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En el contexto de la pandemia, un entramado de causas seguramente complejo y difícil de clarificar -que se impone como desafío a reflexiones colectivas y exceden completamente las posibilidades de una columna de opinión como esta- ha derivado en Argentina en el fortalecimiento de cierto sujeto social con una matriz ideológica que podría denominarse “de ultraderecha”.
Identificar a ese sujeto, describirlo, definirlo y “diagnosticarlo” (por decirlo de algún modo), ya es de por sí una tarea desafiante al máximo. Una forma de acercarse a la observación de ese fenómeno para tratar de entenderlo, es registrar algunos de los hechos ocurridos desde que el coronavirus llegó a Argentina y el gobierno dispuso -con sensibilidad humanista y excelente intuición histórica- el aislamiento social preventivo obligatorio que el habla social denomina “cuarentena”.
Uno de los hechos o fenómenos de allí derivados, es que una importante cantidad de personas -difícil de cuantificar-, de diferentes clases sociales y en las distintas provincias o zonas del país, creen que la pandemia es mentira o una exageración, o que el Covid-19 existe pero “los políticos” y/o el Estado asustan de más a la población para tenerla sometida, o que el virus fue creado a propósito por algún poder mundial para dominar al planeta, etc. etc.
Ese conjunto puede denominarse “los/las negacionistas”. Son los que niegan que el coronavirus exista o, si existe, niegan que sea tan grave y que la salud y eventualmente la vida de cualquier persona está en riesgo. Forman parte, además, los grupos que se oponen a las vacunas, que proliferaron en diferentes países en los últimos años como manifestación de ciertas regresiones que la humanidad vive actualmente, desde mucho antes del coronavirus.
Pero durante estos cuatro meses de la pandemia (tomando como punto de partida mediados de marzo, cuando el presidente Alberto Fernández adoptó las primeras restricciones vinculadas con suspender las clases y los vuelos de aviones, etc.) el negacionismo no solo fue adoptado por personas que son anónimas para la visibilidad de la población en general, sino por una impresionante cantidad de figuras mediáticas que tienen enorme poder en la formación de la opinión pública.
Famosos/as animadores/as de televisión y radio, periodistas, conductores de programas, presentadores/as de noticias, comentaristas de todos los asuntos de la vida y sus alrededores, “panelistas” de programas televisivos de entretenimiento que toman la forma de un show donde se simula analizar “en serio” la actualidad, etc. etc.…
Desde allí, desde el poderoso arsenal propagandístico de las grandes cadenas mediáticas, articulado con ejércitos de extremistas que actúan en las redes digitales -convencidos o pagados/as-, se ha bombardeado, boicoteado e intentado desgastar y destruir a través de todas las formas posibles a la estrategia sanitaria que, con la cuarentena como herramienta fundamental, decidió el gobierno y acompañó la mayor parte de la sociedad.
(A comienzos de junio, un informe de 20 minutos en el programa “Sobredosis de TV” mostró cómo se combinan el mensaje de los medios y las acciones y discursos callejeros. Publicado en el canal de Youtube del programa SDTV, posteo del 06/06/20).
Dirigentes políticos y confrontación violenta
Otro hecho/fenómeno que la pandemia ha producido en Argentina se relaciona directamente con los dos anteriores -es decir con las personas anónimas o “gente común” que de algún modo niegan la gravedad de lo que ocurre, más las maquinarias de medios que propagandizan y multiplican ese mensaje- pero tiene una especificidad.
Se trata de las/los dirigentes políticos de derecha, y de sus “intelectuales”, que también exhiben una creencia negacionista, y atacan al oficialismo y a la estrategia de defensa contra el Covid-19 con la misma agresividad y beligerancia que usaban desde antes, en tiempos “normales”, para sabotear y si es posible derribar del gobierno al frente político que les ganó en las elecciones del año pasado.
Los referentes más visibles de ese sector extremista de Juntos por el Cambio (JpC, ex Cambiemos) son el propio Mauricio Macri y sus laderos Patricia Bullrich y Miguel Pichetto, más el delirante ex gobernador de Mendoza y actual diputado nacional Alfredo Cornejo, quien en plena pandemia salió con la desquiciada idea de que su provincia debería separarse de Argentina.
A ellos se suman figuras de segunda línea para muy hábiles para la violencia discursiva, como Laura Alonso y Fernando Iglesias. Y la misma estrategia de derecha radicalizada y antidemocrática se expresó en el comunicado oficial de JpC, firmado por los titulares de sus tres partidos integrantes (Pro, Unión Cívica Radical y Coalición Cívica) para atribuirle al kirchnerismo el asesinato de Fabián Gutiérrez, exsecretario de Cristina Kirchner. (En este punto cabe destacar que Pichetto expresó su desacuerdo).
Además, el mismo sentido político de confrontación violenta tiene la acción psicológica sobre las clases medias, especialmente de localidades y ciudades de la provincia de Santa Fe pero con repercusión en otras latitudes, para que ejerzan una atroz defensa de las estafas y desfalcos del grupo empresarial Vicentin, y así impedir su expropiación a fin de rescatar la estructura productiva y las fuentes de trabajo, y que su poderío en el mercado cerealero sea puesto al servicio de los intereses generales del país.
