fundamentalismo de mercado, es una base social clasista ampliada en términos de frente democrático nacional soberanista, con unos objetivos de prosperidad capitalista extendida hacia todos los rincones de la sociedad, y unas estrategias de poder que consultan, en primer término, la construcción de mayorías populares con la mira puesta en imponer esos programas frentistas por la vía electoral. El factor geopolítico y geoestratégico termina por conferirle a esos nuevos programas populares su densidad específica como proyectos de clase: el multilateralismo global, contrario a toda hegemonía, está en línea absolutamente coherente con el soberanismo abierto a todos los intercambios igualitarios, lo cual constituye el núcleo de programas como los que, al parecer, se disponen a llevar adelante las fuerzas populares del continente en esta nueva etapa que se abre cuando amanece la tercera década del siglo XXI.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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