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Acá se produce una suerte de diálogo en el que uno de los poetas intenta construir un mundo a partir de mitos fundantes mientras que el otro dibuja desde el margen un cosmos de paisaje estepario: inventa una geografía. Conviene aclarar: en Patagonia, quienes componen poesía lo hacen desde la periferia.
Es sabido que, sin necesidad de ser parricidas, los poetas destronan, no con explosiones pero tampoco con quejidos, a esas metrópolis que se autodesignan catedrales del buen gusto o del canon argentino.
Ya lo dice Watkins cuando habla del lingüista croata Juan Benigar: Canto hechicero/ agua en ascenso// Las ranas crepitan/ la luna es la misma/ Diosa del primer instante// El extranjero/ contempla azorado// Escribe (ama)/ salva el silencio(“Benigar”, página 105)

Tomás Watkins insiste, catorce años después de la primera edición, con sus mitologías. Ese libro, acaso un anticipo, un prolegómeno del que publicó el año pasado Carlos Aldazábal, haya tenido ese sabor del borrador, de la primera aproximación al universo que el poeta se animaba a crear. Cierto: acá hay no un Olimpo de dioses y héroes sino un pequeño Parnaso doméstico en el que Watkins coloca figuras que son sus pasiones, sus desencantos, sus idas y venidas, sobre todo de los libros de Robert Graves,Mitos griegosy La diosa blanca. Pero también historias, mitos, historietas, poetas y escritores, artistas y más.
Ejerce una suerte de erudición alternativa, producto de una laboriosa construcción de mitos (aquí resuena uno de los primeros libros de su amigo Raúl Mansilla: De la construcción de mitos y otros sucesos, de 1988). Es que intenta ordenar un caos y convertirlo en ese cosmos necesario (para él). Por caso, véase: Somos el toro blanco y del mar hemos nacido/ desunciendo las aguas tórridas/ de las vestales de la sal y el mito/ hemos hecho cantar al Dador de las Tormentas/ a orillas de un reino eterno en la memoria/ una danza de grullas y pétalos fundantes/ nos celebra en la paz de lo infinito (“Minos”, página 45).
En este proceso de construcción, Watkins se fuerza a ser clásico: deja el lirismo a un costado, esconde por momentos la metáfora y se lanza a la narración. Son sus poemas pequeños relatos, historias mínimas de un universo todavía ignoto. Esta poesía contiene más que ritmo, sorpresa; más que imagen, concepto, y ésa es su novedad. Un ejemplo: El pasto es un recuerdo blando/ vasto como el oro y el viento implacable// Yo querría ostentar tu blanca muerte/ en la estepa donde el lobo te honra/ con aullido famélico// Sobre tu caballo barres/ el mundo de los bárbaros(“Atila”, página 52)
Personajes de estas mitologías son seres que comparten (o han compartido) la cotidianeidad del poeta: Loca de Lispector/ de la ficción/ del amor// Macky// De la clase de luz/ que no se extingue// Tu cuerpo(“Macky”, página 65); y A bordo de un prao/surcamos el universo/del cuarto de mi padre// Salobres atardeceres/ tabaco y ron en cubierta/ de libros amarillos// Emboscados en páginas/ mis tigrecitos y yo aguardamos/ el asedio de mis hijas (“Mompracem”, página 193)

Justamente por ser un voyeur lúcido, como dice Sebastián González en el prólogo, Federico Mehrbald puede asociarse al proceso de convertir en un mundo ordenado esa geografía desde la que habla. Por ejemplo, La hospitalidad del desierto/ en los territorios de la desposesión casi absoluta/ privilegio de los visitantes es conocer/ el último vaso de vino(página 21) El vino, el beber, la comunión.
Pero ese orden es el del margen. El poeta no habla de un centro pero sí establece que el paisaje tiene su magia, y desde allí hace planear su mirada que amplía el registro de los sentidos. Así, El olor/ de la lluvia/ y nubes/ sin pavimento/ ni discurso/ en las tierras/ baldías (página 39). Ésa es la Patagonia, el lugar elegido por este poeta que ha cabalgado con el grupo Jinete 4, integrado también por Fernanda Maciorowski, Flor Álvarez y Martín Pérez y que hace unos años publicó Cover, un libro a ocho manos y cuatro voces.
El santacruceño Jorge Curinao es autor de las palabras finales en este libro. Y quizá no sea casual su participación en este poemario. Ambos, Curinao y Mehrbald, comparten esa brevedad filosa en el poema que hace que el lector o la lectora detengan su pensamiento, saboreen cada palabra y cada espacio blanco (cada silencio, entonces) para volver a empezar. Como con los haikus japoneses, como con los poetas chinos.
No se trata solo de la descripción de un paisaje o de un mapa. En realidad, Mehrbald hace geografía, como los orientales aludidos: su poesía transita los lugares y extrae de ellos cierta alma. Veamos el espacio ancho: Frío patagónico/ otro aire/ en el medio/ del corazón el viaje/ es de la cabeza/ por la libertad(página 45), y también Columnas de humo entre montañas/ el poblador más antiguo de la noche/ busca lo sagrado/ lo invisible(página 25), o Los toldos del capitán/ un golpe de timón hacia abajo/ por una de las fracturas más importantes/ rumbo a la barriada(página 23)
Tomás Watkins:Nueva mitología, prólogo de Rayén Daiana Pozzi; presentación de Griselda Fanese y María Alejandra Minelli; epílogo de Alejandro Finzi. Buenos Aires, El suri porfiado, 2025, 228 páginas.
Federico Mehrbald:Périphérie/Periferia, prólogo Sebastián González; epílogo Jorge Curinao; fotografías Emiliano Vera; traducciones (al francés) Laura Gunst y Elina Cohen (parte I), y Federico Frumento y Juan Ignacio Previgliano (parte II). Edición bilingüe (francés-castellano). Colección Pippa Passes. Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2025, 56 páginas.
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