El clima agresivo generado por sectores y por personajes como los mencionados, cada cual con su historia previa y sus antecedentes, convergieron en los hechos de violencia física sufridos el 9 de julio, Día de la Independencia, por trabajadores/as de prensa a los/las cuales la ultraderecha identifica, certeramente, como sus enemigos/as.
Ese día atacaron en el centro porteño, en la zona del Obelisco, a personal del canal de noticias C5N y al periodista Ezequiel Guazzora, este último un importante militante de la comunicación popular fundamentalmente en plataformas digitales. Los/las extremistas tienen en claro quiénes son sus enemigos/as.
(Guazzora publicó en Youtube un video de una hora que él junto con su compañero camarógrafo grabaron desde que cubrían la manifestación anticuarentena, pasando por la agresión sufrida en la calle y luego en un comercio donde se refugió, y cómo pudo salir finalmente con ayuda de colegas, gente del propio negocio y policías de la Ciudad, entre otros/as. Incluye el testimonio – verosímil- de un joven que se define como “gorila” y “de derecha” pero repudia la violencia. Posteo del 09/07/20).
Racionalidad, acuerdos y costos
Las hechos o fenómenos políticos hasta aquí reseñados, desde el posicionamiento negacionista de personas anónimas para la visibilidad pública; más sus propagandistas y agitadores/as de las cadenas mediáticas; la exaltación del mismo discurso de odio por parte de representantes políticos/as e “intelectuales”; y finalmente el desemboque de esa misma pulsión ideológica en agresiones físicas contra quienes consideran sus enemigos/as, indican que existe un cierto sector de la sociedad con creencias de ultraderecha o proclive a adoptarlas. (Más allá de que quizás pocos/as aceptarían considerarse como tales, “de ultraderecha”, pero ese sería tema para otro análisis).
Un agravante potencial de esa situación sería, al menos planteado como conjetura que otros hechos o datos podrían o no confirmar -ojalá que no-, es que se sumen a acciones políticas semejantes sectores populares que sufren la desesperación a la cual lleva, inevitablemente y tanto en Argentina como en todo el mundo, el descalabro económico que provoca la pandemia.
Por lo tanto, a fin de preservar la paz social, la convivencia democrática y la vigencia de reglas básicas para resolver conflictos entre intereses diversos y contradictorios de una misma sociedad nacional -la sociedad argentina-, resulta imprescindible que la ultraderecha no encuentre canalización política y no pueda avanzar más todavía en la acumulación de poder.
Significa que esa ultraderecha, existiendo como tal en ciertas bases sociales y además en estructuras corporativas -esto último expresado en las corporaciones mediáticas que la fomentan-, no alcance a desarrollar un volumen, un peso, una densidad política que la haga más peligrosa todavía para el pueblo y los intereses de la Nación argentina.
En este sentido, es fundamental que en Juntos por el Cambio -derecha partidaria e institucional- haya sectores que toman distancia de las/los extremistas y ejercen una acción política y un discurso más acorde a la racionalidad política.
El ejemplo más nítido son los cuatro gobernadores de ese sector, es decir de la ciudad autónoma de Buenos Aires (jefe de gobierno en este caso), Corrientes, Mendoza y Jujuy, los cuales llevan adelante cuarentenas y otras acciones contra el coronavirus de forma similar a las autoridades nacionales, y en un considerable grado de acuerdo con estas.
Lo mismo cabe decir de los/las dirigentes de esa alianza política que reaccionaron internamente contra el comunicado que vinculó al kirchnerismo con el asesinato del exsecretario de Cristina.
Otra situación que contribuye a aislar a los sectores extremistas es el reciente acto oficial por el Día de la Independencia, realizado por teleconferencia desde la residencia de Olivos y con algunos dirigentes de forma presencial allí mismo, en conexión con la Casa Histórica de la ciudad de Tucumán.
Producto de una decisión política del presidente Fernández y de una actitud negociadora suya acorde con la gravedad del momento, se congregaron allí todos los gobernadores, y representantes de la dirigencia sindical y empresarial. (Crónica publicada en
. Nota del 10/07/20).
Quizás uno de los dilemas políticos más intrincados del país en esta época de pandemia, sea que la necesidad de realizar acuerdos amplios, reduzcan las chances de llevar adelante transformaciones profundas y ambiciosas.
Sería un costo a pagar para mantener una cierta concordia política y social, hoy amenazadas. Es urgente tratar de impedir que los/las extremistas acumulen más poder y aumenten su peligrosidad.
Para poder enfrentar la tragedia del coronavirus reduciendo en todo lo posible los daños sobre la salud y la vida de las personas; para mantener la ayuda del Estado a las familias y sectores productivos que no pueden sostenerse por sus propios medios debido al descalabro económico; para evitar estallidos de violencia social de sectores populares que sufren situaciones desesperantes; para resolver y dirimir, aunque sea provisoriamente, conflictos entre intereses contradictorios; para planear una recuperación de ciertos niveles de actividad económica y de mejoramiento social cuando las condiciones sanitarias lo permitan; y para otros objetivos esenciales en la vida de la mayoría de las argentinas y argentinos, es urgente construir un muro democrático de contención frente a la ultraderecha.
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