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23/08/2021

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Chau, Finzi

Chau, Finzi | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Ayer, domingo 22 de agosto, se nos fue Alejandro Finzi. Su compañera Laura, sus hijos, sus amigas, sus amigos, sus tantos discípulos y discípulas estamos un poco más solos.

Gerardo Burton

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En 1986 es un vecino que vive con su compañera y sus dos hijos a dos cuadras, sobre la calle Los Araucanos, en el barrio Belgrano muy cerca del Limay. El tipo hace unos años que anda por aquí, acaso un Recienvenido escapado de los papeles de Macedonio Fernández que volvió del exilio. Maneja un Citroën 3CV marrón, de donde en unos años más alguien hurtará el chelo de uno de sus hijos, y eso le causará un gran dolor, apenas aplacado por el arraigo de sus chicos en la región de habla francesa en un país del norte de América.

Las raíces de este tipo crecerán, se nutrirán de una tierra poco fértil en apariencia, pero de gran magia en su alma. Esa magia se pondrá en escena, parirá personajes casi tan poéticos como él y sus caminatas de décadas después por la avenida Argentina hacia el norte, donde la universidad lo estará esperando. Será un peregrinaje con estaciones: cada una es un amigo, una amiga, una carcajada que no cesa. La poesía seguirá transitando en sus obras y hará hogar en ellas. También en esos escenarios independientes, con incómodas butacas, en esos teatros que a él le agradarán tanto.

El recorrido parece iniciarse en el Teatro del Bajo a finales de los ochenta, continuar en la sala de la Conrado y no finalizar nunca: una expansión tremenda, imparable, llevó su dramaturgia a El Salvador, a Guatemala, a Colombia, a Sudáfrica, a Francia y Bélgica. A su Buenos Aires natal y a su Córdoba de adopción. Pero la Patagonia es, fue su patria: leyendas, mitos, historias, nada le fue ajeno. Sin él, la Patagonia sería otra. Con él, es mejor.

Hace poco más de treinta años, Alejandro Finzi empezaba con los guiones de un radioteatro que se emitiría por la recién creada radio Universidad-CALF y se llamaría “Territorios”. Un ciclo con muchos protagonistas, historias y paisajes, del que no hay otro registro que la memoria porque, aparentemente, las cintas ya no existen. En esa época enseñaba dramaturgia en el Instituto Provincial de Artes de General Roca y en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Neuquén y compartía con Hugo Saccoccia y actores, actrices y directores de teatro independiente una lucha que nunca abandonó. Eso, antes de su cátedra de literatura europea en la Universidad Nacional del Comahue.

En una entrevista de meses antes de la pandemia, habrá contado que, cuando se sentía en problemas, su remanso consistía en traducir a Ovidio o a Milosz, dos poetas que danzan en su dramaturgia, inadvertidos pero presentes. Lo mismo le ocurrirá con Antoine de Saint-Exupéry, con quien habrá compartido el enamoramiento por la Isla de los Pájaros que el francés dibujó en El Principito y por los paisajes patagónicos que recorría como correo aéreo.

También habrá recordado a Jacobo Fijman y a García Lorca, aunque el más entrañable para él haya sido Alberto Mazzocchi, un poeta cordobés tan desconocido como inconmensurable muerto a la edad de un Rimbaud en retirada. Ocurre Finzi abolió todas las recetas: elaboraba un canon alternativo cada vez, y cada vez novedoso, aunque hubiese algunos nombres que se repitieran como si nunca se hubieran ido.

La Patagonia nunca sería sólo imagen para él. Su obra la habrá defendido –y la seguirá defendiendo- como un organismo vivo que debe ser cuidado ante las conjuras del capitalismo extractivo. El sometimiento de la naturaleza nunca es ajeno a la explotación de hombres y mujeres por un sistema inicuo e inhumano. Y Finzi lo habrá demostrado desde los hospitales que encierran a enfermos y locos; desde la desolación de los excluidos y perseguidos; desde las pequeñas victorias de quienes buscan su liberación. También habrá en sus obras de teatro lugar para el ridículo de los poderosos y sus grotescas conciencias autosatisfechas. La piedad es sólo para los débiles, por eso los pequeños animales que elegía como personajes. La misericordia, en cambio, apenas roza a los impiadosos.

En su dramaturgia circulará siempre la poesía, que tiene un mojón explícito en su obra: un pequeño volumen exhumado de su archivo y decidió publicar en 2012, animado por Laura Vega, su compañera de siempre. Es La costa que todavía crece (editado en Neuquén por Ediciones Con Doble Zeta; https://www.youtube.com/watch?v=QKFeY46dqo8).  Los poemas, aunque parecen aludir al Limay, escenario de caminatas y fuente de numerosas imágenes en su conversación, se refieren a un río cordobés y acaso recuerden la zona de Vaquerías, de su infancia y adolescencia, o las calles céntricas de la capital cordobesa atravesadas por el Suquía.

Hoy, domingo 22 de agosto, fecha de triste memoria –hay dos grandes derrotas en la historia argentina del siglo XX que se conmemoran, un renunciamiento y un fusilamiento masivo, éste en Trelew- se nos fue Alejandro Finzi. Su compañera Laura, sus hijos Daniel y Andrés, sus compañeras y sus nietos; sus amigas, sus amigos, sus tantos discípulos y discípulas estamos un poco más solos. Chau, Finzi, gracias por la vida.

Ver más sobre Alejandro Finzi:

https://www.youtube.com/watch?v=-L1SQQu0Tw4

https://www.youtube.com/watch?v=_I-zU8CmDIU

https://www.youtube.com/watch?v=FdVFfDXbQ6o

 

Sobre sus obras: https://www.youtube.com/watch?v=yF17pzJxq2U

https://www.youtube.com/watch?v=EMDMclehDZc

https://www.youtube.com/watch?v=Gyde8wLd2Cw

https://www.youtube.com/watch?v=PGkvdH3g7ow

https://www.youtube.com/watch?v=8jKJw2rLKtE

29/07/2016

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